16 noviembre 2015

Lo que sucedió cuando París se detuvo.

Franciszek C. Zulon
Cuando París se detuvo, tú y yo veíamos en televisión a un famoso cantando Noche de bodas de Chavela.
Cuando París se detuvo, yo ya había llorado llevo días llorando y tú cediendo; yo sin excusa, tú con cientos de concesiones; apuesto a que nunca pensaste que podría ser tan difícil; apuesto a que ahora comprendes a los padres y psiquiatras: tiene tantas ideas que la consumen y, en vez de ignorarlas, se empeña en enarbolarlas hasta enloquecer.
Cuando París se detuvo yo volví a llorar, y sentí vergüenza de mí y de todos nosotros, y me negué a apagar la televisión, a volver a la cama, a volver a hablar; y para qué, después de todo, si no importan las palabras contra la muerte y la ceguera, contra aquellos que se niegan a a ver más allá de la tragedia para arribar a la causa esa que nos salpica y sonroja.
Cuando París se detuvo, yo recordé esta semana en un flashback que me diseccionó en canal: las disputas en casa, repitiendo que existe un mundo levantado sobre nuestra ignorancia; la conferencia de Alberto Garzón que me inspiró y me conmovió porque supe que no estaba sola; aunque militar se parece a estarlo, a sufrir, a cuestionarte todo, hasta tu propio nombre; aunque eso es algo que no te dirán si te decides a abrir los ojos.
Cuando París se detuvo ya se había detenido Gaza, Libia, Somalia, Nigeria, Kurdistán; y tantas naciones antes en esta eterna dialéctica; se habían detenido sin que hiciera, sin que hiciéramos nada más que creer que hacemos algo; cuánta autocomplacencia. Y he intentado redimirme mediante la palabra, convencer a otros escuchad bien, allí edificamos barbarie; pero cómo convencer de algo en lo que también yo soy partícipe, por acción, por omisión. 
Cuando París se detuvo, yo era consciente de mi culpa. Hipócrita o comprensiblemente; ya no sé a qué moral me debo si toda mi tristeza es injusta al nacer en la abundancia. Y aquella conciencia dolía.
Me arrodillé y recé junto a las aguas.

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