25 mayo 2014

Y yo le dije: en ocasiones perdono.

Dara Scully
Y si vamos a ser amables, que sea por simple generosidad, no por sentirnos culpables o temer las represalias.
J. M. Coetzee

Y yo le dije: en ocasiones me ordeno controlar mis flaquezas. Me digo: controla la prisa. Controla el redoble y la pereza. Controla la fragilidad. Controla la risa inapropiada. Controla las respuestas si son dagas. Controla las fugas de fe. Controla la concepción del odio, el tránsito y el destino del odio. Controla todo deseo exponencial. Controla el dolor de la vieja herida. Controla la ingenuidad que crees extinta en tu alma cetrina, pero que sigue latiendo, resurgiendo ante cualquier contacto humano. Controla la mente, pues es tramposa. Controla la soledad. Controla el cuerpo, pues será quien te empuje hacia la tumba.
Y también le dije: en ocasiones perdono. Hago míos los defectos ajenos. En secreto arrojo sal en sus lechos y los protejo de todo mal. En secreto tomo sus pecados y los transformo en cálidos cirios. Recelo del padre: te perdono. Ira de la madre: te perdono. Frialdad de la hermana: te perdono. Violencia del hombre: te perdono. Os perdono porque os amo, ¿entendéis? Os perdono porque os quiero habitando la luz eternamente.

20 mayo 2014

El pecho de mi madre diosa es un camino de estrellas

Gygrazok
Para ser feliz e infeliz:
un rincón modesto
en el que las estrellas den las buenas noches
y hacia el que parpadeen
sin mayor significado.
Wislawa Szymborska

Leer a Wislawa Szymborska es desvestir a mi madre diosa. Es leer todas las preguntas fundamentales en un solo libro, un libro brevísimo, hermoso, carente de respuestas. ¿Para qué leer, entonces, si no para resolver el enigma? Se me ocurre un motivo mejor: leer para congraciarnos con sus dudas y sus imágenes. Leer como quienes veneran la naturaleza: asistiendo a una eternidad inmutable pero tan bella que es imposible relegarla a un segundo plano. 
Mi afición a mirar estrellas se remonta años y años. Eso lo sabe cualquiera que me haya llevado de copiloto -cuántas veces intenté comprar un pasaje a las afueras, a algún lugar elevado en el que tumbarme y escudriñar-. Que me pregunten por una pasión, por un lugar, por un instante: todos tienen en común la oscuridad y su brillante corona. El cielo y yo, un culto secreto, un fiel escenario de mi historia -cristales empañados, ladridos, olas rompiéndose en la proa, una niña a punto de dormirse-. El cielo y yo, un mar de tiniebla bajo el que sangré por primera vez, besé por primera vez, bebí y celebré Lughnasadh.  
Así que escribo un poema a mi madre diosa del cielo -que no es mi madre carnal- -que no es mi madre terrena-; un poema que intenta abarcar todas las oraciones del mundo, todas las leyendas y las tradiciones que han sobrevivido ocultas. Le digo Gaia / tu mandato / penetra en mis oídos / como el seno / incontenible de las caracolas. Le digo Gaia / devuélveme al núcleo / de la vida / aléjame pronto / de este acontecer cansado / que obstinado / se abraza al mundo.
(play)

11 mayo 2014

El corazón está más arriba

Escuchó aquella extraña voz impersonal que reconocía como propia, insistiendo en la soledad del alma, incurable. Es imposible la entrega, decía la voz: uno se pertenece a sí mismo.
James Joyce

Estoy demasiado acalorada para escribir en cualquier superficie que no sea: piel mojada, piel marmórea, piel finísima y candente. Estoy demasiado rendida para admitir a trámite otra trampa, otra traviesa tentativa. Éste cuarto es el infierno. Y no se puede engañar al diablo. ¿Vas a volver a intentarlo? ¿Estás seguro? Recuerda bien. Recuerda el primer mordisco. Por siempre sellado en tu cuello firme. Recuerda el primer zarpazo. Tus restos hincados bajo mis uñas. Conservados como sagradas reliquias. Recuerda, ah, las primeras conquistas. Pechos-pelvis-corazón. Pero el corazón está más arriba. Más al norte del fiero instinto que insistes en desvelar. Mi nula respuesta a las caricias. Mi sexo eternamente dormido. Quizá al cuerpo ya nada le queda por entregarme -exprimí tan rápido la savia nueva, el encarnado néctar del placer-. Quizá mi patria sea el espíritu.
(play)

04 mayo 2014

Perdidos

Pelayo Zurrón
¿Y qué nos asegura la soledad de una isla? ¿Y qué nos asegura la certeza de la vida? Una idea. Sólo una idea. Una idea preconcebida, perpetuada en nuestra ignorancia; una idea quizás errónea. Nada garantiza nada. Ni siquiera la existencia es rotunda. No hay mayor despropósito que el de una afirmación -ni afirmación más verídica que la de nuestra ceguera-. ¿Qué nos asegura la honestidad del náufrago, que es el primero en matar la ley? ¿Qué nos asegura la inocencia del animal, cuya culpa viene inscrita en su instinto? ¿Qué nos asegura dueños de nosotros mismos y no medios, fines, efectos, puestos en manos desconocidas? Me yergo sobre mi peñasco, enfrentando un océano infinito. Yo contra todas las dudas. Yo contra todas las mareas. Las preguntas seguirán arremetiendo en forma de olas, en forma de monstruos y tempestades, pero no me ahogarán con ellas. Esta vez estoy a salvo.
(play)