08 noviembre 2014

Elegía a un profeta muerto

Yo provengo de un lugar puro.
Textos de las Pirámides

Estás detrás del cristal. Como si durmieras. Eso es lo que suele decir la gente para consolarte cuando sólo tienes veintidós años y la muerte, creen, te desconcierta. Claro que ellos no imaginan...
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Lo cierto es que estás muerto. Muerto. Muerto. Cinco veces muerto.
Una muerte por cada uno de vosotros. Padres de mi madre. Padres de mi infancia. Padres prudentes de mi camino.
Los cuatro manantiales inagotables de amor.
Otra muerte por mi madre. La curandera. La sacerdotisa. La hija de carne o espíritu.
Sé que estás muerto, pues tu rostro es reluciente. Odio cuando el tanatopractor olvida que no hay luz en la piel de los vivos.
Los últimos meses sólo brillabas al ver llegar las visitas, siempre ocupadas, siempre de paso. Hablabas y hablabas, qué importaba qué sólo quedara un hilo de voz. Qué importaba si sólo yo te escuchaba de veras, si sólo yo compartía tu decepción. Este mundo era monstruoso.
Me previniste: serás engañada.
Yo asentía y no por inercia. Tú también te diste cuenta: sólo yo te comprendí. Sólo yo descubrí quién eras en tu tramo final. El vidente. El profeta.
El hombre sin la sangre adecuada pero con el tercer ojo en su frente.
Nunca el charlatán. Nunca el loco.
Me  dijiste: los escritores son capaces de ver más allá, por eso tú...
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Por eso yo te comprendí, aunque no porque escriba. Por eso no. Escribir no me ha hecho sabia. Todavía.
Te comprendí porque me llamaron loca, como a ti; porque también yo le hablo a los muros, porque también yo he estado sola entre mis palabras. Sola. Sola. Cinco veces sola. 
He deslizado una nota en tu ataúd cuando nadie miraba:
Que tu alma atraviese el río y llegue al lugar donde está Orión. 

4 comentarios :

  1. Cuánta fuerza y amor. Un abrazo enorme, Annie, y mucho ánimo.

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  2. "Aquí seguimos, las nietas de las brujas".
    Y menos mal.

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