30 abril 2013

(quemar después de leer)


Apenas sabemos quiénes somos y ya
construimos barcos
los hacemos navegar por mares
que tan sólo hemos visto en fotografía
e inventamos islas que apuntan al sur
donde sólo hay cabida para ilusiones
y perece el pasado a punta de flecha
y nos separa y nos une la misma duda
que desterramos.
Tampoco hemos aprendido a leernos
el miedo en las rodillas, el hambre en los labios
las intenciones ocultas en cualquier gesto
que se detiene en el aire y se bate en retirada
devolviendo la mano al bolsillo y al paladar la lengua,
instaurando un silencio más locuaz que el discurso,
no hemos aprendido a leernos
pero nos hallamos en los libros.

Apenas ha empezado la primavera y ya
hablamos del verano
creemos que se avecina
disfrazado de calma, ternura
un regazo
oval y caliente como un lecho de sueños
donde recostar tu nuca cuando atardece
y dejarte sumir en la ausencia del tiempo.
Pero después, sabemos, vendrá el invierno
las tormentas de nieve que aquí no aterrizan
el imbatible cierzo contra las mejillas
y nos creemos fuertes como para vencerlo
y nos repetimos: sabemos excavar guaridas
allá donde los otros topan con el fin del mundo
y se precipitan hacia la piedra y las llamaradas
del abismo que ruge en los mapas medievales.

Tú y yo nunca hemos dormido juntos.
Las madrugadas nos separamos
yo sangro durante la media hora
que tardo en escribirte
tú restañas mi herida cuando despiertas
y para entonces yo ya he muerto tres veces.
Tú y yo nunca hemos hecho el amor.
Tampoco nos hemos perseguido hasta la pérdida
ni hemos llorado los fantasmas
del otro,
sin embargo nos permitimos
bautizarnos protagonistas
de Pizarnik, de Nabokov,
de Murakami y mi tinta que escapa.
Nunca hemos sobrevivido a una guerra
y no nos tiembla el pulso al hablar de paz.
y pronunciamos ‘nosotros’
con la misma firmeza con la que pronuncias
que no he de temer mirar hacia arriba
pues no habrá más jaulas sobre mi cama.

Tú y yo no podemos ver el futuro
mas lo tentamos
y no sé si esto es lo correcto
lo que dictan los manuales de estilo
que yo misma escribí después de la caída.
Lo que si sé es que consigues que el miedo
sea sinónimo de no saber
si hoy lloverá cuando me beses.


'Orgullo y prejuicio'



23 abril 2013

El billete de vuelta

         Ya ha salido el número 23 de mi querida Granite&Rainbow (leer aquí). En ella colaboro con esta columna y con un artículo sobre Susan Sontag. ¡Feliz día del libro!

         Cuando mi hermana ve que estoy leyendo un libro siempre intenta averiguar de qué trata. Se asoma tras mis hombros, ojea un par de párrafos y la mayor parte de las veces termina haciendo la misma pregunta:
            –¿Por qué lees cosas tan tristes/tan pesadas/tan reales?
            A menudo trato de explicárselo. Que no es por mí, que simplemente hay historias que son bellas por cómo se nos cuentan y no tanto por las hazañas que corren sus héroes. Que son bellas justamente porque prescinden de dichos héroes, y en su lugar colocan a humanos, tan de carne y hueso que, a veces, hasta me da por creerlos reales. Pero nunca logro convencerla. Sacude la cabeza y se marcha, preguntándose cuál es el sentido de preferir sobre el papel los dramas diarios y la reflexión extenuante, teniendo la opción de sumirnos en una buena intriga o un final feliz. Que para qué rastrear en los libros la angustia que presenciamos fuera de ellos, pudiendo usarlos para escapar de este mundo que nos ha tocado en suerte.
            No es la única persona que me lo dice, y a raíz de ello empecé a pensar. ¿Acaso era cierto aquello? ¿Acaso, al elegir un libro, le estamos exigiendo un rescate? Tras mucho cavilar se me ocurrió que, tal vez, existen dos tipos de lectores, definidos en función de aquello que esperan obtener de los libros.
            El lector-partida lee para olvidarse. La huida es su premisa. Descubre entre las páginas el escondrijo que afuera cree inalcanzable; asocia las letras a tierras remotas, y éstas le salvan de cualquier ancla. Las letras funcionan como ruedas, como hélices, como raíles. Todos hemos sido lector-partida en algún momento. En mi caso fue en la infancia. Aprendí a viajar sin salir del cuarto con los corsarios de Salgari, con Rowling y su escuela de magia, con Enid Blyton y sus Cinco. Con la avidez de quien examina un mapa imaginando las selvas, las fieras salvajes, me inclinaba yo sobre el papel a hurtadillas, marchando hacia una dimensión que, a mis ojos, se antojaba infinitamente más excitante. La lectura era el cerebro del secuestro que me arrastraba lejos, allá donde desenmascarar a una banda de contrabandistas, o levitar a golpe de varita, o fabricar balsas con ramas de árbol.
            Pero llegó el día en el que el libro dejó de significar viaje. Se empeñó en acompasar su ritmo al mío para que no tuviera que vivir a solas, y me convertí así en lector-regreso. Pasé de leer para evadirme a leer para aproximarme a la herida, palparla y calcular el daño. Pasé de leer para conocer lo ajeno, a leer para reconocerme. Aún disfruto, claro está, de Julio Verne y compañía. Aunque haya crecido y hoy sea consciente de que la realidad y la aventura no se corresponden. Que los misterios que nos atañen ya nada tienen que ver con ladrones, sino con el sentido insondable de la vida. Que naufragar en una isla desierta es grave, por supuesto, pero no tanto en comparación con otras superfluas, modernas catástrofes –o así nos lo parece.

Emma Gallardo
            Pasas tu vida queriendo marcharte y haciéndolo a través de la ficción, y al final terminas usándola para volver a lo que te incomoda. Para encontrar quién eres y por qué sufres, en mitad de una línea. En el fondo engañé a mi hermana. Sí es por mí. Si no fuera yo, quizá leería otra cosa, lo que leí en otros tiempos, lo que aún leo en ocasiones: romances edulcorados, reliquias ocultas, asesinatos en tren a medianoche, criaturas imaginarias en tierras míticas. En cambio tengo a Plath y a Kundera, y a Woolf y a Bukowski presidiendo mi estante. El buscarme en ellos es ya automático. Porque, si mi teoría es cierta y hay dos tipos de lectores, no pertenezco a los que vuelan lejos, sino a los que compran el billete de vuelta. El fin de la literatura que arrastraba a los griegos a llorar en los teatros, a ver morir a los hijos de Medea, a contemplar sus pecados en la actuación de otros. La literatura como purificación y catarsis. La literatura como espejo sin aberraciones ópticas. Como lección. Como autopsia. Que leer es, decía Bolaño, ‘aprender a morir, pero también es aprender a ser feliz, a ser valiente’. Es el eterno, ineludible retorno al punto del que salimos. 

17 abril 2013

            –Gracias por dejar que te abrace –dice Martín. Hace una pausa y después continua, más leve el tono, más dudosa la voz–. Lo necesitaba. Y me gusta. Me gusta estar así, contigo.
         Acaricia las mejillas de ella, que apoya la cabeza en su regazo y que apunta con la barbilla al azul que despunta entre los cipreses que escoltan el banco. No es una postura confortable. Nota la rigidez de la madera en la espalda, a través de las capas de ropa, y no sabe bien qué hacer con las piernas. La brisa se levanta con la suavidad lúgubre con la que un forense retira la sábana, dejando al descubierto un rostro listo para ser identificado. Pero tan sólo ella, al parecer, la siente, rozándole los hombros que asoman desnudos por el pronunciado escote de su jersey, al igual que asoma la curva de sus empeines por encima de sus zapatos de estreno. Por más que ella tiemble nadie percibe la gelidez que empaña el ambien. Los niños berrean desde los columpios, de un metal bruñido como recién forjado, aunque son ya años los que llevan alzados en mitad de este parque esculpido en cemento. Los parques de verdad, ajardinados, de columpios rústicos y grandes fosos de arena, son mera invención televisiva. Cora contempla con desgana las losas grisáceas que cubren el suelo, de cuyas entrañas brotan, milagrosamente, árboles de apariencia enfermiza. En realidad sí tiene recuerdos de haber jugado en un foso de arena, alguna vez, siendo pequeña. Evoca la ingenua excitación de hundir los dedos en aquel polvoriento abismo, de aquel tacto fresco y hormigueante que se deslizaba bajo las uñas y los calcetines. Era en el patio de su primer colegio. A su madre no le gustaban el foso ni su suciedad, acabó convenciéndola de que era un nido de lombrices, que de allí saldría comida por las hormigas y que los piojos dejarían calvas en su coronilla poblada de rizos.
            –Nadie se merece que le nieguen un abrazo –contesta. Y se estremece al pensar en hordas de gusanos hurgando en su cabello, y descendiendo, .
               Martín no tirita. La piel de sus brazos apenas se eriza al paso del vientecillo. Permanece cálida y satinada; todo su cuerpo es un lecho seguro. También él mira, de vez en cuando, hacia la zona recreativa, mínimamente interesado en los perros que excretan al pie de las farolas o la mirada vigilante de los padres que charlan a una prudente distancia. Pero todo aquello es sólo un espectáculo, un espectáculo para sus ojos negros, y no tarda en volver la vista a ella, la protagonista, que, con los hombros encogidos y castañeando dientes, parece sumida en otra cosa.
               La gente pasa y pasa. Pasean, corren, trazan direcciones premeditadas, pero ni él ni ella los ven. Un velo invisible los aísla del mundo en el que los sucesos se dan cita, en el que el azul entre los dos cipreses comienza a oscurecer y bordea el añil, en el que los perros ya jadean fatigados, y los niños descienden del tobogán y el balancín para verse arrastrados a casa por la peor de de las crueldades paternas. El mundo en el que ellos se encuentran no tiene tiempo ni medidas, simplemente existe para sentarse y esperar que el alrededor se vacíe. Una vez el parque ha enmudecido y casi a oscuras, despierta Martín del sueño; acaricia la tela vaquera que cubre las piernas de la chica, finas como astillas; tela estampada de flores chillonas, dice:
               –Vas a acabar con la primavera.
               Y Cora sonríe porque le está escuchando, aunque parezca tan ausente como esos niños, felices hasta hace un rato, que ahora estarán cenando bajo el plafón de una cocina blanca y estéril. Y si la recién llegada noche alumbrara su boca, sumida en las tinieblas de las horas que escapan, vería Martín que susurra ‘ojalá’; pues lo que quiere ella es justo eso, matar la primavera con sus propias manos, regresar al invierno al que pertenece y al que extraña tanto que aún siente su frío.

Nina Ahn

07 abril 2013

Recuento de un viernes-sábado.

1. Lluvia, ciudad, gris primavera, es lo que tiene abril, siempre está sediento. Nos vamos, dijo E, y contesté: me lo pienso, pues me asustan los automóviles y las carreteras húmedas desde que se nos fue un sacerdote el domingo de Pascua, y el novio perfecto de aquella chica... pero fui porque caía la noche y la noche se come al miedo y mi cuarto estaba tan vacío.

2. La playa que no llegamos a ver, la casa donde encerrarnos. La cerveza y el vodka y un licor cremoso en lugar del mar, igualmente líquido. Las patatas fritas están blandas, hacer camas para deshacerlas luego, beber, salir de uno mismo, cantar, bailar, la cucaracha que no es insecto sino movimiento. Lamer es un verbo que indica acción.
3. La oscuridad, las manos, la oscuridad.
4. Dormir acompañado no es no dormir solo: el corazón está más arriba.
5. El olor a sábanas revueltas y a luz atrapada tras las persianas y a ropa dispersa y a sueño inquieto –ese olor.
6. La mañana es una tarde más joven. Hay espuma entre los platos y pies fríos. Hay chocolate que sabe a industria y toboganes de polluelos que van a morir en la televisión. Hay un misil preparado en alguna costa de Asia. Hay desorden y muchos cables y un chico al que llaman ocelote. Hay un coche, el mismo coche, que nos devuelve a casa.
7. Yo miro el cielo o las montañas diminutas. Todo duele.



04 abril 2013


               Conocí a un hombre,
               me rasuré.
               Mi madre entró por casualidad en el baño
               vio las cuchillas
               me dijo:
               niña,
               todo lo que Dios nos da
               está ahí
               por alguna causa.
               Mencionó hongos
               infecciones
               yo la eché
               acabé la tarea
               me acaricié,
               satisfecha:
               era suave
               y extraño.
               No parecía sino una niña
               yo, que mi deseo
               era del todo adulto
               yo, que me descuidaba
               y me convertía en otra persona
               de dientes más largos e hirientes
               de piel más gruesa, casi reptilínea.
               Pensé: he decrecido años.
               Pensé: prefiero
               lo salvaje.
                             
               Pero él lo vio y amó cada pliegue
               al descubierto.
               Lo probó y yo olvidé la misión
               divina de mis partes del cuerpo,
               olvidé el sino que me traza Dios
               cuando le cuesta dormirse
               y me usa a mí para matar el rato.
               Olvidé los bosques,
               que tienen sentido
               sólo por los árboles que los pueblan
               sólo por el musgo sobre sus troncos
               y los hongos –sí, también los hongos–
               colonizando sus raíces.
              
               Pero un día, él se marchó
               tal vez cansado
               dijo adiós sin despedirse
               de la desnudez que inventé
               por su cumpleaños
               por su culpa.        
               Y yo me dejé invadir
               por lo que antes
               arrancaba de cuajo
               para quién, si no,
               exponer lo sucio
               de mí misma.
               Para quién el sacrificio de todos los griegos en todos los altares
               para qué el culto sin garantías
               de paraíso
               o sin ambrosía goteando de mis labios
               como arroyos ligeros de un pasado sueño.
               Para nadie.
               Me levanté, me dije
               que era bueno
               conservar el cuerpo que Dios me hizo
               aunque yo no crea en Dios, y piense en la manzana
               a la hora de evocar el origen.
              
               Mas si él volviera, después de otros mundos,
               convencido tal vez de que no debió irse
               sé que mi puño se cerraría
               en torno a la hoja
               y la empujaría de nuevo a la siega
               de todo lo que me protege
               por mucho que me resguarde
               de enfermedades
               y ahora entiendo lo que me dicen
               quienes son más sabios, y han visto mucho
               eso de que por amor renunciamos
               a todo aquello que nos custodia
               aquello que nace con nosotros
               y nos define
               y
               que
               a pesar del láser
                           –y otros milagros de la técnica.
               volverá a crecer
               con nuestro permiso.
              
Alexandra Sophie