10 julio 2013

Aprender a ver

            La guía tendría unos veinte años y hablaba demasiado deprisa. Probablemente era estudiante. O nueva en el trabajo. No cesaba de consultar sus notas y cuando se detenía para coger aliento, abría mucho los ojos, como excusándose de antemano por su nerviosismo y falta de experiencia. 
            –Poussin... –empezó a decir, y su mirada se perdió en algún lugar de la sala. Contempló ansiosa a su audiencia; la mitad parecía adormecerse cada vez más ante su discurso, mientras que la otra perseguía con atención todas sus palabras.
            Se aclaró la garganta, despertando así a los soñolientos.
          –Poussin inspiró toda la pintura clásica del siglo XVII –declaró tímidamente–. Personajes como David, cuyas obras veremos a continuación, lo tenían como un referente directo. Aquí tenemos Et in Arcadia ego. En él aparecen tres pastores y una mujer frente a una tumba... el título puede traducirse como Incluso en la Arcadia estoy, lo que vendría a significar que la muerte llega incluso al paraíso...
            Continuó describiendo cada detalle del óleo, y poco a poco su voz recobró la viveza que había ido perdiendo desde el principio.
            Ninette miraba a su alrededor con curiosidad. No era la primera tarde que la llevaban al museo, pero siendo una niña de la mano de sus padres, la excursión solía suponer el súmmum del aburrimiento. Aquella vez, sin embargo, estaba siendo diferente. Lograba zambullirse en las historias que asomaban por las esquinas de los marcos, y delante de un bodegón que tiempo atrás hubiera ignorado, había creído advertir algo mágico en su juego de luz y sombra. ¿Era aquello la belleza?, se interrogó, ladeando el cuello y aguzando la vista todo lo que le permitía su miopía incipiente. Manzanas, uvas y granadas palidecían sobre el fondo negro, dispuestas en pirámide, haciéndose dueñas de una claridad. La niña se había colocado entonces a la cabeza del pelotón, fascinada por el descubrimiento, y había escuchado todo lo que la joven o sus papeles tenían que contarle.
            Una vez terminada la explicación, el grupo siguió su camino. Ninette, en cambio, se quedó quieta. Contempló un rato más la escena del tal Poussin. Los cándidos rostros de los pastores le recordaron las estampas religiosas que llenaban los cajones de la abuela. El mar no aparecía por ningún lado, tampoco un bosque frondoso o el exotismo de una jungla. Sólo la silueta de unos montes escarpados, un par de árboles solitarios y un suelo seco y pedregoso. Para ser el paraíso, pensó, es más bien feo. Tenía once años. Aún no había oído hablar del paisaje bucólico ni del retiro absoluto como única vía hacia la plenitud.
           Distraídos una con la visita y otro consultando el teléfono, sus padres no habían reparado en su desaparición. Ninette aprovechó su libertad para explorar. Recorrió las inmensas salas que lo avanzado de la tarde mantenía vacías, y se perdió en la contemplación de las obras que surcaban las paredes. Descubrió la infinita gama de posibilidades que ofrecía un solo color, y cómo una pincelada más o menos intensa podía enfurecer una expresión plácida. Descubrió que había trazos cuya lógica se apreciaba sólo a cierta distancia, y otros de intención desconocida, que respondían meramente a impulsos del alma. Lo descubrió sin darse cuenta, como sucede en la infancia: observando, observando, hasta que se da un paso más en la cuerda, y se llega a ver.
            Me gustaría pasar los años en un sitio como éste, se dijo. Es tranquilo. Hay tantas cosas que aprender... si pudiera escoger un sólo sitio del mundo en el que estar todos los días sería éste. Rodearse de cosas bonitas tiene que ser forzosamente bonito, y yo quiero una vida bonita.
            Después de un largo rato, empezó a sentirse cansada. Horrorizada escuchó el chirrido de sus propias suelas de goma, vulgar, casi blasfemo en mitad de aquel paraíso revelado, y, agotada, se sentó en una esquina, junto a un busto de mármol erigido sobre un pedestal, un hombre de rizos largos y hermosos rasgos apolíneos, pero sin ojos. No era parte de la colección y tampoco tenía nombre, pero aún así Ninette pensó que debía tratarse de alguien importante.
            Se apoyó en su base y se durmió.
           
            No mucho más tarde la despertaron, zarandeándola bruscamente.
            –¡Nos has dado un susto de muerte!
            Parpadeó aturdida, y poco a poco tomaron forma los contornos de sus padres a su lado, acuclillados, disgustados, su madre gesticulando nerviosa.
            –No deberías haberte ido por otro lado, ¿entiendes? No debes separarte de nosotros, nunca.
            Ninette asentía con la cabeza, todavía presa del sueño. La levantaron tirándole de los brazos y su madre le sacudió la falda con el dorso de la mano. Con ellos se encontraba la guía y también uno de los guardas, que asistía a la escena desde la distancia, con el inconfundible hastío de quien presencia la misma escena a diario. El anochecer había caído más allá de los ventanales. Los retratos y paisajes a gran escala, antes amables, eran de pronto lóbregos, inquietantes.
            La chica dio unos pasos, y se ajustó la falda con nerviosismo.
            Hemos estado buscándote casi una hora, dijo a Ninette.
            Se dio cuenta de que tenía los ojos azules. De ese azul tan vívido –¿cyan se llamaba?– que debía llevar en tarros de pintura acrílica para clase.
            –Lo siento –contestó–, me he perdido.
            Quería explorar, quiso añadir. Pero se calló.
            –Lo comprendo –sonrío ella.
            Y Ninette se sintió mejor.
            El guarda hizo tintinear las llaves. El museo debía cerrar, parecía avisarles. Apresúrense. Los padres se deshicieron en palabras de gratitud hacia ambos, a las que la chica respondió con un ademán despreocupado. Ninette se percató entonces de que llevaba una placa en el pecho. Rectangular y metálica, prendida de la solapa derecha de su blusa. Alice, aparecía escrito, en gruesas letras mayúsculas. ¿Cómo es que no se había fijado en ello durante toda la visita? El nombre era bien visible. Claro que, ¿se lo había preguntado? ¿Acaso la había visto a ella, en lugar de a la chica morena que sabía mucho sobre arte?
            –Sentimos tanto las molestias –repite la madre–. La niña nos ha salido rebelde.
            –Está todo bien.
          Encaminándose a la salida, Ninette volvió la cabeza para despedirse en silencio del país de las maravillas. Alcanzó a ver cómo Alice se giraba, iba hacia un cuadro y se detenía, al igual que había hecho ella frente a tantos otros durante su aventura. Lo último que vio fue su nuca reclinarse.


7 comentarios :

  1. Ambas, Alice y Ninette, desprenden ternura y curiosidad por los poros. Da gusto leer esta pequeña historia entre pinturas.

    ¡Besos!

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    1. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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    2. ¡Muchas gracias, Isi! Me alegra que te guste :)

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  2. Qué bonito sería perderse con ellas en un museo, escuchar cómo Alice descifra los trazos y cómo a Ninette le brillan los ojos.

    (sonrisa de elefante)

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    1. Lo sería, sin duda. Suerte que como ellas hay cientos de chicas en el mundo :)

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  3. Estoy segura de que Ninette llegará a ser otra Alicia en su País de las Maravillas.
    Me estoy devorando tus textos, ¡todos me encantan!

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    1. Muchísimas gracias, es todo un halago que te gusten :) :)

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