24 febrero 2015

A ningún menor de cuarenta le interesa la piedad.

Gritos y susurros (1972)
Oíd bien: estoy escribiendo desde una edad que no es la mía. A ningún menor de cuarenta le interesa la piedad y sin embargo eso es lo único que estoy tentando a mi alrededor. Una ración de bondad. Un testimonio de sencillez. Pero crucificamos a Cristo y amordazamos a Siddharta y olvidamos a nuestros padres y ahora en quién puedo observarme para germinar. Hace unos días recibí un e-mail, contesté  pero era mentira, pues hay tantas escenas en las que no logro situarme... hay tantas cosas que no he aprendido; hay tantas cosas que no soy. No soy una poeta joven. No soy componente de una generación que refulge; no, yo no quiero brillar intensamente hasta la extinción, yo quiero encontrar la perpetua luz del género humano. Todo aquello que no habita en la inmediatez o el artificio o la indolencia o todo aquello sobre lo que no sé escribir ni admirar -quizá sea esta mi condena, pero...-. Le digo a mi compañero que lo único que busco difundir y eternizar es el placer más humilde o el dolor más cotidiano. Escribiré la áspera tos de mi abuelo moribundo, el atardecer de un rincón del mundo, la dignidad restante entre las ruinas. Escribiré sobre todo aquello que nunca me hará brillar, pero oíd bien: mi conciencia será un valle de silencio.

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