26 agosto 2014

Agosto de pestañas y estrellas

Tracey Emin
Desde que estás aquí
es la historia
quien nos escribe.
*
Así pues, me dejo llevar. Me dejo bocetar por la pluma infatigable del azar. Permito que mis pasos vayan por delante de mis zapatos. Y te hablo y te escribo y te canto. Y te suplico sobre todo. Dime que soy tu himno nacional. Dime que soy tu manzana caída. Dime que no dejarás de observarme -aunque te arranquen los ojos házmelos llegar como la joven Lucía hizo con su amado-. Repítemelo hasta que me duerma. 
*
Todo lo que he reaprendido en verano:
A conservar -y dejar ir.
A rendirme -y a blandir la espada.
A perdonar -y fiarse a la conciencia.
A negarme a.
A aceptarme sin.
*
Éste será para siempre el agosto de los deseos, sea cual sea su materia prima. Hidrógeno. Queratina.
*
Por la primera pestaña caída pedí el fin del desequilibrio.
Por la segunda pedí un futuro claro.
Por la tercera pedí una red, una red de amor que sobreviva a través del tiempo para sustentarme, no estás sola, todos lo estamos pero tú no más que los demás.
Por la cuarta pestaña y la quinta y todas las lágrimas de luz que logré robarle a San Lorenzo, soplé un único deseo, y ese deseo tiene tus ojos.
(play)

01 agosto 2014

Roma y otras luces: niente può fermare un colpo di fulmine

 
 
 
 
 
 
 
 
 
Ciego, ¿a qué?
No a la luz:
a la vida.
Ángel González
Es la primera vez que vuelo sola, le digo al chico de la aduana. Es la primera vez que redescubro las nubes sin compañía. Pero es el mismo mar, me repito a mí misma. El mismo azul bajo mis ojos. Seguirás estando en casa al otro lado de este mar. Y descubro que así es. Que me pertenece también la otra orilla. La otra familia de brazos anchos y extendidos hacia mí. Caterina me abraza, Raimondo me abraza, Giulia me abraza sin conocernos. Un gran abismo nos divide pero este abrazo es indisoluble.

II
Pero las madres también odian. No tardo en averiguarlo. En la indiferencia postrada ante el televisor. En los billetes raudos como flechas que se deslizan mano a mano. Giulia agradece, Giulia sonríe, ¿Giulia es feliz? No sabría decirlo. Yo nunca podré tener hijos. No tengo la fuerza, no tengo el coraje, no tengo paciencia -ni la más mínima-. O quizá eso se incube al mismo tiempo. Junto al hijo, durante el hijo. Quizá eso florezca en la placenta o se aferre al cordón umbilical. El martirio. La santidad. Una madre no tiene tiempo para sí, dice Caterina. Una madre sólo piensa en nutrir al cachorro. Y está en lo cierto.

III
Pero los niños también saben. El engaño es inútil cuando prima la voluntad: Giulia no come, Giulia no calla, Giulia no quiere bañarse. La negociación es imposible. Nadie mejor que un niño para dar ejemplo de firmeza. Crecer es, entonces, ¿aprender a moldearse? ¿Aprender a rendirse? Diría que sí. 

IV.
Y yo que temía por la comida vuelvo a conocer el hambre en mi cuerpo menguante, en mi lengua arenosa. Y yo que temía por la tristeza vuelvo a conocer la lágrima. A escuchar la voz de la madre -esta vez la mía y verdadera-. ¿Dónde estás? ¿Qué te ocurre?

IV
Pero peleo. Esta vez sí. Esta vez lo he conseguido. Llámenlo vuelta a la infancia o terapia ocupacional. Jugar a los bolos y a la scopa. Leer a Ángel González. Montar a caballo y en bicicleta. Quitarme las sandalias, aventurarme a correr. Gritar de alegría al vencer en la feria. Qué sencillo. Qué al alcance de todas las manos, Enfermedad. ¿Quién iba a decirlo? Qué deprisa te consumes.

V
Roma me recibe vestida de acero y de lluvia. Sola y sin mapas, del Pincio al Trastevere, paseo sin perderme y sin hallarme. Paseo por inercia y sin sentidos. Conozco a Virginia, a Celia... no son personas o procedencias. Son la ilusión, el resplandor de una vida recién estrenada. Ahora también la mía lo es. 

VI
Soy la enemiga de la noche. Despierto cubierta de heridas de guerra que rasco furiosa hasta sangrar. Paso el mes cubierta de tiritas y coleccionando hematomas. ¿Qué te ha pasado?, preguntan todos. Y me acarician el violeta y el rojizo con aprensión. Yo frunzo los labios vehementemente, ¡no podéis imaginar el dolor! ¡no podéis imaginar la angustia de ser atacada en mi propia cama! 

VII
Mis mañanas son el sudor y el rumor de la aspiradora; mis tardes son el sudor y el ruido de los platos sucios; mis noches son todavía el sudor y el susurro contra la almohada. En voz baja le inculco a Giulia el poder de la fantasía. Hago de ella una creyente y le encomiendo: nunca olvides. Las hadas. La magia. La posibilidad del prodigio. Lo primero que lamento al poner un pie fuera de Roma es abandonar a su suerte la inocencia de una niña -exponerla sin salvavidas al tifón de un mundo sin fe-. El último día lloro un poco y lo hago por la infancia sin amparo.

VIII
(he pedido que sólo me observen los blancos ojos de las estatuas y no esos iris mezquinos, oscuros, que me violan bajo el camisón. he pedido que cualquier tacto en mis caderas sea coincidencia y no una agresión de ese hombre raído que intenta cobrar su juventud. cierro mi habitación con llave y me instigo a aprender: los hombres son crueles.
pero no lo delataré pues conozco el castigo que el tiempo depara a los débiles de corazón. yo sólo me voy, lo esquivo y me voy en mi gran pájaro de aluminio.)

X
Pero no hay lamento que dure al pisar la tierra del sol inmortal. Desciendo del avión y celebro lo conocido: la pesada humedad, el balanceo de las palmeras datileras, la súbita pequeñez de las cosas. La grandiosidad ha sido tragada por un ocaso con el que Roma, ni siquiera tú, podrías competir.

XI
Cómo explicar a Giulia, a Caterina y a la propia Roma, que las he amado.
Cómo explicar que, a pesar de todo, siempre reclamaré el regreso.