01 abril 2015

Examen de conciencia.

Frederick Cayley Robinson
Debería estudiar pero duermo. Debería escribir y hago el amor. Me dejo desfallecer, sumisa, en mi dominio horizontal. Mi reino delimitado. Mi reino de algodón y muslos. Debería inclinarme, asumir las verdades ajenas como mías sin cuestionamientos. Pero sollozo. Pero peleo. Defiendo mi plaza, pues la elección alternativa no es viable. ¿Cómo podría enmascararme tras una vida antagónica a aquella que estoy persiguiendo? No. De ningún modo.
Por ello no me arrepiento; jamás. De arrepentirme no habría palabras cada día sobre mi lengua. De arrepentirme cómo podría escribir, si escribo justo por haber sido hija, mala hija, terrible hija. Repasemos todas mis faltas. A los seis me ensucié demasiado. A los nueve me pasé de curiosa. A los catorce besé, a los dieciséis me abrí a la luna como un lirio. A los dieciocho dejé de ir a la iglesia. A los veinte me fui de casa. A los veintiuno caí enferma. A los veintitrés... qué imperdonable, a los veintitrés soy toda dulzura soy toda juicio y sin embargo he vuelto a hacerlo: pesada y escarlata es la letra en mi costilla. 
/
Ninguna etapa de mi vida ha escapado 
al desafío,
enarbolándolo desde la infancia
como otros blandían su juguete, pidiendo
atención, desquitándose de la indiferencia,
fiel observadora más allá del cochecito.
Yo exigía lo contrario, la capacidad
de hacerme invisible, de no emitir un mínimo
rumor. Todo para huir
en busca de mi matriz verdadera [...].

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