27 octubre 2014

La última heredera

Laurel Long
He aquí viniendo por los senderos trillados de fiebre lenta 
el tiempo de las grandes mudas nocturnas 
del terciopelo y de las lúcidas encantaciones
Gui Rosey

Cada vez soy más consciente de que toda yo es el resultado de una sucesión infinita, de una constante cadena de partos y crianzas y muertes y otra vez partos y crianzas y muertes, y yendo atrás y más atrás en esta línea sin horizontes tengo la certeza de que llegaré en algún momento a la antepasada; a la mujer que debí ser yo de haberme extraviado en el tiempo; a quien, portadora de mi sangre, no podría ser sino una Bovary o una Ana Karenina -oscuro designo, tobillos livianos-; una mujer cuyo único cometido fuera bailar.
Le pediría un cambio de papeles. Le explicaría: he nacido para la mística y la música.
Y ella reiría.
Con su risa ruda y transparente -mi misma risa de desvergüenza-.
Y contestaría: márchate, augurio.
*
A mamá le duele el vientre, a mamá le duele el hueso, a mamá le duele el dolor que nada en el mundo es capaz de aliviar, ni su esposo, ni sus hijas, ni su labor más que cumplida, ¿a qué encomendarse entonces?
Al silencio de los astros. A la promesa de santidad.
Madre tras madre, siglo tras siglo.
*
Todas esas danzas, todas esas mujeres, y yo la última heredera. 

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