16 octubre 2016

Cuaderno de Avalon, III: El ojo de la aguja.

Mi vida está ahí, en algún lugar. Es una idea recurrente. Una concha que aprieto hasta cortarme cuando olvido el mar. Cómo sonaba. Cuál era su sabor. A mi alrededor, la vida del otro es un perfecto castillo de naipes.
(un hombre me pregunta si tengo frío. una amiga me dice que soy valiente. una madre admite que me entiende cuando le anuncio: no volveré)

Soy un tanto celosa de mis poemas favoritos. Apenas los comparto, y cuando lo hago -momentos, personas secretas-, es casi un gastar mi última bala, casi un lanzar la bengala, casi saberme avergonzada en las palabras de los otros. Pero hoy tuve que traer estos versos porque ya llevan días en mi corcho, junto a todos los que copié -letra diminuta y dura-, para repetirme día a día qué es lo que soy, qué me apuntala.
Mía Gallegos. El ojo de la aguja: 

Al amor llegué con un grito de seda
y puse las dos mejillas,
el cuerpo y la conciencia.
              
Nada quedó de mí,
ni siquiera una carta,
ni siquiera un espejo en donde reconocerme.
Mas aprendí a pasar
por el ojo de la aguja,
es decir a perdonar sinceramente.
A dejar la piel en el alambre,
a dolerme desde los pies
a la cabeza.
              
Lo perdí todo.
Y cuando entendí que no sabía defenderme de la gente,
respondí con una bofetada de ternura,
porque yo sé
que sólo los dulces heredarán la tierra.

2 comentarios :

  1. Es tan tú ese poema que casi lo leo con tu voz.

    Besazos, Annie.

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