23 abril 2013

El billete de vuelta

         Ya ha salido el número 23 de mi querida Granite&Rainbow (leer aquí). En ella colaboro con esta columna y con un artículo sobre Susan Sontag. ¡Feliz día del libro!

         Cuando mi hermana ve que estoy leyendo un libro siempre intenta averiguar de qué trata. Se asoma tras mis hombros, ojea un par de párrafos y la mayor parte de las veces termina haciendo la misma pregunta:
            –¿Por qué lees cosas tan tristes/tan pesadas/tan reales?
            A menudo trato de explicárselo. Que no es por mí, que simplemente hay historias que son bellas por cómo se nos cuentan y no tanto por las hazañas que corren sus héroes. Que son bellas justamente porque prescinden de dichos héroes, y en su lugar colocan a humanos, tan de carne y hueso que, a veces, hasta me da por creerlos reales. Pero nunca logro convencerla. Sacude la cabeza y se marcha, preguntándose cuál es el sentido de preferir sobre el papel los dramas diarios y la reflexión extenuante, teniendo la opción de sumirnos en una buena intriga o un final feliz. Que para qué rastrear en los libros la angustia que presenciamos fuera de ellos, pudiendo usarlos para escapar de este mundo que nos ha tocado en suerte.
            No es la única persona que me lo dice, y a raíz de ello empecé a pensar. ¿Acaso era cierto aquello? ¿Acaso, al elegir un libro, le estamos exigiendo un rescate? Tras mucho cavilar se me ocurrió que, tal vez, existen dos tipos de lectores, definidos en función de aquello que esperan obtener de los libros.
            El lector-partida lee para olvidarse. La huida es su premisa. Descubre entre las páginas el escondrijo que afuera cree inalcanzable; asocia las letras a tierras remotas, y éstas le salvan de cualquier ancla. Las letras funcionan como ruedas, como hélices, como raíles. Todos hemos sido lector-partida en algún momento. En mi caso fue en la infancia. Aprendí a viajar sin salir del cuarto con los corsarios de Salgari, con Rowling y su escuela de magia, con Enid Blyton y sus Cinco. Con la avidez de quien examina un mapa imaginando las selvas, las fieras salvajes, me inclinaba yo sobre el papel a hurtadillas, marchando hacia una dimensión que, a mis ojos, se antojaba infinitamente más excitante. La lectura era el cerebro del secuestro que me arrastraba lejos, allá donde desenmascarar a una banda de contrabandistas, o levitar a golpe de varita, o fabricar balsas con ramas de árbol.
            Pero llegó el día en el que el libro dejó de significar viaje. Se empeñó en acompasar su ritmo al mío para que no tuviera que vivir a solas, y me convertí así en lector-regreso. Pasé de leer para evadirme a leer para aproximarme a la herida, palparla y calcular el daño. Pasé de leer para conocer lo ajeno, a leer para reconocerme. Aún disfruto, claro está, de Julio Verne y compañía. Aunque haya crecido y hoy sea consciente de que la realidad y la aventura no se corresponden. Que los misterios que nos atañen ya nada tienen que ver con ladrones, sino con el sentido insondable de la vida. Que naufragar en una isla desierta es grave, por supuesto, pero no tanto en comparación con otras superfluas, modernas catástrofes –o así nos lo parece.

Emma Gallardo
            Pasas tu vida queriendo marcharte y haciéndolo a través de la ficción, y al final terminas usándola para volver a lo que te incomoda. Para encontrar quién eres y por qué sufres, en mitad de una línea. En el fondo engañé a mi hermana. Sí es por mí. Si no fuera yo, quizá leería otra cosa, lo que leí en otros tiempos, lo que aún leo en ocasiones: romances edulcorados, reliquias ocultas, asesinatos en tren a medianoche, criaturas imaginarias en tierras míticas. En cambio tengo a Plath y a Kundera, y a Woolf y a Bukowski presidiendo mi estante. El buscarme en ellos es ya automático. Porque, si mi teoría es cierta y hay dos tipos de lectores, no pertenezco a los que vuelan lejos, sino a los que compran el billete de vuelta. El fin de la literatura que arrastraba a los griegos a llorar en los teatros, a ver morir a los hijos de Medea, a contemplar sus pecados en la actuación de otros. La literatura como purificación y catarsis. La literatura como espejo sin aberraciones ópticas. Como lección. Como autopsia. Que leer es, decía Bolaño, ‘aprender a morir, pero también es aprender a ser feliz, a ser valiente’. Es el eterno, ineludible retorno al punto del que salimos. 

12 comentarios :

  1. Qué razón llevas; me encanta :D

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  2. Hermosa reflexión para un día como hoy^^

    ¡Besos!

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  3. Lector-partida era tan fácil y natural como echarse a dormir y despertar como nuevo. Lector-regreso es abrirse en canal sin anestesia.

    La reflexión, la división, una que podría hacer cualquiera. La forma, cada palabra en su sitio, única y con tu firma.

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    1. Abrirse en canal sin anestesia, y cómo duele, y qué bonito es, a pesar de todo.

      Muchísimas gracias, de verdad. ♥

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  4. Ahora sí, lo tengo claro, llevas el arte en lo más profundo, artista.

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    1. Artista es una palabra enorme, de verdad. Pero muchas gracias por leerme :))))

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