24 noviembre 2013

Volver al bosque

Pero quién no ha suplicado ser devuelto al bosque al que perteneció en algún momento. Quién no ha cantado a la pureza cercenada de nuestras corazones; tan preciada, tan pobremente reemplazada por señuelos. Los cables, los tejidos. Los muros, los nuevos dioses. Quién no ha llamado a la guerra a sus más bajos instintos, alzándolos como banderas, ondeándolos contra lo inútil y artificioso de nuestras vidas. Es preciso quitarse las gafas y discernir cuanto está a nuestro alcance. No más limosnas del progreso, no las necesitamos. No nosotros, los sanos –y aún así, los auténticos ciegos–. Nuestra vista serán nuestros ojos. Nuestra fuerza, nuestros brazos. No el vidrio domesticado, no el rumoroso baile de las máquinas. Los altavoces no escuchan, tampoco los libros contienen saber. No más que el que podría enseñarte el mundo en una mirada.
Dejé de leer al oír la secuencia de sus pasos acercándose. Cerré rápidamente el cuaderno y lo deposité en el escritorio, en el mismo instante en que apareció en la puerta. Ruborizándome, comencé a balbucear una excusa, pero ella aparentaba no haber visto nada y ni siquiera parecía oírme.
–La cena está lista –anunció simplemente.
Y continuación recorrió el cuarto con su vívida mirada gris. No pareció reparar en mi nerviosismo y tampoco en su diario, que, sobre la mesa, acusaba a gritos mi crimen. Cuando se acercó, me di cuenta de que su recogido de trenzas se había desgreñado, y me pregunté si habría sido Noel el culpable. Si habría deslizado sus largos dedos en su nuca, hasta lograr que su peinado se deshiciera en remolinos.
–No te ha durado mucho –le dije, tocando una de las trenzas. Mis mejillas aún ardían.
–Noel es incapaz de mantener las manos en los bolsillos.
–Lo dices como si fuera algo malo.
Sonreía, pero había una nota de aspereza en su voz. También su semblante se había oscurecido por un segundo. Había ocurrido otras veces. De pronto, la expresión de Mandy se hacía eco de una emoción desconocida, cuya huella estaba seguro de no haber visto jamás en nadie. Aquella sombra desaparecía casi al instante, pero no era, en ningún caso, algo fácil de olvidar. La primera vez le había preguntado si ocurría algo, pero ante su negativa y su interés en reanudar de inmediato la charla pasé por alto el incidente. Probablemente algo había cruzado sus pensamientos –quizá un recuerdo desagradable–, y eso era todo. Pero conforme pasaban las semanas y la compañía de Mandy se hacía constante, había visto en más ocasiones florecer esa mueca de angustia, reflejo tal vez de una angustia auténtica; una mueca que me causaba un profundo desconcierto. Le había preguntado a Noel la razón de aquellas escenas, y su respuesta había sido predeciblemente despreocupada.
–No sé, no sé. No te lo tomes a mal. No es nada personal. Ella es un poco rara.
No, Noel nunca sabía. Era su principal alegato y era fácil creerlo. En lo relativo a Mandy, todas sus respuestas eran imprecisas, y a veces sentí el deseo de zarandearlo hasta hacerlo hablar y confesar de viva voz todos sus secretos. Y lo hubiera hecho, de no ser porque una parte de mí intuía que tampoco él tenía idea de cuál era la respuesta. La inocencia de Noel, apenas mermada por el curso de los años, era a la vez el obstáculo que los separaba, que trazaba entre ambos una frontera indisoluble. Había elegido seguir preso de su propio amor, obstinado y ciego, para mantenerse a salvo. No hubiera sido capaz de encarar su propia ignorancia, respecto a ella, respecto a todo. La placidez del día a día era un buen precio a pagar por no saber quién era ella, ni qué ansiaba, ni qué era aquello que tenía el poder de frenar en seco sus discursos, contrayendo su rostro del mismo modo en que lo haría un dolor lacerante, abortando el rumbo de todo lo que estuviera aconteciendo.
[...]

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