28 enero 2013


Padre (del lat. pater, -tris)
               3. Cabeza de una descendencia, familia o pueblo

               Niña, tú sabías que la libertad iba a traicionarte, que echarías de menos las raíces apenas abrieras las hojas. Sabías que la polución dañaría irreversiblemente tus pétalos y que tu tallo, fuerte y airoso, se encorvaría prisionero de la carga de la atmósfera. Sabías todo eso y a pesar de todo decidiste llenar aquellas seis maletas, llenarlas hasta los topes de superfluos antojos, tales que vestidos gemelos, en rojo, blanco o en marino; una pila de blusas de entretiempo y libros, cuántos libros, libros que te hicieran lista, más lista que este puñado de canas y achaques. Y no sólo tuviste que llenarlas y sentarte encima hasta oír el chasquido, sino que nos hiciste arrastrarlas a la estación, a pie, a las seis y media, pleno enero y demasiado frío para unos pulmones de antiguo. Niña, créeme que no fue por la hora ni por el clima, ni siquiera por el peso de tus cachivaches ni el consiguiente lumbago, que yo y má portaríamos esos trastos hasta la mismísima frontera si supiéramos que al otro lado se encuentra tu segundo hogar. No fue por nada sino por la pena que nos dejaste por legado, por la ausencia que cada día se sienta a tu silla y pide los platos con menos sal. No es por nada por lo que protestamos, niña, yo y tú má que, como siempre, anda revolviendo los roperos algo a lo que echar remiendo. No es por nada sino por la muerte que nunca antes había hecho presencia en tu faz, ese ‘he visto cosas que ojalá no hubiera visto’, que parece auspiciar secretamente el vuelo de tu pelo o el frufrú de tu abrigo. Porque dirás lo que quieras por teléfono mientras cocinas, o alegas estar demasiado ocupada, dirás lo que quieras distraída mientras repites ‘que sí, he hecho bien la compra’, y ojalá supiéramos desconocerte pero te conocemos sin remedio. Sabemos que nos extrañas como ha de extrañar la noche al sol, que allí has de sentirte huérfana, suerte de náufraga sin faro en la bruma ni sirena de barco a lo lejos. Niña, niña. No te finjas conforme en tu agonía, no actúes risueña si tus mejillas no se han visto aún capaces de alzarse, si te estás perdiendo, si nadie te ve. Sabemos que lloras en tu nuevo cuarto como en el antiguo cuando se te castigaba sin cena; ¿estás llorando ahora? ¿Lloras tras la puerta?
               Ojalá estuviéramos para empujarla. Para reunir fuerza y conseguir abrirla y zarandearte, una vez dentro, y sermonearte con lágrima furiosa: «Entérate bien, ¿nos oyes? La vida no se vive de este modo.»



               Madre (del lat. mater, -tris)
               4. Causa, raíz u origen de donde proviene algo

               Lista de cosas que decirle cuando se acuerde de llamarnos.
               -La leche de avena, hija, no es leche. Contiene aceite de girasol y ya sabes lo que ocurre con el aceite. No tiene calcio aunque lo pretendas mientras que tú, tú tienes huesos. El mundo no te quiere polvo blancuzco ni el animal busca tu crujido. Piensa en las vértebras de la abuela, piensa en el colesterol del padre.
               -El gato duerme sobre tu mesa. Se diría que extraña el tictic del teclado, y tu ocasional y siempre distraída caricia, tu mirada fija en la pantalla y tu ira en respuesta a la puerta abierta, ‘¡estoy trabajando!’. Está muy gordo. Parece feliz.
               -Estudia, no pierdas tiempo. Y ahorra. Llegará el día en que también tu alimentes con tus privaciones la boca de un polluelo ciego (y como yo quizá estés orgullosa). Y abrígate; allí hace frío. Cinco grados a las nueve ha dicho la radio.
               -¿Te acuerdas del San Martín de Porres que te ponía bajo la almohada? Aquella estatuilla de santo azabache que te curó todas las gripes. Ayer lo encontré en tu mesilla. ¿Cuándo dejaste de creer?
               -Rezo por ti, y por las noches pienso si ya estarás dormida o si seguirás negándote al sueño.
               -De acuerdo, el sermón ya termina.
               -Llámame si tienes tiempo. O lo haré yo.
               -Lo haré yo.
               -Ya cuelgo. Ya cuelgo.
               Clic.
               (te sigo amando)              


Hermano, a. (del lat. [frater] germanus)
7. Cosa respecto de otra a que es semejante.


               Gotas en los azulejos. Gotas en el lavabo. Gotas cubriendo todo el espejo.  Mamá gruñe y yo, me callo. No puedo culparte pues no estás. Y como no estás, ya no eres culpable. Yo soy quien coge el paño. Yo soy quien se mancha las manos. Limpio todo, incluso la bañera. Aunque no me lo hayan pedido.
               Tú siempre fuiste la descuidada, pero abrías el grifo mejor que yo.



Hijo, a. (del lat. filius)
7. Sustancia ósea, esponjosa y blanca que forma lo interior del asta de los animales.

Mamá.
Me dijiste que la ropa blanca
se lavaba aparte.
Que a los doce empezaría a aprender
que ser mujer no es sólo una misión
que se escribe sobre el papel; también se escribe
en rojo y bajo las medias.
Me engañaste.

Mamá, tú me llevaste en un vientre
que una vez cubrieron los lirios
eras limpia, y a tus nupcias
no quisieron faltar las flores
blancas y abiertas, emblemas regios,
aroma de lis, cintos de pureza
en los escudos de media Europa
y en cambio yo, ya nací enlodada
de tus órganos, te hice llorar
el primer minuto de mi vida
tú ignorabas qué de un ángel
pudieran engendrarse Caínes.

Me has llamado tantas veces por teléfono que
ya
ni te escucho, lo confieso,
porque ya sé cómo hervir el agua
para que el arroz esté en su punto
he aprendido a domar las llamas
como los hombres-mono del Paleolítico
y a planchar la ropa de seda
y a alarmarme por las arrugas;
mamá, ¿cuándo dirás
‘fue mi culpa?
¿Acaso no descubres esa verdad a la noche
envuelta en franelas, a tu lado un cuerpo
castigado por los martirios
y a tus pies, el felino oscuro
que os dejé por testamento?
Habla, mamá: ‘fue un error’.
Un gran error, deliberado a ciegas,
es que hoy sea, y esté aquí, y respire.

Pienso en ti. Constantemente,
pues las cortinas de mi habitación son doradas
como las auras de aquellos santos
a quienes ofrecías mis dolencias
¿Es verdad que perdiste el pelo
mientras yo perdía el oxígeno?
Mejor que ahora estés muy lejos,
y no puedas verme en este altar pagano
ingiriendo la dulce pócima
de la rendición y adornada
por tatuajes de tijera.
De estar aquí querrías curarme
devolverme el aliento y en mis orificios
implantar plásticos, bajo mi cabeza
colocar de nuevo a San Martín el negro.
Despertarían las aletas de mi nariz, el tercio superior del torso,
hormiguearían mis meñiques,
pero ningún invento bruñiría mis ojos
o afinaría mi voz hasta hacer que cantara.

Mamá, nunca me dijiste
lo que me esperaba ahí fuera.
Extiende las piernas, suplica mi vuelta,
y seremos una de nuevo.