13 diciembre 2013

La mujer que se corrompe

Charles Sprague Pierce
Cuando veo una pareja discutir en televisión siempre digo: somos nosotros. Aunque en realidad nunca discutamos. Aunque en realidad sólo yo discuta -yo contra la manía, yo contra el silencio; qué tendrá en su composición que me confina a una sola partícula-. Cuando leo a una mujer casada que reclama el sueño prometido, siempre pienso: ésa soy yo. Aunque el único papel que nos una sea el del primer poema.
Lloro al leer La mujer rota, me ves y no dices nada. El silencio será nuestro sarcófago. Lo fue desde que decidiste enterrar tu dolor y sedar el mío; al revés no era posible. Pero llegará el hastío y también la rabia, ya lo intuyes, comprendes, lamentas, y a pesar de todo permaneces. El silencio será tu fusta. ¿Ya has aprendido a usarla? Qué haces ahí parado: acércate. Qué haces ahí callado: aséstame el golpe.
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Sé muy bien cómo acaba esta historia: donde empezó.
En una ola.
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Siempre sigo la misma corriente, siempre muerdo el mismo gusano, siempre me arrastra la misma red, siempre me pesca la misma pereza. Tienes que sortearla, le ordeno a mis manos, a mi parálisis le digo: ten valor. La pereza no es más que una rendición precoz. Retoma las armas. Vuelve al frente.
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La juventud y eso que los italianos designan con una palabra tan bella: stamina. La savia, el fuego que permite amar y crear. Cuando has perdido eso, lo has perdido todo.
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La pereza huele a edad y la edad huele a entraña. No me repares: embalsámame. Porque no soy la mujer rota sino la mujer que se corrompe. Año en descomposición ojos huecos. La juventud la semilla la vejez el fruto.
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Yo debería estar escribiendo todo antes de que gire la rueda.

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