17 abril 2013

            –Gracias por dejar que te abrace –dice Martín. Hace una pausa y después continua, más leve el tono, más dudosa la voz–. Lo necesitaba. Y me gusta. Me gusta estar así, contigo.
         Acaricia las mejillas de ella, que apoya la cabeza en su regazo y que apunta con la barbilla al azul que despunta entre los cipreses que escoltan el banco. No es una postura confortable. Nota la rigidez de la madera en la espalda, a través de las capas de ropa, y no sabe bien qué hacer con las piernas. La brisa se levanta con la suavidad lúgubre con la que un forense retira la sábana, dejando al descubierto un rostro listo para ser identificado. Pero tan sólo ella, al parecer, la siente, rozándole los hombros que asoman desnudos por el pronunciado escote de su jersey, al igual que asoma la curva de sus empeines por encima de sus zapatos de estreno. Por más que ella tiemble nadie percibe la gelidez que empaña el ambien. Los niños berrean desde los columpios, de un metal bruñido como recién forjado, aunque son ya años los que llevan alzados en mitad de este parque esculpido en cemento. Los parques de verdad, ajardinados, de columpios rústicos y grandes fosos de arena, son mera invención televisiva. Cora contempla con desgana las losas grisáceas que cubren el suelo, de cuyas entrañas brotan, milagrosamente, árboles de apariencia enfermiza. En realidad sí tiene recuerdos de haber jugado en un foso de arena, alguna vez, siendo pequeña. Evoca la ingenua excitación de hundir los dedos en aquel polvoriento abismo, de aquel tacto fresco y hormigueante que se deslizaba bajo las uñas y los calcetines. Era en el patio de su primer colegio. A su madre no le gustaban el foso ni su suciedad, acabó convenciéndola de que era un nido de lombrices, que de allí saldría comida por las hormigas y que los piojos dejarían calvas en su coronilla poblada de rizos.
            –Nadie se merece que le nieguen un abrazo –contesta. Y se estremece al pensar en hordas de gusanos hurgando en su cabello, y descendiendo, .
               Martín no tirita. La piel de sus brazos apenas se eriza al paso del vientecillo. Permanece cálida y satinada; todo su cuerpo es un lecho seguro. También él mira, de vez en cuando, hacia la zona recreativa, mínimamente interesado en los perros que excretan al pie de las farolas o la mirada vigilante de los padres que charlan a una prudente distancia. Pero todo aquello es sólo un espectáculo, un espectáculo para sus ojos negros, y no tarda en volver la vista a ella, la protagonista, que, con los hombros encogidos y castañeando dientes, parece sumida en otra cosa.
               La gente pasa y pasa. Pasean, corren, trazan direcciones premeditadas, pero ni él ni ella los ven. Un velo invisible los aísla del mundo en el que los sucesos se dan cita, en el que el azul entre los dos cipreses comienza a oscurecer y bordea el añil, en el que los perros ya jadean fatigados, y los niños descienden del tobogán y el balancín para verse arrastrados a casa por la peor de de las crueldades paternas. El mundo en el que ellos se encuentran no tiene tiempo ni medidas, simplemente existe para sentarse y esperar que el alrededor se vacíe. Una vez el parque ha enmudecido y casi a oscuras, despierta Martín del sueño; acaricia la tela vaquera que cubre las piernas de la chica, finas como astillas; tela estampada de flores chillonas, dice:
               –Vas a acabar con la primavera.
               Y Cora sonríe porque le está escuchando, aunque parezca tan ausente como esos niños, felices hasta hace un rato, que ahora estarán cenando bajo el plafón de una cocina blanca y estéril. Y si la recién llegada noche alumbrara su boca, sumida en las tinieblas de las horas que escapan, vería Martín que susurra ‘ojalá’; pues lo que quiere ella es justo eso, matar la primavera con sus propias manos, regresar al invierno al que pertenece y al que extraña tanto que aún siente su frío.

Nina Ahn

2 comentarios :

  1. Evocador. No hay otra palabra para definirlo. Y el último párrafo es como el toque perfecto, un beso suave de esos que erizan la piel.

    ¡Besazos!

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    1. Me alegra que te haya gustado, preciosa. Otro beso para ti :)

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