29 julio 2013

Vivo, luego escribo

'Mucha gente vive durante toda su vida con la ropa puesta, y no se la pueden quitar aunque así lo quieran. Y luego están los que no se la pueden poner. Ellos son los únicos que viven su vida no sólo como personas, sino también como personas ejemplares. Están predestinados a exponer hasta la más mínima parte de ellos mismos para que los demás podamos entender lo que significa ser humano.'
Así habla Sheila Heti en Cómo debería ser una persona, publicada hace poco en España por la editorial Alpha Decay. La novela trata, como muchas otras, de la relación entre el arte y la vida, del dilema de crear y ser persona sin previo manual de instrucciones. Y es que para el artista, frecuentemente, trabajar y vivir son inseparables y se entrelazan de tal forma que a menudo se confunden. Supe de este libro a tiempo para robarle el título y reformularlo, resucitando así el rompecabezas al que cualquier aspirante juega a diario: ¿Cómo debería ser un escritor? En este número conoceremos a autores muertos y vivos; algunos consumidos por sus vicios, otros en pie por una causa. Podrían parecer radicalmente distintos y sin embargo tienen algo en común: están en posesión de algo que no se estudia en la universidad. Una visión especial de las cosas y un talento para transmitirla.
Jamie Baldridge
¿Qué fue primero, el huevo o la gallina? ¿La vida o el arte? Yo diría lo primero. Vivo, luego escribo. No hace mucho hablé con alguien sobre la propia vida como recurso de creación literaria. Recuerdo que hizo comentarios que cuestionaban su valor. Defendió que la literatura autobiográfica, a pesar de merecer respeto, no tenía tanto mérito como la ficción pura, en la que lo escrito y lo experimentado no tienen por qué corresponderse. Conectar con un personaje totalmente ajeno a uno mismo, dijo, es una tarea magistral. Exige la empatía necesaria para situarse en un cuerpo que no nos apresa y una mente que no nos domina. No cabe ninguna duda: es de admirar saber mantenerse al margen, escapar a la propia mirada, al velo de parcialidad que ocluye el fluir libre de las palabras. Y a pesar de reconocerlo, no puedo menos que admirar del mismo modo a aquellos que son capaces de rasgarse y contar quienes son, qué buscan o adónde van. Aquellos que exponen a la crítica no sólo aspectos formales, estilo, argumento; sino su identidad y su historia. Porque sí, hay que ser valiente para ponernos en el lugar de lo que desconocemos, pero también para hablar de nosotros y ofrecernos a los demás sin tapujos.
Vivo, luego escribo. Y es que, ¿qué hay más personal que el acto creativo? Tal vez éste no represente un pasaje exacto de nuestra vida, pero sigue teniendo origen en nosotros. Nuestras ideas son arquetípicas. Inevitablemente se deforman, se contaminan, se nublan a causa de las lentes a través de las cuales vemos el mundo. Y aún así, hay escritores puristas que esgrimen argumentos como ‘mi literatura no es personal’, cuando cualquier historia, por ajena que nos resulte, es en su esencia una única historia, la suya y la de todos. Para muchos la magia del arte se sostiene sobre ese principio. Una sola emoción inicial, la misma para todos, que adquiere formas distintas hasta antojarse singular e irrepetible. No importa cuán ficticios sean los personajes y sus actos, el amor siempre será amor y el odio será odio, y aunque los escribamos en boca de otros los hemos conocido en nuestra carne. No importa cuántas bocas invente un autor para pronunciarse: tras ellas siempre se esconde su voz.  

Vivo, luego escribo. El arte puede serlo todo, menos impersonal. Cualquiera no es capaz de crear cualquier cosa. Detrás del escritor hay un individuo con ideas, miedos, pasiones y hazañas. Extraño sería que nada de esto acabara filtrándose en su obra. Y es que, a menudo, los grandes lo son precisamente porque lo permiten. Virginia Woolf, John Fante, Charles Bukowski, Amélie Nothomb... Hoy recuerdo a ese escritor que se abre en canal y se quita la máscara. Rescatar lo que se ha vivido, sentido y errado –con frecuencia coinciden– requiere de fortaleza. Pero dotarlo de brillo y hacerlo eterno... requiere también de genialidad. 


Esta columna pertenece al nº24 de Granite&Rainbow. Este mes hablamos de las vidas de los escritores y defendemos su papel protagonista en la literatura. Yo escribo sobre Amélie Nothomb y ellos escriben sobre Hemingway, Pynchon, Esther Tusquets, Edgar Allan Poe... ¡pasen y lean!



4 comentarios :

  1. Una gran columna, Annie. Creo que el escritor, por más "impersonal" que sea su historia, siempre deja algo suyo entre las letras, por mínimo que sea.

    ¡Besos!

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    1. Eso es exactamente lo que quería decir :) ¡Me alegra que te guste, Isi!♥

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  2. Me ha encantado leerte, Annie.

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