23 enero 2017

Cuaderno de Avalon, VII: Eres isla


 
 Si no es problema, ¿por qué mencionarlo?
Todo lo dicho significa eso:
es su opuesto y lo demás.
Estoy vivo, me estoy muriendo.
Jim Morrison

No lo olvides: eres isla. Aunque te creas archipiélago a veces  -rodeada de otros pequeños cuerpos más allá del agua. Aunque te pienses península -unida a tierra firme por soga. Eres isla. Remota. Para hallarte, hay que naufragar. Sortear un collar de arrecifes. Para saberte, adentrarse en la selva -temer su tambor -atajar su veneno. Para quedarse, olvidar la vida prometida en el continente. Tus colonos deberán aprender el arte del camuflaje y la caza. Del refugio y de la hoguera. De la invasión y la huida. Contemplar la idea de una muerte inminente y, aún así, pelear otro día. No lo olvides: eres isla. Una distracción del camino. Un imprevisto del viaje. Un sitio del que salir.

04 enero 2017

Cuaderno de Avalon, VI: Mi túnica de adivina

Richard Stenhouse
Yo tenía razón.
Mas eso de nada vale.
Y este es mi vestidito chamuscado.
Y estos mis trastos de adivina.
Y este mi rostro desfigurado.
Rostro que nunca alcanzó a saber que podía ser bello.
Wislawa Szymborska

Al final he pasado la Navidad escribiendo de lo que queda. La fotografía. El artista. El paisaje añorado. Al final he pasado la Navidad escribiendo de lo que busco. El paisaje que es la Arcadia. El artista que es el genio. La instantánea de mi muerte. Un segundo libro se esboza tímido ante mis ojos. Un libro de luz y mar zafiro, porque a pesar de mi exilio, mi corazón siempre vuelve al sur. La cuna. La raíz. Allí nació mi primer poema y allí irán a morir conmigo todos los que he estado escribiendo. Le he dicho a quienes quiero en mis cartas de despedida: cuando me vaya, hacedme dormir bajo el olivo de estas costas. Que mi sueño sea un viaje en barca hacia el horizonte blanco.
*
En Catábasis me obsesionaba la idea de la doncella, recogiendo flores, encendida y sorprendida por un amor que abría las grietas de la tierra. Cuatro años después, no queda nada de la doncella y me obsesiona una mujer muy distinta. Vuelvo a Grecia, pero a la Grecia de Medea, Circe y Casandra. De la mujer cuya sabiduría fue ruina y, aún así, se aferra a esas piedras como a la única opción posible. La mujer cuya juventud es solo rostro, pues dentro la vida se le estancó en lagunas antiguas. Leo la Casandra de Szymborska y escribo la mía propia: sé predecir el silencio / de la verdad en el cantar de los hombres [...] cuando Apolo regrese a besar mi frente / tras mi castigo / le volveré la espalda.
*
Si vuelvo a hablar con un ángel y me pregunta el motivo, le explicaré cuánto pesa mi túnica de adivina. La realidad aprendida a costa de todo. El ojo sin párpado incapaz de elegir la ceguera. No puedo no ver los muros, la distancia cristalina, esta isla en la que me ha acabado convirtiendo. Este mundo inmolándose en mitad del banquete. Y si pudiera escoger la ceguera, quizá abriría otra vez el ojo. Miraría a la vida a la cara, aunque volviera a ser mi fin.