20 mayo 2014

El pecho de mi madre diosa es un camino de estrellas

Gygrazok
Para ser feliz e infeliz:
un rincón modesto
en el que las estrellas den las buenas noches
y hacia el que parpadeen
sin mayor significado.
Wislawa Szymborska

Leer a Wislawa Szymborska es desvestir a mi madre diosa. Es leer todas las preguntas fundamentales en un solo libro, un libro brevísimo, hermoso, carente de respuestas. ¿Para qué leer, entonces, si no para resolver el enigma? Se me ocurre un motivo mejor: leer para congraciarnos con sus dudas y sus imágenes. Leer como quienes veneran la naturaleza: asistiendo a una eternidad inmutable pero tan bella que es imposible relegarla a un segundo plano. 
Mi afición a mirar estrellas se remonta años y años. Eso lo sabe cualquiera que me haya llevado de copiloto -cuántas veces intenté comprar un pasaje a las afueras, a algún lugar elevado en el que tumbarme y escudriñar-. Que me pregunten por una pasión, por un lugar, por un instante: todos tienen en común la oscuridad y su brillante corona. El cielo y yo, un culto secreto, un fiel escenario de mi historia -cristales empañados, ladridos, olas rompiéndose en la proa, una niña a punto de dormirse-. El cielo y yo, un mar de tiniebla bajo el que sangré por primera vez, besé por primera vez, bebí y celebré Lughnasadh.  
Así que escribo un poema a mi madre diosa del cielo -que no es mi madre carnal- -que no es mi madre terrena-; un poema que intenta abarcar todas las oraciones del mundo, todas las leyendas y las tradiciones que han sobrevivido ocultas. Le digo Gaia / tu mandato / penetra en mis oídos / como el seno / incontenible de las caracolas. Le digo Gaia / devuélveme al núcleo / de la vida / aléjame pronto / de este acontecer cansado / que obstinado / se abraza al mundo.
(play)

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