16 agosto 2017

(llevas los frutos como insignia o como amuleto)

Irá andando y llorando el que lleva la preciosa semilla;
Mas volverá a venir con regocijo, trayendo sus gavillas.
Salmos 126:6

Al nivel de la experiencia profana, la vida vegetal no revela más que una serie de «nacimientos» y de «muertes». Es la visión religiosa de la Vida lo que permite «descifrar» en el ritmo de la vegetación otras significaciones y, en primer lugar, ideas de regeneración, de eterna juventud, de salud, de inmortalidad (...)
Mircea Eliade

tu primer tatuaje -el que más dolió y el que más tiempo maduraste- sólo podía ser uno que naciera de la verdad: todo lo que muere nace, todo lo sembrado crece. lo sabes porque tus ancestros trabajaron la huerta, porque el abuelito aprendió a leer bajo las velas y cambiaba gatos muertos por pescados; porque has regresado rota de muchos sitios y permaneces. te tatuaste los frutos de Rut y de Deméter, poco antes de que alguien colgara un árbol plata de tu cuello, y algún día serán en tu piel el laurel, la palmera, el olivo; todo lo que te recuerde de dónde vienes y adónde vas -de la tierra a la tierra, del polvo al polvo-. todo lo que te recuerde que te protege la voluntad inquebrantable de un ciclo infinito. llevas los frutos como insignia o como amuleto; la desnudez lógica ante el calor ha revelado el secreto. a quien pregunte, di: te tatuaste primavera contra invierno

03 agosto 2017

(lo que escribí y no pude escribir sobre Tamazgha)

I: Medina y carne
Camina errante
y pregunta a las raíces
cómo el cuerpo del lugar
se viste con sus fieras.
Ali Ahmad Said 'Adonis'

Desde el momento en que pisas Marrakech sabes cuál va a ser el fantasma a combatir durante tu viaje. Un miedo nacido del prejuicio descarnado, que aflorará cada vez que te sientas perdida. No puedes evitarlo: a pesar de las lecturas y los misereres de Occidente, las habladurías y leyendas negras y las sospechas aprendidas te han convertido en el observador suspicaz que desprecias. Y sin embargo, asustada y todo, sola en la plaza Jemaa-al-Fna sin más compañía que tu maleta y tu tímido desconcierto, no puedes evitar enamorarte a primera vista. No hace falta una segunda mirada cuando ves lo que buscas: los ocres y los castaños, las palmeras, la modestia de los comercios y las ropas; cuando ves lo que amas, incluso aquello que escapa a tus coordenadas, el olor a mierda de burro, las serpientes, los monos disfrazados de los charlatanes. Amas tanto que apenas reparas en lo que todos auguraban que te espantaría –el asedio de los comerciantes y la atención de los hombres; estás demasiado excitada contemplando, cabeza moviéndose en todas las direcciones posibles, cada detalle del escenario que la suerte te ha ofrecido. Y cuando te rindes y reconoces que no te orientas por ti misma, pides ayuda y la encuentras apenas terminas de pedirla: un muchacho acude corriendo y un anciano lleva tu maleta a pesar de tus negativas; te llama madame y le das mucha propina porque no sabes –y ojalá no lo sepas nunca– cuantos dirhams vale la sonrisa de un extraño. Al abrazar de nuevo a Susi y a Marlene, todo lo vivido y pasado regresa; el callejón desconchado es Leeds, el prado raso y el gris de la piedra, aunque esto sea otro lugar, el relieve escarpado, el cobrizo de adobe. Este lugar no podría ser más diferente que aquel pero aún tiene la constante de sus risas cristalinas, sus ojos claros penetrando tu excitación, intuyendo el dolor secreto que te ha traído hasta aquí. Y más tarde, en el mercado nocturno, rodeada de aullidos y humaredas, vuelves a comer carne tras meses de estricta abstinencia un cordero enjuto como una mazorca sobre las brasas; y Marlene vuelve a fumar, y parecéis entender que Oriente, porque esto es Oriente aunque esté aún más al sur de tu sur, tiene una vara de medir distinta para el remordimiento. Me acuesto, estómago lleno y culpable, en una litera que tiembla con imprevisión sísmica. Buenas noches. Layla saida.



II: Cuerpo y Atlas

Hemos colocado constelaciones en el cielo y las hemos hecho hermosas para los que las miran (...).
Y hemos extendido la tierra poniendo en ella cordilleras.
Y hemos hecho que cada cosa creciera con una medida.
Corán, Sura de Al-Hiyr 

La mañana antes de ir al desierto vamos al hammam y bromeamos sobre lo absurdo de hacerlo esa misma mañana, cuando en cuestión de un día estaremos nadando en arena rojiza e invisible, de la que es imposible desprenderse. Más tarde se corroboraría: una vez sobre la piel y bajo la piel, el desierto se queda. Dos mujeres arrugadas como frutos expuestos al sol nos frotan concienzudamente mientras gorjean; su desnudez acentúa la nuestra, con todas sus persistentes fallas: los pliegues, los acervos de grasa, los vellos furtivos y obscenamente visibles de cuando en cuando. Me siento, no obstante, libre, partícipe de un espacio sagrado y clandestino donde la mujer se sorprende ante el cuerpo. Ante su fealdad –esa que el tiempo y el azar a todos depara–, y, a pesar de ello, ante su invencible belleza. Al salir nos dejamos llevar hacia el patio de los curtidores, sumergidos en las cubetas bajo un sol abrasador; y hundiendo las narices en ramos de menta para burlar el hedor, recuerdo aquel dicho de que ciertos lugares se construyen desde el olfato, y Marruecos es uno de ellos, estoy totalmente segura mientras esquivo pieles de cabra, de vaca, de camello, hay luz, demasiada luz para ser capaz de mirarla...
*
Hassan nos dice que son diez horas hasta el Sáhara, cruzando el Atlas, y al final se hacen catorce, catorce horas a través de pueblos que a la luna son pueblos de nácar, y son horas pasadas sin sueño, perdiendo progresivamente el miedo a las montañas; horas de hash, de café, de hendías; de paradas en Ouarzazate, en Erfoud, en el asfalto y en las espinas para mirar estrellas, para descansar, para hacer recuento de las horas que nos quedan. Y cantamos una canción bereber –pues este viaje ha sido un viaje no tanto a Marruecos como a Tamazgha, la tierra ancestral de los imazighen, esa raza de los hombres libres que para nosotras tuvo nombres, Hassan, Moha, Ahmed, Abdul. Llegamos a Merzouga, el borde del desierto, por la mañana, y nos sorprende comprobar que las dunas nacen sin apenas preámbulos. Brotan junto a la carretera con la espontaneidad de una flor silvestre, para componer su mudable ficción. Desayunamos tortilla y té de menta, dormimos, nos bañamos oliendo el polvo, la hierbabuena, el tabaco de esos amigos bereberes de piel tostada y turbantes claros que nos sonríen tras las volutas; nos ponemos en marcha con el primer rayo de poniente. 





III: Duna y luna
Tu olvidas
pero el viento aún recuerda.
Talib Abdelaziz

dice Cioran que el paisaje anterior a Dios fue el Caos. Lo dicen Cioran y el Génesis, pero yo que he estado en Erg Chebbi y visto atardecer sobre la Gran Duna lomo de animal dormido, reclamo que el único paisaje anterior a Dios fue el desierto. El desierto, la muerte de todo o todo lo que había antes de que algo muriera por primera vez
*
no voy a escribir qué significa estar aquí sería intentar abarcar el color por la pincelada o el tiempo por el reloj
*
sólo escribo que hay paisajes donde todo torna su tamaño, a su más que justa importancia: son los mismos paisajes en los que, al fin, soy quien soy




IV: El masaje salvaje
Cuando tus ojos se encuentran con mi soledad
el silencio se convierte en fruta
Joumana Haddad

Sí voy a escribir quién eres para que nunca mueras. Es lo que hago con aquellos que no deben morir

así que escribo todo lo que ocurre de tu estela y de tu guía desde que nos estrechamos la mano en un adarve de Marrakech; y de ahí al Atlas donde nos muestras el escorpión del viento; y a Ouarzazate donde ladras a los perros entre la maleza; y a Merzouga donde me explicas quiénes sois los imazighen y por qué es tan importante que tengáis voz; duermes en el cuarto de al lado y yo tiemblo de nerviosismo pues algo, presiento, se fragua
y de ahí a Erg Chebbi, a tu turbante blanco, al momento en que me dices que hay que dejar que Dios escoja por nosotros, al falso accidente de 4x4 en el que, al fin, rompo a reír totalmente libre; al momento en el que aprendo que uno tiende a escuchar lo que teme
y de ahí a Errachidia donde me enamoro sin quererlo de tu familia y donde observo que nuestras tierras se parecen en muchas cosas, como en las madres  y las acequias , y quizá si me encaramo a este arroyo y empiezo a nadar acabe en Murcia y te lleve conmigo y comprendas cuando la veas que somos tribu
y de ahí a Erfoud, pero de Erfoud y su noche no puedo escribir, pues escribir es volver y si vuelvo allí, cómo no quedarme
*
Sí escribo todas las palabras que me enseñas, el masaje salvaje, toda la sapiencia de tu edad híbrida y tus muchas horas de viaje; que con los amigos se muere, que la vida en sí es una buena escuela, que las puertas y no la violencia son lo que este lugar depara. Escribo también todo lo que no me enseñas pero veo, porque he pasado mucho tiempo esperando contemplarte. Una risa que escapa al cuerpo. Una emoción que trasciende el idioma. 
*
La última noche, en un riad del arrabal, mientras insistes en que coma algo y te enseño fotos de mis padres, algo me detiene. Es el frío: siento frío por primera vez desde que he llegado.
V: Insh'Allah
Es curioso
cómo la poesía
no quiere ya decir nada
dicho sea entre nosotros
así
debería ser la vida.
Inaya Jaber

Los días al llegar a casa los paso mirando aviones. Repasar calendarios, recibir alertas de vuelos a Marrakech o a Tánger, se convierte en mi pasatiempo diario. Todos mis planes de futuro, confeccionados con precisión sobre trabajo constante y juiciosas expectativas, palidecen ante la obsesión por Tamazgha. Por volver a pisar la arena, los mercados, las alfombras de sus casas siempre abiertas. Por volver, volver, volver; me repito a todas horas; nadie puede entenderlo así que dejo de hablarlo. Una amiga de mamá me dice que tranquila, que pasará; es la fiebre del romántico y el colono que vuelve a casa: el nuevo paraíso se hace parásito en tu cuerpo. Te torturará hasta que el olvido haga su trabajo, me alienta, y en esa fiebre deseo con fuerza que tal crimen nunca ocurra. Que quizá en mí sucede al revés, que llevo años, una vida enferma, y sólo en Tamazgha he empezado a curarme. 
*
Cada día recibo, además de alertas de vuelo, una mezcolanza de lenguas que me acompañan. Mafi mushkilaTwahachtek. Hemmleyk. Darija, amazigh, castellano, en todas ellas un mismo ritmo, la frase que escuché en las dunas cuando tuve miedo, en el riad tras aquella chocante ola de frío. Insh’Allah, si Dios quiere: una declaración de esperanza. Desde niña oí hablar del plan que Dios nos reserva en secreto pero, por si acaso, yo tiento a la posibilidad, como siempre. Y cada día hablo con Jone, quien también sintió la llamada, quien lleva ya el tifinagh en el brazo y quien no se cansa de oír en mi fiebre quiero volver, volver, volver, como si pronunciarlo fuera a hacer que algo viniera a por nosotras. Y esto es lo último, prometo y engaño, que escribiré sobre Tamazgha hasta que haga eso: volver.
Layla saida. Buenas noches. 

03 julio 2017

Tebaida

Dies Irae (1943)
y de esta agua se hartan,
aunque es de noche.
San Juan de la Cruz

(quizá lo único posible ahora sea velarse el rostro. cubrirse los cabellos. guarecerse del ruido. y ante la pregunta inevitable -¿volveré a ser quién era?- sólo cabe decirse: nunca. pero no has de llorar por ello. te has convertido en quien te sabías destinada a ser. no hechicera. no cortesana. una madre del desierto. recuérdate bien tu infancia, mirando con insistencia al cielo. antes de perderte en la belleza y la multitud. pero ya no te miras en los espejos, ni te turban las voces del mundo. cada día menos, cada día nuevo que despiertas en tu Tebaida. cada día que encuentras la única verdad en el silencio)

04 junio 2017

El péndulo del zahorí

Graciela Sacco
El otro puede ser un enemigo a batir, un monstruo a domar o un miserable al que salvar, pero siempre algo sobre lo que hay que intervenir.
Sergio del Molino

Así también la lengua es un miembro pequeño, pero se jacta de grandes cosas. He aquí, ¡cuán grande bosque enciende un pequeño fuego!
Santiago 3:5

No es compasión lo que tu hacer despierta sino la claridad y el desgarro de los espejos. Te veo y me veo, por tanto: me acerco. Te escucho y me escucho, por tanto: respondo. No confiesa sino egoísmo este anhelo de cercanía. Ofrezco aquello que ansío recibir. Entregar es también recibir lo que nunca nos fue dado.

*

No obstante hay ciertas verdades que siempre supe evidentes, incluso cuando no creía en lo infalible de la verdad.

Por ejemplo:

Una noche que acaba es una luz que se escoge

Una mano que no se tiende es una mano destinada a pudrirse

(y por eso las mías están deseosas de tocar)

*
Si algo puedo hacer, es iluminarme

*

Y no obstante nada aquí queda exento de duda. Ni mi fe más ciega ni la voluntad más transparente.

¿Y si la fe es la tierra bajo el péndulo del zahorí?

¿Y la voluntad un suspiro de Atacama?

¿Y la paciencia un círculo de final inalcanzable?

*

Escojo la fe, a pesar de todo.

Y la voluntad.

Y la paciencia.

Y la ingenuidad de creer que nadie se condena hasta su muerte.

*


Definitivamente es una virtud. 
Fracaso será cuando dejes de serlo.

17 mayo 2017

Trazo. Persona.

Ramón y Cajal
lascia che piova pure
prendiamo il sole che c'è
Ligabue

Cuesta creer que lo que soy pueda sostenerse en eso:
alguien mueve un pincel y yo existo.
¿Es posible que sea tan fácil?

02 mayo 2017

La edad de la inocencia: Dos hombres, dos poemas.

Henry Patrick Raleigh
 
Este funeral es por el cadáver equivocado.
Hal Foster

siempre es la misma mirada tibia la que me da caza. el mismo puño el que me encuentra en eterno casual nunca busca consciente. siempre los mismos discretos códigos: los conozco / los descifro / los admito,  y aún así, sigo tentando. reteniendo. soltando. instruyéndome en el arte milenario de la ausencia. siempre es la misma mirada tibia la que me libera, pero es algo que recuerdo sólo cuando se ha hecho tarde.

hombre I:
(...)
para que nada duela
algo en mí debe
contenerse

*

hombre II:
(...)
contra toda la Historia clandestina
de los palacios y los puertos
yo declaro: una cortesana
se mantiene virgen hasta su
muerte


*

24 abril 2017

Cuaderno de Avalon, XIII: Fragmentos de lo que nadie sabe.

Martínez Cánovas
... yo, que me creía puro sujeto (sujeto sujetado: frágil, delicado, lastimero), me veo convertido en una cosa obtusa, que anda a ciegas, que aplasta todo bajo su discurso; yo, que amo, soy indeseable, alienado hasta las filas de los fastidiosos: los que son pesados, molestan, se inmiscuyen, complican, reclaman, intimidan (o más simplemente: los que hablan).
Roland Barthes

Conoce entonces una soledad nueva y extraña, y este conocimiento le hace sufrir. No le queda más que una salida, alojar su amor en su corazón del mejor modo posible; tiene que crearse un nuevo mundo interior, un mundo intenso, extraño y suficiente.
Carson McCullers

(14 enero)

ahora que te has separado de mí como el agua del aceite –limpiamente, sin paliativos, con la honestidad de lo que es químico, consabido, connatural; sin ofrecer resistencia alguna–, comprendo que existen cosas de nosotros que nadie sabe
(...)
que te regalé La balada del café triste porque nunca lo has leído y ése, en realidad, es el único imperdonable de tus errores
(...)
que cuando cocinas y cuando escribes existes en un plano paralelo, prohibido, en el que la única vía posible es esperar a que despiertes, a que salgas del túnel y recuerdes que hay alguien al otro lado (alguien contemplando / alguien deseando / alguien demasiado dispuesto a escuchar de dónde vienes); del túnel, no obstante, nunca se sale, y lo aprendí en nuestros desayunos, cuando jamás perdiste detalle de la conversación del vecino, del trascurrir de las horas ajenas; tu mirada siempre extraviándose por encima de mis hombros, siempre a la caza de un detalle o una epifanía inspiradora —a pesar de ello, me mirabas, sí, me miraste a veces; es un gris incapaz de esfumarse por sí solo
(...)
que en la misma caligrafía espigada con la que empiezas tantos cuadernos me escribiste algo que no alcanzas a entender: un lugar y una persona para mirar siempre
siempre
(...)
que los adioses son listas de secretos compartidos sin intención, ni consenso, ni constancia; secretos como un botín de guerra; secretos que uno preserva y olvida hasta el próximo saqueo; en tu caso, al menos, tú, tú que seguirás remando, desgastándote en el ciclo de una vida bien llevada
(...)
que has sido mi última aventura aunque quizá ya nunca lo sepas
(...)
que en realidad sólo estaba fingiendo que este momento no iba a llegar
(...)
que lo que me atraviesa es saber que no voy a despedirme

11 abril 2017

Cuaderno de Avalon, XII: Ébano sangre pan y almendra (semana antes de Navidad)



 
 
Un amor hacia todo me atormenta.
Miguel Hernández

No words can heal my heart
PJ Harvey

Ha hecho falta este hombre de ébano para que vuelva a cortarme.
Con la persiana baja y la tienda a solas, me coge del pelo:
Take them off.
Yo obedezco; no podría no hacerlo. Me quito las gafas y miro a cualquier parte, la que sea.
You're beautiful.
Un perverso margen de la vida nos enseña a sonreír en lugar de a correr. Un extraño instinto de supervivencia que aparece en las inminentes catástrofes: suavidad contra ofensa, reverencia contra golpe.
Aquí no hay golpe, sólo una sombra de que podría darse: es suficiente.
La violencia no necesita nada más para vencernos.
Pone una música que reconozco.
Don't be sad. Smile a little.
Cuando llego a casa saco mi cuchilla del cajón; hace tiempo que la mantengo cerca, preparada. Por si acaso, imagino.
Nadie te dice que después de cortarte, las piernas pesan como rocas.
*
No me las curo; dejo que la sangre se seque durante la noche, hilos delgados de pintura; cuando me despierto soy un boceto, un boceto en un lienzo que quema. Encuentro una belleza en mis heridas que me asusta. El hombre de ébano ha llegado en el momento justo para arrojarme: vuelvo a dormir durante horas, vuelvo a no sentir hambre alguna, acaso un puñado de almendras, rebanadas de pan que le cojo a Lara; mi maleta abierta a medio hacer me recuerda que pronto estaré en Madrid; reiré pasearé por Malasaña haré el amor despertaré entre caricias indolentes, entre murmullos y una calma en la que no tengo cabida -al fin empiezo a entenderlo- y fingiré que la luz que nos baña penetra en mí como la lluvia; en realidad no lo ha conseguido.

Intuyo que algo hoy empieza o acaba.

29 marzo 2017

Cuaderno de Avalon, XI: Inmune al frío

 
Hiela, viento glacial
pues no podrás cortar
como lo hace el olvido.
Shakespeare

aquí nadie me desnuda así que soy yo misma quien revelo mi piel a los extraños, palmo a palmo, sin cautela; al que me observa bailar; al que invito a casa y me habla de Ginsberg y de su novia y me besa la frente y se disculpa porque el colchón chirría demasiado y tiene que irse; al que viene de lejos y trae ojo gris, incertidumbres, olor a papel de carta; aquí nadie me desnuda y, por ende, nadie me ve
*
no obstante, a pesar de haberme desprendido de la ropa y el orgullo, nada me daña, nada imprime huella o sombra que perdure sobre mí; el frío de Yorkshire es pluma sobre mis hombros, nunca carga: él y yo ya somos uno. quizá porque sé que a este cuerpo azotado por viento huracán no le queda mucho tiempo; muy pronto serás libre, me lo ha confesado la Voz; pronto este cuerpo será tierra y tu alma huirá por tu boca antes de que tu padre te la selle para siempre
*
¿no tienes miedo de qué hay después?, me he llegado a preguntar, pero es sólo un segundo; en la iglesia me dirían que la resurrección de la carne, ese consuelo donde comulgan las mujeres buenas, los hombres valientes; yo no soy lo primero ni lo segundo, así que auguro un destino humilde para mí, agua y fuego, sal y ceniza. y quizá por la aceptación del frío me mantengo indiferente cuando me golpea el rostro, la espalda, el vientre que me descubro; cuando me embarra los pies y asola mi camino de vuelta a casa; y permanezco inmune a la vida como al frío —una vez probada, una vez marcadas sus reglas, todo lo que queda es esperar a que me destruya.

14 marzo 2017

Cuaderno de Avalon, X: Lo invisible.

Julia Santaolalla
La visión del sufrimiento, del dolor de los demás, arraigada en el pensamiento religioso, es la que vincula el dolor al sacrificio, el sacrificio a la exaltación: una visión que no podría ser más ajena a la sensibilidad moderna, la cual tiene al sufrimiento por un error, un accidente o un crimen. Algo que debe repararse. Algo que debe rechazarse. Algo que nos hace sentir indefensos.
Susan Sontag

No me persigas por no ser hermosa
y no hagas como que soy una niña pequeña
que no ha aprendido aún a usar el maquillaje.
¿Deseas realmente combatir conmigo a muerte?
Tengo hijos por los que debo seguir viviendo,
tú tan sólo tienes Belleza.
Leonard Cohen


para entenderlo hay que palparlo. para palparlo hay que ensuciarse. no digas conocer el desierto si su arena no abrasó tus ojos. no digas conocer el manglar si no te hiciste un collar de barro. para entenderlo hay que sufrirlo. también a alguien. también a mí. detras del tajo y de la lágrima escarlata me encontrarás; nunca delante, nunca a una aurora reveladora, sino a la sombra y los matices de una trampa, de un engaño perfeccionado; tras la presencia que no ves, que nadie ve, pero que todos parecéis sostener en las manos. preparados para aniquilarme.

02 marzo 2017

Cuaderno de Avalon, IX: Razones para readentrarse en la espesura.

Todo lo que no es selva, es muerte.
Vega Cerezo

te has adentrado en la espesura y creído con toda tu alma que es un lugar al que regresar –un paraíso en forma de labio o de garra–; y has confundido el hogar de sus dríades y sus quimeras con un lecho en el que recostarse; y sus frondas afiladas con algo que se puede acariciar; y la elegía de sus cuervos con la canción de los trobadours;

te has adentrado en la espesura pensando que su penumbra evitaría la quema, pero estás muy equivocada

–y por qué vuelves, rugen esfinges en sus fronteras; por qué vuelves a este claro y a esta guarida, a este arroyo y a esta amenaza


he tardado años en aprender lo que sabía:

todo lo que no es selva, es muerte ha escrito Vega


y yo aprendo: todo lo que duele

es un rastro certero de vida

04 febrero 2017

Cuaderno de Avalon, VIII: Dicen que murió un caballo.

 Hugo Simberg
Me han dicho que pasó como una sombra
que su vida no fue sino una sombra y sin embargo el caballo
era luz.
Era un caballo ateniense. En sus ojos brillaba el fuego
de la verdad y la belleza,
pero nadie lo conoció.
[...]
Y nadie lo escuchó sino la fuente, nadie supo su signo
ni su símbolo,
nadie quiso saber sino la fuente de aquel caballo color hoja seca.
Blanca Andreu


9 diciembre
Me ha recordado a ti, me dices y me envías este poema, y yo protesto pues no soy caballo ateniense ni tengo ese fuego de verdad y belleza en mis ojos -acaso el rescoldo de una juventud distante-; soy otra clase de équido, menor, más manso, definitivamente menos altivo y elegante; abriéndose el paso justo entre brillantes cabalgaduras, entre grupas albinas y mezcladas por el viento. Y ya he empezado a presagiar tus fintas al igual que tú presagias la muerte del animal, el animal al que has puesto mi nombre; la muerte sobre su lomo y su testuz como insignia, sobre su rostro luna nueva, sombra fina que te hace apartar la vista o enternecerte, depende de si estás cerca o tan lejos como un astro. Y quizá presagies la muerte, también, sobre este hilo rojo, sobre este beso azulado que nació apenas unas veces, sobre este cuerpo común que aquí se abrió como herida.


27 enero
Tenías razón: murió un caballo.
Los ángeles vienen a por mí: cuánto tiempo llevabas planeando esto.
Tenías razón con aquel poema y aquel presagio, pero ni siquiera imaginabas en qué medida; cómo podrías, ahora lo entiendo, si aquellos versos en tus manos no eran fuentes, no eran más que un halago desenfadado, un regalo casual, una muesca en el bosque, y en las mías fueron pozo y videncia, razón para quedarse o quebrarse. Cómo podrías saberlo si en noviembre tú acababas cuentos mientras yo empezaba ultimátums, anoté un día: 2017 será mi última oportunidad, ¿eso ya era un plan o sólo una intuición sencilla?; noviembre, casi tres meses, pero podría contestar desde agosto, o desde el pasado febrero, o desde cada invierno hasta llegar a 2012, cuatro años, llevo cuatro años planeando este momento...
Volverías a hacerlo
Volverás a hacerlo
Tenías razón: murió un caballo y tenías razón: nadie miraba.

23 enero 2017

Cuaderno de Avalon, VII: Eres isla


 
 Si no es problema, ¿por qué mencionarlo?
Todo lo dicho significa eso:
es su opuesto y lo demás.
Estoy vivo, me estoy muriendo.
Jim Morrison

No lo olvides: eres isla. Aunque te creas archipiélago a veces  -rodeada de otros pequeños cuerpos más allá del agua. Aunque te pienses península -unida a tierra firme por soga. Eres isla. Remota. Para hallarte, hay que naufragar. Sortear un collar de arrecifes. Para saberte, adentrarse en la selva -temer su tambor -atajar su veneno. Para quedarse, olvidar la vida prometida en el continente. Tus colonos deberán aprender el arte del camuflaje y la caza. Del refugio y de la hoguera. De la invasión y la huida. Contemplar la idea de una muerte inminente y, aún así, pelear otro día. No lo olvides: eres isla. Una distracción del camino. Un imprevisto del viaje. Un sitio del que salir.

04 enero 2017

Cuaderno de Avalon, VI: Mi túnica de adivina

Richard Stenhouse
Yo tenía razón.
Mas eso de nada vale.
Y este es mi vestidito chamuscado.
Y estos mis trastos de adivina.
Y este mi rostro desfigurado.
Rostro que nunca alcanzó a saber que podía ser bello.
Wislawa Szymborska

Al final he pasado la Navidad escribiendo de lo que queda. La fotografía. El artista. El paisaje añorado. Al final he pasado la Navidad escribiendo de lo que busco. El paisaje que es la Arcadia. El artista que es el genio. La instantánea de mi muerte. Un segundo libro se esboza tímido ante mis ojos. Un libro de luz y mar zafiro, porque a pesar de mi exilio, mi corazón siempre vuelve al sur. La cuna. La raíz. Allí nació mi primer poema y allí irán a morir conmigo todos los que he estado escribiendo. Le he dicho a quienes quiero en mis cartas de despedida: cuando me vaya, hacedme dormir bajo el olivo de estas costas. Que mi sueño sea un viaje en barca hacia el horizonte blanco.
*
En Catábasis me obsesionaba la idea de la doncella, recogiendo flores, encendida y sorprendida por un amor que abría las grietas de la tierra. Cuatro años después, no queda nada de la doncella y me obsesiona una mujer muy distinta. Vuelvo a Grecia, pero a la Grecia de Medea, Circe y Casandra. De la mujer cuya sabiduría fue ruina y, aún así, se aferra a esas piedras como a la única opción posible. La mujer cuya juventud es solo rostro, pues dentro la vida se le estancó en lagunas antiguas. Leo la Casandra de Szymborska y escribo la mía propia: sé predecir el silencio / de la verdad en el cantar de los hombres [...] cuando Apolo regrese a besar mi frente / tras mi castigo / le volveré la espalda.
*
Si vuelvo a hablar con un ángel y me pregunta el motivo, le explicaré cuánto pesa mi túnica de adivina. La realidad aprendida a costa de todo. El ojo sin párpado incapaz de elegir la ceguera. No puedo no ver los muros, la distancia cristalina, esta isla en la que me ha acabado convirtiendo. Este mundo inmolándose en mitad del banquete. Y si pudiera escoger la ceguera, quizá abriría otra vez el ojo. Miraría a la vida a la cara, aunque volviera a ser mi fin.