29 marzo 2017

Cuaderno de Avalon, XI: Inmune al frío

 
Hiela, viento glacial
pues no podrás cortar
como lo hace el olvido.
Shakespeare

aquí nadie me desnuda así que soy yo misma quien revelo mi piel a los extraños, palmo a palmo, sin cautela; al que me observa bailar; al que invito a casa y me habla de Ginsberg y de su novia y me besa la frente y se disculpa porque el colchón chirría demasiado y tiene que irse; al que viene de lejos y trae ojo gris, incertidumbres, olor a papel de carta; aquí nadie me desnuda y, por ende, nadie me ve
*
no obstante, a pesar de haberme desprendido de la ropa y el orgullo, nada me daña, nada imprime huella o sombra que perdure sobre mí; el frío de Yorkshire es pluma sobre mis hombros, nunca carga: él y yo ya somos uno. quizá porque sé que a este cuerpo azotado por viento huracán no le queda mucho tiempo; muy pronto serás libre, me lo ha confesado la Voz; pronto este cuerpo será tierra y tu alma huirá por tu boca antes de que tu padre te la selle para siempre
*
¿no tienes miedo de qué hay después?, me he llegado a preguntar, pero es sólo un segundo; en la iglesia me dirían que la resurrección de la carne, ese consuelo donde comulgan las mujeres buenas, los hombres valientes; yo no soy lo primero ni lo segundo, así que auguro un destino humilde para mí, agua y fuego, sal y ceniza. y quizá por la aceptación del frío me mantengo indiferente cuando me golpea el rostro, la espalda, el vientre que me descubro; cuando me embarra los pies y asola mi camino de vuelta a casa; y permanezco inmune a la vida como al frío —una vez probada, una vez marcadas sus reglas, todo lo que queda es esperar a que me destruya.

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