15 abril 2015

Cada mujer se convierte en bomba de sueños.

O sea: ¿es amor esta roja tela
que fluye de la acerina aguja y vuela tan cegadoramente?
Con ella haré vestiditos y abrigos,
y vestiré a una dinastía entera.
Sylvia Plath

I. Sylvia dibuja a tinta como yo, pero sus trazos son firmes, sin dudas, sin censura, sin correcciones visibles. Son los trazos de alguien sabio. Me regalas los dibujos de Sylvia porque sabes que más allá de esta enfermedad que me domina persiste el instinto de vencerla. ¿Quieres saber de qué se alimenta ese instinto? Déjame confesar: un país privado que otros llaman hogar o futuro. Me observas hojear el libro: en el fondo sabes que esa sonrisa que nace al ver los animales, los barcos y los tejados, es signo de ese instinto que lucha. 

II. Pero yo ya no lucho a ciegas; ahora el monstruo tiene nombre y ya no hay rastro de desencanto. Coré la doncella ha dejado de existir. Existe en cambio esta mujer que se aproxima al cuarto de siglo. Esta mujer que escribe de sangre que bien engendra o bien derrama; de furia y de resistencia. La idea de un segundo poemario que deje atrás a Coré se va gestando en mi cabeza. Mientras tanto, todo lo que brota de mis dedos es un desafío.

III. Un desafío que, presiento, nunca me abandonará. Porque esas mujeres amantes o madres o enfermas o creadoras -como si no fueran sinónimos- son, ante todo, guerreras. Alumbran bebés y páginas impregnadas de tinta, crían hombres y revoluciones. Cada mujer entonces trasciende su propio organismo. Se convierte en bomba de sueños.

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