17 junio 2013

En la noche a tu lado
las palabras son claves, son llaves
el deseo de morir es rey.
Pizarnik

Amar los domingos por la tarde.
–Tengo miedo. Mucho.
Beso breve, beso sin lengua.
–¿De qué?
De ser como ellas.
Ellas son las suicidas de siempre. Agujeros negros ávidos de luz. Poetas-pez que engullen sin hambre el rastro del pan sobre el agua.
Y los anzuelos.
–No lo eres.
–Entonces, dime, ¿por qué me pienso al leerlas?
Beso mojado, beso indefinido. Beso tan largo que creo que se ha olvidado de dar respuesta a mi eterna, lacerante duda; se olvidó de darle respuesta en lo largo y ancho de este beso que hace redimirse a cualquier camino y deshacer los pasos de la memoria, que lame los cristales y ensaliva, barre las heridas; beso tan largo que, cuando acaba, su voz se me hace desconocida y tengo que acostumbrarme a descifrarla, sílaba a sílaba, aún en mi boca.
–Que seas como ellas no implica que compartas su final.
Y muero en vida por segunda vez, y esta vez es la buena, esta vez es en el cielo y no en el infierno sobre mi cama, bajo la mirada indolente de las flores artificiales, donde vislumbro la contestación o el antídoto. Queridas Anne, Virginia, Sylvia; querida Alejandra, lo he encontrado. El antídoto hoy duerme conmigo.  




04 junio 2013

c'était (pas) un roman d'amour

               Llévame al mar, dijo.
               No le di importancia. Todos hemos dicho esa frase en algún momento, a cualquiera que creyéramos buen cómplice en las escapadas. Llévame al mar quería decir llévame lejos, o abrázame fuerte, o arráncame de esta vida, nos lo habían enseñado las novelas, las películas y los poemas. Pero, ¿qué podía hacer? Me quedé justo donde estaba, jugueteando con su pelo aún mojado de la ducha; y fue esa humedad ondulada en su nuca lo que trajo a mis dedos los manojos de algas que apartábamos a patadas de la orilla, para trazar frases y corazones que no tardarían en borrarse; apartábamos, en plural, porque los veranos pertenecen a los muchos: yo y los demás niños, unos completos extraños pero incondicionales en la adversidad del castigo y la humillación. Desde entonces no había vuelto a encontrar en nadie una lealtad semejante, y mi conclusión era que sólo podía darse en condiciones ambientales concretas, como las plantas exóticas de nombre en latín que ilustraban las revistas de viajes.
               Hundí la nariz entre sus cabellos y me sumí aún más en el recuerdo... me enfrenté de nuevo a aquella valla blanca, titánica, monumental, cuya altura alentaba a retirarse y que al crecer supe insignificante. Surqué las grandes extensiones de matorral en las que anidaban –según mi madre, quien se oponía a que desenterrara allí mis tesoros– abejorros, arañas gigantes y culebras venenosas; y cómo me perdía entre ellos, con semblante grave y la intrepidez de quien se adentra en las honduras de la jungla. Pero el temor que vencía al escarbar en ella se manifestaba en mi cama, a la noche, haciéndome estremecer con sólo imaginar un cuerpo verde, reptante, o el siseo de una lengua bífida; y la piel de mi espalda se erizaba como si esa lengua inventada se recreara en ella, anticipándose al festín.
               Eran muchos los retales, y añoré a Mandy figurando en ellos, siendo un extra en mi pasado, y hubiera cortado y pegado su silueta escuálida para pegarla en mi línea del tiempo, artista de collage clavando su sombra en los momentos clave de mi vida. Debía llevarla. Convertir aquella súplica oculta –lleváme al mar– en una aventura. Conduciría a la playa de mi infancia mientras ella no me hacía el menor caso, ella, un par de pies ardiendo sobre el salpicadero, una cabeza ladeada y llena de ideas misteriosas; ella, una voz cantando un tono por debajo del requerido; ella, una mano cambiando la canción antes de acabar. Una vez allí nos bañaríamos vestidos; temblando exploraríamos las casetas, abandonadas, de los guardacostas; hallaríamos objetos que los demás llamarían chatarra pero a los que nosotros daríamos sentido, historia y un digno final.
               Exterioricé aquella fantasía en voz alta; por supuesto, se echó a reír. Fue entonces ella la que me revolvió el pelo, condescendiente, casi maternal. Era lógico, su escepticismo. Después de todo yo no tenía coche, y la costa estaba a distancia suficiente como para pensarse dos veces el huir. Pero Mandy, sabía yo, no siempre decía lo que pensaba. En su fiesta había reído hasta el paroxismo de los labios, y sin embargo en algún instante entre el brindis y la tarta, su mirada revoloteó hasta posarse en la pared, y dibujar un mapa. También esa vez se lo vi en los ojos. Durante el par de minutos que duró el relato y la promesa de mi verano, Mandy me abandonó. Se lo vi en los ojos, sí, lejano. Espumeante guarida de ensueños y monstruos.
               El mar.



Pierrot le fou (1965)