27 agosto 2013

La semana que fue amor y asfixia, y melancolía, y de nuevo amor


           Lunes: Yo no debería estar hablando de mí ni de nadie que exista sobre el mundo, yo debería ser el puñal que no duerme apuntando a todos con su filo pero aquí estoy, mansa cuchara, pensando en un verano que gotea, desbordándose, manchando el mantel de señas oscuras. Yo no debería estar contando más historia que una ficticia pero como siempre regreso a mí, me examino, vuelvo a detestarme. No comas, le digo a la curva que en el espejo es más y más grande, o bien come la mitad del plato y ni un solo bocado más.  
               Martes: Empiezo a leer Asfixia (Palahniuk) la misma noche en que S. renuncia a una parte de sí misma y no deja de ser irónico, pues Asfixia y su Victor Mancini son todo sexo sucio. Sin veladuras. Sin entremeses. No en camas sino en establos, cuartos de baño e incluso el altar. No con labios sino con saliva, no con pollas, coños, sino con sudor, semen y sangre. Las tres S del día de S. No deja de ser irónico, realmente. Que lo sucio sea lo que fluye, lo que brota y llega desde el interior. El continente que el contenido, la sustancia que el recipiente. Lo repugnante son los líquidos gestados en nuestros propios órganos, lo repugnante es olerlos, lamerlos, pero, ¿y los manantiales? Nacidos del seno de la montaña y conservando, aún así, su pureza. A ellos nos dirigimos, bocas abiertas, deseosos de probarlo... y, en cambio, el cuerpo. Qué pudor. Qué sospecha. Hacía tiempo que una novela no me atrapaba tan por completo. Leo hasta que la oscuridad me traga junto con todos los muebles; la única forma de que me escupa es llamarle. Tragar o escupir, he aquí la cuestión, se diría una Ofelia del 2013. La única solución es llamarle, rugirle, que hablemos del cuerpo y también de amor, de todo lo que haremos cuando dejemos de hacer lo que estamos haciendo, si alguna vez, P... bonne nuit, mon trésor.  
               Miércoles: Pues ya está hecho, dice S., como quien dice que ya ha cumplido con un deber o una esperanza, y yo quisiera corregirle, gritarle: ¡en realidad hay opción! aún existen personas que aman y se buscan a ciegas entre las corrientes; pero ella se dejó llevar por la suya y ahora vuela sola, el viento le despeina su melena satinada, y yo soy la hermana que calla y dejo que mate sus propios sueños. Pero qué son los sueños, ¿lo sabe realmente? ¿Alguna vez dejó una casa? ¿Lloró en un tren, durmió en un suelo?  
               Jueves: Paseo al gato porque aúlla y araña la madera=paseo al gato porque es libre. Nosotros lo negamos –les damos el cuenco y la manta, mas les cerramos las puertas– pero ahí está su llanto en mitad de la noche, afilándose cual millar de uñas rasguñando una pizarra. Él mastica césped, escala palmeras, muerde el polvo; yo husmeo las cenas de los demás mientras atardece, y mi vientre vacío...  El aroma del verano es el aroma del alimento incubándose en las casas bajas, en las calles amplias e invadidas de niños semidesnudos, correteando tras la pelota, arrastrando los pies con fatiga... pero mi vientre resiste su ataque, preserva su paz, su sólido ayuno. Yo comeré arroz como los monjes nepalíes, y hoy no me (ll)amarás y esa pequeña ausencia me hará odiar todo. Y es que en cuanto me faltas, odio.
               Viernes: Veo la película que todos tachan de trampa y cartón y entiendo por qué Von Trier llama Melancolía a su planeta asesino. Y es que la Melancolía emprende el mismo viaje macabro en la vida real. Se nos aparece en el horizonte, tan hermosa y blanquecina, para ser admirada, temida, sufrida, para impregnarnos con sus matices; luego desaparece y nos aliviamos, ya ha pasado, nos decimos ingenuos, dormimos tranquilos, todo irá bien, clichés paliativos, pero regresa. Haciéndose más y más grande, sacrificándonos en la colisióm. Por mucho que apriete los dedos en torno a aquello que creo seguro, la Melancolía acabará conmigo. Casi lo hizo una vez, y aún a solas me visto de novia y la carne me sabe a ceniza.
               Sábado: Hay rituales que no exigen velas ni buscan la luna en el calendario y son las noches junto al mar, las canciones eternas, las voces amigas. Hay drogas que no se comercializan pero son igual de recurridas, hablo no de la cerveza y los buitres, las empanadillas de siempre, los cigarrillos más baratos, Zero Assoluto y la confesión. Hablo de LTSA y sus efectos secundarios: una cree viajar en el tiempo hacia cuando era inocente, y no hay bad trip pero tampoco salida. Al día siguiente despiertas y tu dosis se ha evaporado pero la sensación, oh, la sensación, la evocarás durante meses, la perseguirás en otras noches, some dance to remember, some dance to forget.    
               Domingo: La vuelta no es vuelta sin las píldoras. Y después... las curvas. Los viveros. El desierto. El hogar. Nací en mitad de una tierra yerma en la que inexplicablemente crece vida. Nací en un cactus de espinas temblorosas en el que a veces despuntan floresMi vida ha sido una sed de largo recorrido.
                Tú llegaste a tiempo de regarla, como yo nunca llego a tus trenes. Deshago las maletas. Me quedo sin ropa. El agua del baño está tan fría que me deja sin aliento. Como Víctor Mancini a punto de correrse. Como Melancolía a punto de estrellarse. Estoy lista para el golpe, me repito entre la espuma. El tren de las cinco y media. Estaré allí, cielo, esta vez sí.

Melancolía (2011)