26 marzo 2013

Todas las criaturas de esta Tierra mueren solas.
Donnie Darko
           
            Nosotros valíamos más que esta vida. Lo aprendimos demasiado tarde y por eso, al echar el freno, la colisión se sintió hasta los huesos y los hizo temblar durante años. Intuíamos, secretamente sabíamos, el daño que la programación del amor inflingía a nuestras perpetuas ganas del otro, pero aceptábamos sus designios con la ilusión que aún podíamos sonsacarnos. Las caminatas en ciudad extraña. La conflictiva elección de restaurante. Los temerosos saludos telefónicos. Todo se encaminaba previsiblemente a futuras visitas a Ikea, en busca de cortinas y edredón a juego; a la crianza de hijos inesperados; a la asistencia a cenas por compromiso. Teresa fingía no enterarse, se escondía bajo las sábanas y se dormía como si no hubiera juntado los párpados en una década, y yo me quedaba quieto, observaba la luz del móvil cargando sobre la mesilla, sus acuarelas secándose sobre la mesa; me preguntaba si también sus ojos se secarían pasado el tiempo o seguirían lloviendo a mis espaldas, pendientes de cualquier síntoma de abandono. En una de sus malas noches, cometí el error de prometerle una lealtad que, no imaginaba, sucumbiría más fácilmente que las cumbres montañosas al invierno. Cuando llegó el momento y debí marcharme, elegí no recordar mis palabras y la traicioné en mitad del camino; detuve el coche, la arrojé a la cuneta, me puse en marcha sin mirar atrás. No he preguntado a nadie qué es de ella pues tengo miedo a que la hayan visto, todavía enfundada en los vaqueros rotos y deshilachados por el golpe. A mis llamadas furtivas contesta el teléfono con largos, hostiles tonos; y cuando desisto paso un buen rato contemplando las humedades del techo.
             –Estaré a tu lado al final de todo –le había dicho sin dudar–. Nunca tendrás que temer el fin, pues en él estaré contigo.
             La mayoría de las mujeres piden al ser amado verse acompañadas a lo largo y ancho de sus vidas terrenas. Buscan, como también nosotros, el firme respaldo en las decisiones, la reconfortante voz tras un día de trabajo, la mano y el auxilio en el paritorio. Ella, en cambio, pedía, casi rogaba, mi presencia en un único y brevísimo tramo: el desenlace. Después de todo, era el único evento que sabía inevitable de antemano. Teresa ignoraba dónde acabaría trabajando, si se decidiría a tener hijos, si recibiría el cáncer que amenazaba a todas las hembras de su apellido. Pero tarde o temprano, moriría, y querría ver mi rostro antes de partir hacia el olvido. Yo ya me había dado cuenta de que su relación con la muerte no se basaba en la omisión, cobarde o sabia, practicada por el resto de mortales. Teresa veía la guadaña agitarse a su alrededor en cada paso dado, en cada respiración sumada a su cada vez más largo cómputo de alientos.
           –Tengo miedo –susurraba de pronto, ya fuera en la calle que viendo una película. Y abrazándola intuía que nunca existiría abrigo capaz de consolarla, que el suyo era un miedo imposible de erradicar por biología; a menos que pusiera rumbo a América y hallara las esquivas fuentes de la juventud.
            Cuando ponía la mesa de la forma adecuada, con flores, cubiertos en orden, con servilletas dobladas en forma de ave –aunque fuéramos dos los comensales y ya no tuviera que impresionarme–, llegaba a pensar, sin embargo, que a Teresa le gustaba estar aquí, que a mi lado olvidaba su destino aunque fuese durante unas horas. Pero luego volvía el llanto. Y yo lloraba también, sólo que a escondidas, porque contemplaba el futuro, feliz, brillante, apagarse como la estela de un avión peregrino.

          Íbamos a morir juntos. Eso sí hubiera sido posible. Posible, y mucho más real que las misiones destinadas a amantes terrenales. En vida ella me habría convertido en un órgano involuntario, en marioneta movida por sus demonios, sin cabida ni ofrenda para los míos. No hubiera sido capaz de sostener sin romperme su frágil entramado de emociones. Pero en la antesala de su viaje, entrelazaría sus dedos con los míos y bebería su último hálito hasta la ebriedad de la conciencia, la estrecharía hasta atravesar paredes, hasta atravesar materia y líneas telúricas, hasta alcanzarla más allá, en la luz elevada de los lugares sin cuerpo y las ánimas novicias. Diría: ¿Ves?, he cruzado contigo. Quizá entonces. Sí, quizá. 


laura makabresku