23 septiembre 2013

Dejarte entrar

Déjame entrar (2008)
               Porque los hay que utilizan las camas para enredarse o incendiarse como gasolina, en rápida quema. Y los hay como yo, que dilatan el tiempo, que esquivan la mano y tientan la palabra, casi siempre hilvanándola, tejiéndola, para dar forma a un interrogante.
           Si supieras que se ve desde mi lado, desde mi lado del colchón, mi extremo de la cuerda, mi rincón de la jaula, mi orilla del charco; si te asomaras al borde de mis ojos, a la húmeda curva que son mis pestañas tras cada recuerdo... si presenciaras la isla que no confieso, saboreando el veneno que no escupo, temblando el seísmo que me envuelve cuando estás muy lejos y yo asustada... ¿me conocerías?
             Me dices: no te hagas tantas preguntas.
             Y yo me callo, por supuesto. Pero la procesión va por dentro y la duda persiste y se desdobla. Si supieras quién soy, levantando el velo, desnudando el disfraz, desmontando el muro; si supieras quién soy tras estos labios sin color pero con sonrisa más sedosa y polvorienta que el carmín barato; si supieras, si intuyeras quién soy tras los artificios... ¿me amarías del mismo modo?
             He visto Déjame entrar (2008) y pienso que no soy muy diferente de esa niña vampiro. Yo también necesito tus golpes en mi pared; tu código morse llenando mi silencio de idiomas misteriosos. Yo también te muerdo –o deseo morderte–, yo también te he visto retorcerte de dolor y pedirme más. Yo también necesito dejarte entrar, que tomes asiento, que recorras mi interior con tu mirada. Que visites mis ruinas, que hagas equilibrios en mis vigas y en mis telarañas. Que te sientas en casa a pesar de todo.
               No te hagas tantas preguntas. Porque en mí hacen metástasis. Nacen entre mi frente y mi nuca, mi razón y mi sueño, y se multiplican, y se beben mi sangre sorbo a sorbo, plaqueta a plaqueta, motivo a motivo.
               No me conocerías.
               No me amarías.
               No lo harías. Nunca.
                 Porque yo, que sí estoy en mi lado, y sí veo con mis ojos, no lo he conseguido.   

13 septiembre 2013

Barcelona o la tristesa amagada


                Martes: El presagi
               No podía pegar ojo así que tuve que pedírselo.
               –Veamos una película.
               Él ya estaba cansado.
               –Así conciliaré el sueño.
               Él sólo quería dormirse.
          Madrugábamos al día siguiente, qué decir, esa misma noche, saldríamos de la cama aún a oscuras, tiritaríamos hacia la estación, pero accedió porque él siempre accede si sabe que mi noche está en peligro. Así que nos ovillamos abrazados a la almohada, frente a la escena de aquellas flores y aquellas gotas pausadas de sangre, y aquella joven rodeándose de zapatos para cercar su inocencia. Stoker no fue asombrosa, aunque me habían jurado y perjurado de que así sería su final, impactante, inesperado; pero fue tan predecible que ni siquiera suspiré. Será que me he acostumbrado a todo o que ya nada me sorprende.
           En el fondo no importaba. Él se fue después de los créditos y yo me quedé tan sola, persiana a medio abrir, televisor a lo lejos, y pensé: mañana nos vamos. Nos vamos, en realidad hoy.

               Miércoles: La teva eufòria és la meva nostàlgia
          El tren era un glaciar, pero al otro lado de los cristales... el mar. Un mar azul y turbador como los ojos de Stoker, y al verlo yo dije en seguida:
               –Puede que me enamore.
               De Barcelona, sin haberla visto. Como si el mar fuera razón suficiente.
         Lo cierto es que lo seguí pensando al bajar del tren y coger el metro, seguí creyendo que era posible reconciliarme con las urbes, pero entonces algo –¿la voz del metro?– me recordó otros tiempos, quizá no felices pero sí intensos, tiempos de emociones en alza, de llorar en los subterráneos, de ser una entre mil transeúntes. Me esforcé en repetirme: esto es Barcelona, no Madrid, nada tenía que ver con Madrid, que en mi mente siempre será la ciudad del tajo y del vendaje. Aquella era otra ciudad hermosa y esta vez no iba a estropearlo, iba a enamorarme de ella sin excusas, sin cabida para recelos, igual que lo había hecho Él –aunque ni siquiera la había visto de verdad–. Y lo hice, lo prometo, intenté enamorarme de Barcelona desde el primer tramo, los trescientos metros entre Drassanes y nuestro hostal; intenté enamorarme de sus puertas cerradas como ocasiones perdidas; de sus paredes demasiado delgadas, de nuestra cama expuesta a los mosquitos. Y también intenté enamorarme de Él como la primera tarde, cuando me leyó a Pizarnik y yo creí que estaba loco, sólo como podía estarlo la persona que había buscado siempre. Creí que lo había conseguido, enamorarme de todo y de nuevo, tanto que para celebrarlo rompí mi ayuno. Cocina fusión en Salero, la catedral, librería Laie, Carrer Tallers, mis pies heridos. Él pendiente de todo y yo pendiente de su cuello.
               –Tu euforia es mi nostalgia –quisiera haberle dicho.
               (pero por supuesto esas son frases que sólo acuden a posteriori).
               Así que seguimos: el Raval. Ese barrio del que tanto hablan pero que a mí se me antojó desmejorado, mitad campo de refugiados, mitad dimensión emergente de la noche barcelonesa. Pakis de aspecto asustadizo ofreciéndome latas de cerveza y retrocediendo ante mi rechazo. Servesa bíar, y Él se reía. Porque Él se ríe por cualquier cosa, y eso es lo que lo salva, pero allí donde Él ve un chiste yo veo una angustia enmascarada. Pasamos junto a un museo y de pronto los vimos, a I. y a L., tras el cristal de un bar, bebiendo vino. Él se preguntó, que lo sé yo, de qué estarían charlando, de que charlarían otros días, si se parecerían a nosotros... yo me pregunté qué es lo que ansiaban, qué es lo que esperaban, a qué tendrían miedo.
               –Deberías conocerla –me advirtió­ Él.
               Sé que te gustaría conocerla en persona, escucharla hablar como tantas veces la has oído recitar su poesía. Me lo repitió todo el viaje, pero yo me escondí y escapé. Porque donde él ve una escalera, yo sólo veo un precipicio.
              
               (Pero a la noche conocimos a VD, al mismísmo VD, llegó y era inconfundible aunque nunca lo hubiéramos visto, y lo primero que hizo fue reírse de las extranjeras indispuestas por la ginebra en mitad de la Rambla. Esto es la decadencia, dijo. Pero con el tiempo te acostumbras. Llega un momento en el que no ves a los guiris. Están ahí, simplemente, son parte del decorado. Me gusta la forma en la que VD dice la palabra decadencia.
            Nos fuimos a por cerveza y todo fue genial, porque parecía que te habían dado cuerda para charlar y asentir, y VD contaba sus líos, y VD elucubraba sobre editoriales independientes, y todo aquello de lo que sabes tanto pero que a mí empieza a enloquecerme... cuán hermoso es el ser humano cuando es feliz, en concreto tú, que viviste esa noche un sueño a pequeña escala –pero un sueño–: el hablar con alguien que no fuera yo de Hunter S. Thompson, de novelas pulp, de orgías en hoteles... buenas noches, mon chéri. Estoy demasiado cansada)


               Jueves: El parèntesi
          Despertamos y lo primero que hizo fue buscarme entre las sábanas. Qué esperada sorpresa. Me dijo que la noche anterior ponía ojitos de borracha. Eso es que no me ha visto borracha de verdad. Entonces pierdo las pupilas y mis cuencas son aspiradoras y nadie decide acercarse. Beber me convierte en bestia. Ojalá Él nunca lo descubra. Pero el jueves fue tan hermoso, fuimos a Gracia, con sus tiendas hippies y sus librerías y sus esteladas y su olor a barrio incorruptible. Aquello podría ser mi casa, lo supe al pisarlo; sé reconocer un oasis cuando lo veo y aquello lo era, no cabía duda. Fuimos a Grecia en Gracia, donde llenamos el estómago, donde él rechazó las salsas por misteriosas y yo no probé el vino por amargo, y esto mismo se aplica a la realidad: él huye de lo extraño, yo escupo la intensidad.
               Pero el jueves fue tan hermoso.
              

               Viernes: La tristesa que neix
             Mañana. 10:30. Los últimos días parecen llegar antes que los primeros o si no, que se lo digan al viernes que Él inauguró con un lamento cuando bordeábamos la Boquería:
               –Quiero quedarme aquí contigo.
            Y yo contigo, claro que sí. Pero me faltó añadir que no allí, porque aquel ruido no es el mío, porque no pertenezco a calles tan exultantes y recurridas. Una vez tuve esperanza en ser la hija adoptiva de una ciudad así, hostil, pero ya no, nunca más, no a la fuerza.
               Tarde. Llegaron las chicas, y yo me olvidé del ruido. La alegría se hizo presente en todas, estaba la poeta, estaba la actriz, estaba también yo, con mi corona de flores, y como no sabíamos dónde ir acabamos en un bar, el destino de los indecisos. Y entre cervezas y Coca-Cola, un camarero chistando y la MTV, hablamos de tantas cosas y de ninguna a la vez. Les conté mi historia y ellas escucharon, y eso debería bastarme.              
             Continuamos con nuestro viaje, él y yo solos, otra vez. CCCB, expo de Pasolini. La tristeza nació ahí. Tras las vitrinas, tras los manuscritos velados, las pantallas parpadeantes y la voz cavernosa sentenciando: vivo nel volere / del tramontato dopoguerra / amando il mondo che odio. La tristeza nació ahí, resurgió de las cenizas de Gramsci mientras Él me susurraba t’estime. Contemplamos soñolientos las fotografías del artista. Yo sé, había enunciado en vida. Yo sé, me repetí yo, en aquella aséptica galería, que mi infelicidad es injusta. Yo sé que deberías castigarme por no saber sentirme completa.
          Más tarde, las alturas. Anochecer sobre Barcelona, nuestro palco es una undécima planta. Y sé que se supone que ya habíamos huido, pero en ese instante quise más. Quise huir más allá. Quise huir de mi propia huida.
             Noche. Yo sé también que quería desvestirte bajo la Sagrada Familia pintada sobre nuestra almohada, pero no pudo ser. Más allá de medianoche llegó de nuevo VD, recién salido del cine, lo insinuaba su par de gafas. Trajo además a una chica que me resultaba familiar, ¿dónde la había visto antes? No tardamos en desvelar el enigma. Ella era un todoterreno de los que suelen intimidarme, de las que saben mucho y escriben mucho y dibujan mucho, y yo... no supe bien cómo describirme. Dije escribo con vacilación, ciertamente mintiendo: me sentí un fraude. Bebí, escuché y callé. Él parecía tan feliz moviéndose en su propio elemento; yo tuve que aprender a nadar. Mencioné, cómo no, a las suicidas y negué la opción de juzgar el burka desde el rígido prisma occidental. En eso consistió mi tarea. En apuntar con entusiasmo, en desplegar mi abanico de datos y oportunas referencias; no más. Fui una geisha dejando entrever su finísima muñeca en el acto de servir el té. Pero no fue tan mal, ¿verdad? Robamos dos libros, compramos bíar a otro paki de las esquinas y acabamos en su piso, el mismísimo piso de VD. Y allí, acorralados por un bastión de tecnología Apple y mercado editorial, quién no iba a perdonar al enemigo. Tú moviste los dedos al ritmo de la música electrónica y yo asumí la presencia de bolsitas de cocaína, en algún cajón, en algún cuarto. Demasiado cerca.  

               (02:40. La reunión se está acabando. Habláis de Donald Ray Pollock, no hay nada más sórdido que ese tío, asegura VD con calor. Me gusta la forma en la que VD dice la palabra sórdido. Me arrastro hacia el baño; no tiene pestillo y yo me pregunto cómo será emborracharse aquí, vomitar aquí, mirarse aquí en este espejo brillante que me distorsiona. Será la noche o seré yo sin control sobre mis sentidos. Pienso en este baño como en el baño de un club, y eso me lleva a mi cada vez más susceptible existencia, en la que todo lo que no es mi casa –sí, ésa que no he encontrado– ha pasado a parecerme sucio y potencialmente infeccioso.)
              

              Sábado: La tristesa amagada
       Regresábamos. Unos momentos antes de que el tren se detuviera y bajaras en tu parada correspondiente, reuní valor para confesarlo.
               –No te vayas, por favor.
         Era un aullido, no un ruego. Una llamada de auxilio, no una confesión. No trataba de instarte egoístamente a que te quedaras. Encerraba una amenaza implícita, involuntaria y desesperada: si te vas en este momento, lo juro, abro la puerta del vagón y me arrojo a las vías. Ése era el verdadero significado; sonreíste y pareciste comprenderlo. Pero sé que no lo hacías. Porque aún hablas de la tristeza como si fuera algo que un día se marcha y en realidad nunca lo hace, no se marcha, tan sólo se esconde. En los amaneceres claros que aventuran tiempos mejores, ahí s'amaga la tristesa, esperando su oportunidad.