12 octubre 2013

El lugar donde van a morir las crisálidas


It’s a long climb / up the rock face
at the wrong time / to the right place.
Nabokov

                  –Dime, Cora. ¿Por qué te niegas a crecer?
               Cora se mostró asombrada.
               –¿Por qué da por hecho que es así?
               –Tienes quince años y aún no te ha llegado el día. Tu cuerpo no se desarrolla al ritmo habitual, pero eso no es lo importante, al fin y al cabo. Muchas mujeres pasan sus años encerradas en cuerpos de niñas, pero alcanzan la vejez en sus corazones. Sin embargo, tú... –Pe se detiene y la mira con intensidad.
               «Tú no has sangrado ni por fuera ni por dentro. Eso no es, por supuesto, tu culpa. Después de todo no sabes de lo que estoy hablando, pero, como ya te he dicho, lo irás aprendiendo. Despacio. Eres tan ajena a lo que te ocurre. Puedes suponerlo, pero lo ignoras. En realidad todos lo ignoramos. Hay demasiados rincones de nosotros que no alcanzamos; rincones que albergan esencias, fuerzas que nos impulsan al movimiento o a la quietud. Algo en tu interior no tiene nombre y se resiste al paso del tiempo. Eso es obvio; de lo contrario no estarías aquí».
                –Y, ¿qué es ese algo? –musitó Cora–. ¿Algo mental? ¿Un alma?
               –¿Qué diferencia hay entre una cosa y la otra? Buscamos la localización del alma como si dispusiera de un cuarto propio; cómo si nuestra naturaleza estuviera compartimentada y a cada estante correspondiera una cosa. Un gen, una esencia. ¿Y si el alma se encuentra en cada una de nuestras microscópicas divisiones? No como algo mesurable, delimitable en un sitio fijo; sino como algo ubicuo, algo que empapa. Un perfume que se adhiere a cada partícula de nuestro ser. ¿Nunca se te ha ocurrido? Claro que no, eres demasiado joven. Pero pensarás sobre ello, verás.

[...]

            «He de crecer y convertirme. Es triste, pero inevitable. Por eso mamá, en mis cumpleaños, se toca la barriga sin darse cuenta, y por eso papá se enfada cuando me salto el toque de queda. No quieren que me haga adulta porque ser adulto es tan terrible como imposible de evadir.»

[...]

               Una vez en las lindes del bosque, se adentraron en él por el sendero. Los helechos formaban arbustos que entorpecían su paso, y los troncos, imponentes, nudosos, se alineaban regios como columnas. De pronto, Perséfone se paró y, con un ademán sigiloso, señaló hacia arriba.
               Eran mariposas. Pardas, anaranjadas, amarillentas, de todos los tonos que invocaban a la calidez del verano. Posadas en las ramas o aleteando en dirección a la copa del árbol, donde las hojas cada vez eran menos y dejaban traslucir la luna.
              –Son hermosas, ¿verdad? Un milagro. Al principio un simple huevo y al final... observadas, capturadas, perseguidas, retratadas. La mariposa es un animal frágil, pero digno de fascinación. Se hace a sí misma desde el principio, y eso le otorga otro tipo de fuerza.
               Algunas revolotearon en torno a ellas, pero sin llegar a tocarlas. Permanecieron sobre sus cabezas, trazando extrañas figuras con su vuelo.
               –Nuestra metamorfosis es más difícil –dijo Pe con amargura–. Nos negamos a aceptar que todo lo que comienza, termina. Completar el ciclo en el que nacemos sin remedio. Todo es un círculo y somos la única especie que se empeña en romperlo. Engañar a la edad, eludir la muerte. Para qué.
               El resentimiento en su voz habló por sí sólo. Le habló a Cora de algo que su dueña nunca iba a contarle. Que no era sólo sabiduría lo que atesoraban sus palabras, sino algo más profundo e hiriente que tenía que ver con ella, con su condición de humana, con su condición de mujer, con su condición de ser sometido a la naturaleza. Con respeto contempló a su mentora, diminuta en comparación con el árbol, ensimismada en la admiración y envidia de aquellas etéreas, diminutas, criaturas. Y, finalmente, comprendió.
               Permanecieron largo rato en pie, con la vista vuelta hacia el cielo. En una rama elevada que no alcanzaban a ver, una crisálida dormía. Escondida, retirada del mundo, solitaria en su hogar pasajero. Llegando a su fin.
(fragmentos de mi relato El lugar donde van a morir las crisálidas)

Yayoi Kusama   

4 comentarios :

  1. Annie ¿qué me haces? Cada vez que te leo es como... Es. Es especial. Tú eres especial. Haces que me pique el corazón; y encima, releo y se me agita un poco más. Me gusta mucho, y me gustaría leer el relato completo. Ser adulto, y esto me lo digo a mí misma muchas veces, es convertirse en un ser responsable; todo pesa más, eres más consciente de todo, o menos inconsciente según qué; deseas volver a ser como antes pero es tarde porque impulsivamente tiras de ti hacia delante. Creces porque sí, porque tienes que hacerlo; no como antes que no te dabas cuenta del cambio. El chiste es que al final se vuelve natural, mecánico, ritual.
    Lo dicho, ¿leerte? Un placer para los sentidos.

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    1. De un tiempo esta parte no puedo evitar escribir sobre el crecimiento, la primera madurez y el dolor que conlleva. Ay, y es un inmenso honor que tú, en concreto tú, disfrutes con mis escritos, pues sé lo crítica que eres. Muchisísimas gracias por pasarte por aquí, Mont, por leerme y sobre todo por disfrutar con ello.

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  2. Maravilloso y mágico de principio a fin. ¡Un besazo enorme!

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