09 marzo 2015

In hac lacrimarum valle (varios pensamientos a la orilla de la muerte).

A menudo el sepulcro encierra, sin saberlo, dos corazones en un mismo ataúd.
Alphonse de Lamartine

Lo angustioso de la muerte es su antesala, el laberinto de corredores que precede a la camilla, los ojos tristes que inevitablemente se van cerrando pero me siguen evocando en su oscuridad; lo peor de la muerte es la boca que ya no puede decir mi nombre pero se abre dócilmente para recibir el sustento... Lo angustioso de la muerte es la fortaleza que ostentan todos a mi alrededor, como una rosa en el pecho que los protege del suplicio, mientras yo sólo sé llorar volviendo el rostro hacia otro lado...
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Lo paradójico de la muerte es que engendre iniciativas parecidas a una bella resistencia.
I. El proyecto de Capsula MundiA mi muerte quiero ser árbol, quiero regresar a mi madre tierra -le digo a mi madre, la de hueso y fiereza, mientras comemos- ella se enfada y me dice no es algo que debas consultar conmigo, cómo si mencionar mi muerte fuera una clase de taumaturgia, como si la idea de verme convertida en ramas, savias y madera le resultara insufrible... porque ella sólo sabe creer en la protección de la cruz y la lápida, cuando yo creo en la protección de un ciclo sagrado.
II. El canal de Caitlin Doughty. Conocí a Caitlin gracias a una conversación de buenos amigos que siento cerca, cerquísima, aunque estén demasiado lejos. Confesamos nuestro temor simultáneo al duelo y a la enfermedad, a las llamas y a los gusanos, y Sara me la recomendó. Caitlin es hermosa porque habla de la muerte y todo lo relativo a ella -lo práctico y lo trágico- en un tono que pocos se atreven a emplear: el humor, la franqueza, la naturalidad. Nos invita a dejar de lado los tabús que la sociedad y nuestro propio miedo nos han impuesto sobre lo inevitable. Después de escuchar a Caitlin hablar sobre lo más físico o trivial del ritual funerario, la ligereza es palpable: uno parece más predispuesto a aprehender la idea de perder al otro, o la de estar abocados a desaparecer.
III. La ambulancia de los deseos. Uno de los motivos por los que empecé Historia del Arte fue por la creencia, cada día más férrea, de que el arte puede ser el mayor y más inocuo de los paliativos. Y cosas así sólo me hacen reafirmarme en mi esperanza. Que un enfermo, en alguna parte, se halle de camino a la fosa y su último deseo sea escuchar una sinfonía, o suspirar frente a aquel cuadro, o volver a pisar un lugar memorable, dice más del espíritu humano que toda la filosofía del mundo.
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Lo definitivamente cruel de la muerte es su legado. La soledad a la que condena a los que permanecemos aquí. La abuela besa la frente y las manos y cualquier parte abarcable del abuelo pues no sabe si mañana su piel seguirá caliente. Adónde va el amor cuyo objeto ha desaparecido en la niebla -en el fino velo de lo oculto-. Adónde va el viajero sin compañero, una vez perdido.
Hace, ¿meses?, escribí un poema titulado Edades; y no era un poema sobre la enfermedad -aunque sí lo era- o sobre el dolor -aunque también-, sino un poema sobre el amor que he visto. Un amor que está enfermo y es doloroso, pero que puede plantar en mí una esperanza. Hoy tiene más sentido que nunca.

2 comentarios :

  1. Qué difícil es hablar de la muerte a los vivos, a los que quedarán cuando el que está emprendiendo el camino se vaya. Cuánto tabú hay en esto. Cuántas imágenes se me han venido a la mente: el lado blanco de la cama también se despide, aunque no le toque tan de cerca.

    Preciosa entrada, Annie. Un beso.

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    1. Gracias, bonita. Me ha costado mucho escribirlo, pero era necesario. Mucho.

      Besos y abrazos.

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