24 febrero 2013

Uno de estos días seré valiente
como Antígona
me dejaré sepultar bajo los escombros
de mi propia noche sin estrellas
estiraré el brazo hasta que las venas
se deshagan en hilos infinitos
asciendan hacia arriba como un géiser
y el agua me levante esta pena.

El estallido de la piel
levantará una brisa
volverá el escalofrío
que sentí a la orilla de una playa
aun húmeda, cuando pensé:
ojalá todo acabara hoy.
Me rodearán azulejos blancos
me sostendrá una camilla de flores
y aún así mi espalda habrá ardido
escucharé
el rebuzno cansado de las gaviotas
y mamá, seguro, estará cosiendo
cerrando las rasgaduras que yo me abro
voluntariamente
y creerá que estoy estudiando
cuando la voz de la Historia sigue dormida.

Uno de estos días
diré la verdad
haré lo que todos me mandan:
reconocerla.
Reconozco que no soy tan buena en lo que respecta al abecedario.
Reconozco que aún tengo remedio en cosas como la universidad o la gente.
Reconozco que olvidé amar en cuanto fui consciente de mi existencia.

Pero
sobre todo
reconozco mi total incompetencia
en las cuestiones de la vida
y en la misma vida.
Tanto que hay momentos en los que
bailan todos los objetos punzantes
y avivan en mí apetito más ebrio
que el del animal mutilado.

Tanto que
si pienso en futuro
puedo verme con cincuenta años
soy capaz de contar mis arrugas
los huesos que se van batiendo en retirada
las veces que mi marido
me miente antes de salir por la puerta.

Pero, si pienso en el mañana,
más fácil; incluso en esta noche,
sólo sé que mis manos reposarán
bajo la almohada
y que el hueco entre mis pechos
seguirá helado.

13 febrero 2013


Supimos que eran mujeres disfrazadas de niñas, que sabían del amor e incluso de la muerte.
Jeffrey Eugenides


Éste será mi último anuncio disfrazado de pseudoprosa. A partir de ahora sólo regalaré cuentos. Sobre otros. Para otros. A quién le importa la contrariedad de mis destinos inquietos. A quién le importan mis falsos poemas. Hay mucho más dentro de mí. Prometo que hay amor del que abrasa. Que hay ganas de desaparecer cuando el día arrecia y el espesor de la cortina no es capaz de huir su embestida. Prometo que hay vísceras que se retuercen ante la sola mención de la muerte y también ante su deseo; yo no voy a suicidarme, se lo debo a alguien, se lo debo a los libros sobre mi mesilla, aún no son suficientes, ¿lo serán algún día? Prometo que hay muchas cosas tras esta garganta, aunque para haber tanto se siente vacía. De adolescente fui golondrina, extravié mi canción en mitad del vuelo, recuerdo tratar de recuperarla, recuerdo aspirar con el diafragma pero era mi pecho el que bajaba y subía y de allí no nació una sola nota. Proyecta la voz hacia el cielo, me decía el barítono con sobrepeso. Como si en algún momento hubiera yo corrido mi lápida, abandonado mi húmeda y subterránea matriz.

Lo que quiero decir es que algo me habita, desde hace demasiado tiempo, repiquetea, regurgita, me despierta cuando no debe, y qué otra cura es posible sino permitir que fluya hacia el sitio correcto: el libro. Quizá ya estaba decidido. Mis veintiuno serán año de novela. La clave está en salir de mí: hoy te llamas Annie y no sabes quién eres, pero mañana has de convertirte en el otro y obedecer el edicto de la voz. La voz de la musa, aclaro, yo no creo en musas, aún menos en Dios, pero tengo fe en la literatura y amo a sus hijos cosidos de aire, ¿me hace eso una hipócrita? ¿Una agnóstica de salón? Volvamos a la musa y a sus deberes. Me ordena la musa: camina por la calle. Observa a las jóvenes pasajeras, calcula sus tobillos, codicia sus muslos, empápate de las risas que se estrellan contra el aire. Extirpa lo solo de sus miradas y lo triste que esconden en algún lugar, pues son lo único que sabrá saciarme en las horas yermas que te aguardan, a ti y a tu pluma. Pretenciosa. Me ordena la musa: retén la inocencia, absorbe todo lo que a ella concierne, conoce sus límites, subráyalos con las uñas, pregúntale cuál es el momento exacto en que la oruga deviene mariposa, pregúntale sobre el sexo y la sangre, y el parentesco que consuman en los cuerpos blancos de las hembras. Me ordena la musa: camina, observa, calcula, codicia, empápate y aun mojada extirpa, retén, absorbe, conoce y delimita, pregunta, lame, sangra.
He aquí el dictado invisible, he aquí los próximos meses en mi mesa. Levantar la historia que nunca supe, la historia que deje atrás el cuaderno, que tenga lomo propio, que sea acariciada; una historia que arañe y que maúlle como maúllan las muchachas que le dan forma, muchachas gato, muchachas espectro, muchachas ágiles, delgadas y ausentes como nunca sabré escribirlas. 
Después podré respirar. De nuevo.

06 febrero 2013


               En el principio Madrid eras tú,
               sus bares de mus, y sus tiendas de viejo
               sus largas colas el 1 del mes
               el smog que entinta las nubes
               (aquí no se ven)            y hace el cielo cítrico.
               Pero llegué y le entregué mis zapatos
               sus adoquines no me hacían daño
               hasta el primer paseo
               amé cada sombra de cada árbol
               odié los cláxons, temí del metro
               y sus márgenes amarillos.
               Dormí en uno de sus miles de cuartos:
               no hubo estrellas antes de morir.

               Y
               al día siguiente
               hicimos todo lo que hacíamos nunca
               cuando no existía más que Renfe
               y un avión en mis fantasías
               antes de mandar aquella carta
               y seguirte.
               Qué fácil.
               Así que, como siempre, era domingo
               me calcé esperanza en mis pies inquietos
               y en el anular la flor de Perséfone.
               Me llevaste a una pastelería famosa
               compartimos el chocolate
               en la proporción habitual.
               Dimos dinero a aquel violinista
               hojeamos libros, y nos olvidamos
               de cómo era despedirse
               con un ‘hasta que quiera el presupuesto.
              
               Pasa el otoño
               pasa el domingo; Invierno
               trae consigo
               la ingrata obligación moderna
               de los siete días laborables.
               Hemos dejado de ser ciudades
               No pertenezco más a mi tierra baldía
               que se olvida de mí a cada minuto
               aunque no pasan dos sin que le escriba.
               Y la gran ciudad es pregunta,
               y se empeña en formularse
               cada vez que salgo de casa.
               ¿Quién eres? ¿A quién buscas?
               ¿A ti?; date por perdida.
               es la primera vez que veo tu rostro
               en estas calles que son como trampas
               para ti que eres hija del sol.

               Después de muchas semanas
               lo comprendí, yendo hacia tus brazos,
               recordé lo hermoso de hacer la maleta
               contra todo pronóstico climático
               descender aterida en Atocha
               buscarte allí, y encontrarte siempre.
               Supe entonces que había caído
               en un error más que común:
               creer que a Madrid iba a amarla
               sólo porque a ti te amo
               lo indecible.
               Así que en adelante me retracto:
               Madrid no eres tú, todo lo contrario,
               eres el eco de su voz, su espejo
               la experiencia que en ella erigimos
               y que revivo en lo inhóspito de sus noches naranjas.
              
               Y esa experiencia no tendrá espacio
               ni contención; se desliga del plano,
               será sin lugar y también sin muros.
               Foránea en su propio hábitat.
               Mutable
               y extranjera
               exactamente
               como yo.