20 noviembre 2016

El cielo en la tierra.

 Vladimir Kush

No hay grandeza donde faltan la sencillez, la bondad y la verdad.
LEV TOLSTOI

he venido a encontrarte, maestro,
entre laberintos de cebada
a oírte murmurar en un patio de escuela
lo que es una estaca cruzando mi pecho
cada vez que he intentado vivir
contra esa verdad que, por pura, nos quiebra
verdad confesa en la tripa abierta
sin imperativo alguno en los establos,
en las manos alzadas, limpias, que dejan
caer la honda –qué sabrá la piedra
los hilos de sangre
de la justa victoria–;

una verdad confesa en la añoranza
desolada de una Luz que nos llama
y nos huye sabiéndonos indignos

he venido, maestro,
a hallar la Luz
a velarla en el hogar de los pobres,
la avivan inocentes forjan su secreto
en sus cuencos de borsch
el celoso amor en sus botas limpias
las elevadas miserias que saben
contener en sus pañuelos

he venido a celebrar la vida
de los muertos que esparcieron el cielo
sobre la tierra a sus espaldas;

he venido a llorar la muerte de los vivos

y cuando se sequen las lágrimas
que en ese cielo y tierra vierto, cuando escucho
que su escisión es absoluta
muera yo joven, sin llegar a ver
devastada la estepa amoladas las almas
de mis hermanos, ya preparadas
para una ordinaria dureza;
muera yo con la paz
que me otorga
penetrando la fronda
todavía una débil
claridad
todavía una ínfima
esperanza

la que el tiempo ahoga
la que el mundo templa
pronto en la vida abiertos los ojos

la que araño en tu tumba, maestro, cama
de campánula y cabello nevado


(publicado en revista Obituario)

13 noviembre 2016

Cuaderno de Avalon, IV: Imágenes en la nieve.

Esto ha muerto y esto va a morir.
ROLAND BARTHES

Lo espacial algo ajeno nos enseña.
IDA GRAMCKO

La nieve trajo un lugar y un instante impreso para siempre. Me los regaló y yo me olvidé, ingenua, de que un lugar y un instante se desvanecen; de que un lugar y un instante no tienen límites. La nieve trajo fragmentos fijos y punzantes de memoria; fotografías de tal claridad que tuve que apretar la mandíbula, cerrar los puños mientras las miraba. Una mano desnuda contra la luz ocre de mi cuarto: una lágrima detenida helada en su travesía hacia el dolor: un salto débil a una suerte de borroso futuro. Un iris se abría para envolverme. Una brecha eléctrica se cerraba. ¿Sucedió así o el recuerdo es otra trampa de mí misma? Kracauer me dice: toda imagen es un engaño. Pero, ¿cómo es posible un engaño tan presente hasta el delirio? ¿Y qué hacer con ese engaño? ¿Desecharlo? ¿Desmontarlo? ¿Venerarlo en su artificio? Barthes dice: toda imagen es intento de eludir la muerte. ¿Eso es lo que estoy haciendo? ¿Tratar por todos los medios de evitar un desenlace obvio? ¿Una pérdida que ya se torna tan natural como el aliento? Me obligo a decir: lo único real es lo que leo y escribo, lo que arranco de los rostros intrigados que me acogen. No son reales las imágenes esperanzadas en la nieve. No es real lo que espero, arrodillada, sin salir ya a tentarlo con uñas y dientes. Lo que tengo, lo que existe para mí, es otro interrogante. Tajante. Constante. Otra mentira en mi exilio. Otro sofisticado mecanismo de tortura.