14 julio 2016

Madrid, Blake, un abejorro entre mis dedos.

Para ver el mundo en un grano de arena, 
y el cielo en una flor silvestre, 
abarca el infinito en la palma de tu mano 
y la eternidad en una hora.
WILLIAM BLAKE

MADRID, 10 JULIO, 2:01
Esta gran ciudad no conoció mi infancia, su fantasear, su cabello rizado, su faz curtida por el sol; sí conoció y atestiguó el momento en que fue truncada, en que murió en brazos ajenos pues yo misma la entregué. Esta gran ciudad, al igual que tú, me recuerda quién fui -pequeña niña perdida-, y quién querría volver a ser -pequeña niña encontrada-, y lo hace entre versos de Blake, entre siestas breves y comidas pesadas, entre deseos que aún son lejanos pues precisan de un tiempo veloz: domesticar mi cuerpo, volver a acariciar mis bucles, sobrevivir a costa y a causa de mi pasión.
*
Venir aquí ya no significa envilecerse en el recuerdo; significa querer alzarse aun paladeando el sacrificio. 
*
La melena rebrotará salvaje. La piel volverá a atezarse. La silueta se afinará. Los sueños serán materia, y es que al fin lo permitiré: mi destino siempre fue el origen. El camino escarpado y largo. El camino que vuelve al punto en que la vida era el verano, y el verano un abejorro apresado entre mis dedos. Nada hay más bello, entendí, que la posibilidad del veneno y del vuelo en un mismo instante. Nada más bello que la muerte compartida del crecer, del amarse, del desprenderse. María ya duerme; hace rato que el Whatsapp no reluce en la oscuridad. Todo es paz en la glorieta de Quevedo, y sin embargo, aquí dentro algo crepita. Mañana volveré a casa.

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