31 diciembre 2013

Lista de mentiras para el nuevo año

No volveré a viajar en metro. No volveré a la universidad. No volveré a marcharme sin causas. No volveré a vivir en una gran ciudad. No volveré a hacerme un piercing sólo porque viva en una gran ciudad y sólo cueste 9 euros, aro de repuesto incluido. No volveré a cortarme el pelo. No volveré a oír The house of the rising sun en el tocadiscos al llegar a casa.
No volveré a leer poemas y a creer que describen mi muerte. No volveré a creer que la muerte es un margen dulce y deseable. No volveré a utilizar los libros para no sentirme sola. No volveré a sentirme sola por culpa de un libro. No volveré a crecer. No volveré a envejecer. No volveré a tener 21 años. 
No volveré a hablar sin tener algo que decir, algo hermoso y lleno de colores. No volveré a callarme cuando apremie la oscuridad y lo único que me reste en mi interior sea el alarido.
No volveré a tener miedo de un hombre. No volveré a maquillar mis heridas. No volveré a escuchar muchas canciones. No volveré a ir a por el desayuno. No volveré a no dormir nunca. No volveré a abandonarme. No volveré a dejar que me abandonen.
No volveré a comer animales. No volveré a hablar con extraños. No volveré a besar a extraños. No volveré a beber los lunes. Ni a emborracharme hasta perder la consciencia. Ni a esconder cigarrillos en los zapatos. No volveré a llorar. No volveré a fingir un orgasmo. No volveré a dejar que el tiempo me convenza de que es ley de vida. No volveré, no, a legislar la vida. Ni a acatarla. Ni a entonar el mea culpa por culpas que no me pertenecen. Ni a agachar la cabeza. Ni a dar la espalda.
No volveré a ir a un hospital. No volveré a ir a un velatorio. No volveré a mencionar el cáncer, la ceguera o la locura. No volveré a palparme los pechos, los ojos exhaustos, el corazón helado. No volveré a tener miedo. No volveré a ver llorar a mamá. No volveré a hacer llorar a mamá. No volveré a pronunciar el nombre de alguien que ya duerme para siempre.
No volveré a olvidar que hay alguien que merece un lugar y una risa. No volveré a olvidar que hay alguien que un día me salvó. No volveré a olvidar que hay alguien que me sigue salvando aunque no lo sepa.
No volveré a buscarlo todo. No volveré a probarlo todo.  
No volveré a decir mentiras.


13 diciembre 2013

La mujer que se corrompe

Charles Sprague Pierce
Cuando veo una pareja discutir en televisión siempre digo: somos nosotros. Aunque en realidad nunca discutamos. Aunque en realidad sólo yo discuta -yo contra la manía, yo contra el silencio; qué tendrá en su composición que me confina a una sola partícula-. Cuando leo a una mujer casada que reclama el sueño prometido, siempre pienso: ésa soy yo. Aunque el único papel que nos una sea el del primer poema.
Lloro al leer La mujer rota, me ves y no dices nada. El silencio será nuestro sarcófago. Lo fue desde que decidiste enterrar tu dolor y sedar el mío; al revés no era posible. Pero llegará el hastío y también la rabia, ya lo intuyes, comprendes, lamentas, y a pesar de todo permaneces. El silencio será tu fusta. ¿Ya has aprendido a usarla? Qué haces ahí parado: acércate. Qué haces ahí callado: aséstame el golpe.
*
Sé muy bien cómo acaba esta historia: donde empezó.
En una ola.
*
Siempre sigo la misma corriente, siempre muerdo el mismo gusano, siempre me arrastra la misma red, siempre me pesca la misma pereza. Tienes que sortearla, le ordeno a mis manos, a mi parálisis le digo: ten valor. La pereza no es más que una rendición precoz. Retoma las armas. Vuelve al frente.
*
La juventud y eso que los italianos designan con una palabra tan bella: stamina. La savia, el fuego que permite amar y crear. Cuando has perdido eso, lo has perdido todo.
*
La pereza huele a edad y la edad huele a entraña. No me repares: embalsámame. Porque no soy la mujer rota sino la mujer que se corrompe. Año en descomposición ojos huecos. La juventud la semilla la vejez el fruto.
*
Yo debería estar escribiendo todo antes de que gire la rueda.

07 diciembre 2013

annie costello / viva / cáncer de futuro

Edvard Munch
Me encuentro mal. Y eso, preguntas. Tratas de nombrar mi carencia o mi exceso. Como si pudiera saberse. Como si pudiera curarse. El vapor de agua se diluye formando riachuelos delgados, corre abajo hacia el desagüe. No quiero salir de esta ducha. Meterme en la cama. Capitular. ¿Quieres hablar de pesadillas? Las mías sólo hablan de cáncer. No hay monstruos. No hay villanos. Mi terror nace en una duda. Mi terror nace en un mapa genético y muere en un túnel de resonancia. Me cortaré el pecho antes de tiempo. Me limpiaré dentro con cenizas. Me encuentro mal; y eso, preguntas. Respondo: probabilidades.

01 diciembre 2013

Irse de casa y volver a casa significa forcejear

Irse de casa y volver a casa significa crecer, me lo han dicho siempre. Significa dejar de resplandecer, renunciar a lo que me conforma, ofrecérselo a una causa mayor. El cambio, el ascenso, el avance. La madurez, el desencanto, el olvido. Lo sé desde el primer adiós, inesperadamente hiriente. Desde el primer llanto reprimido junto a un hombre rubio y alegre –pero verá, mi madre está ahí fuera, la dejo atrás con este viaje, con este viaje que he ansiado e imaginado durante años, y que ahora sin embargo pierde también su resplandor–. Lo sé desde el primer cuarto que cerró sus puertas dejándome a solas. Los muebles nuevos, las paredes vacías esperando a ser enterradas, cubiertas por una vida hecha pedazos de papel fotográfico. Lo sé desde aquella primera pregunta: y ahora, ¿qué?; y ahora, ¿cómo?
Irse de casa y volver a casa significa forcejear. Desdoblarse en dos cuerpos, oscilar entre polos, debatirse entre dos almas. Significa, respectivamente, entregarse y rendirse; por eso aquí estoy. Sin haber partido ni retrocedido. En la franja de los cobardes. Aquí moran quienes no claudican pero tampoco se dan por entero. Quienes carecen de hogar o de alas con las que salir volando. 

24 noviembre 2013

Volver al bosque

Pero quién no ha suplicado ser devuelto al bosque al que perteneció en algún momento. Quién no ha cantado a la pureza cercenada de nuestras corazones; tan preciada, tan pobremente reemplazada por señuelos. Los cables, los tejidos. Los muros, los nuevos dioses. Quién no ha llamado a la guerra a sus más bajos instintos, alzándolos como banderas, ondeándolos contra lo inútil y artificioso de nuestras vidas. Es preciso quitarse las gafas y discernir cuanto está a nuestro alcance. No más limosnas del progreso, no las necesitamos. No nosotros, los sanos –y aún así, los auténticos ciegos–. Nuestra vista serán nuestros ojos. Nuestra fuerza, nuestros brazos. No el vidrio domesticado, no el rumoroso baile de las máquinas. Los altavoces no escuchan, tampoco los libros contienen saber. No más que el que podría enseñarte el mundo en una mirada.
Dejé de leer al oír la secuencia de sus pasos acercándose. Cerré rápidamente el cuaderno y lo deposité en el escritorio, en el mismo instante en que apareció en la puerta. Ruborizándome, comencé a balbucear una excusa, pero ella aparentaba no haber visto nada y ni siquiera parecía oírme.
–La cena está lista –anunció simplemente.
Y continuación recorrió el cuarto con su vívida mirada gris. No pareció reparar en mi nerviosismo y tampoco en su diario, que, sobre la mesa, acusaba a gritos mi crimen. Cuando se acercó, me di cuenta de que su recogido de trenzas se había desgreñado, y me pregunté si habría sido Noel el culpable. Si habría deslizado sus largos dedos en su nuca, hasta lograr que su peinado se deshiciera en remolinos.
–No te ha durado mucho –le dije, tocando una de las trenzas. Mis mejillas aún ardían.
–Noel es incapaz de mantener las manos en los bolsillos.
–Lo dices como si fuera algo malo.
Sonreía, pero había una nota de aspereza en su voz. También su semblante se había oscurecido por un segundo. Había ocurrido otras veces. De pronto, la expresión de Mandy se hacía eco de una emoción desconocida, cuya huella estaba seguro de no haber visto jamás en nadie. Aquella sombra desaparecía casi al instante, pero no era, en ningún caso, algo fácil de olvidar. La primera vez le había preguntado si ocurría algo, pero ante su negativa y su interés en reanudar de inmediato la charla pasé por alto el incidente. Probablemente algo había cruzado sus pensamientos –quizá un recuerdo desagradable–, y eso era todo. Pero conforme pasaban las semanas y la compañía de Mandy se hacía constante, había visto en más ocasiones florecer esa mueca de angustia, reflejo tal vez de una angustia auténtica; una mueca que me causaba un profundo desconcierto. Le había preguntado a Noel la razón de aquellas escenas, y su respuesta había sido predeciblemente despreocupada.
–No sé, no sé. No te lo tomes a mal. No es nada personal. Ella es un poco rara.
No, Noel nunca sabía. Era su principal alegato y era fácil creerlo. En lo relativo a Mandy, todas sus respuestas eran imprecisas, y a veces sentí el deseo de zarandearlo hasta hacerlo hablar y confesar de viva voz todos sus secretos. Y lo hubiera hecho, de no ser porque una parte de mí intuía que tampoco él tenía idea de cuál era la respuesta. La inocencia de Noel, apenas mermada por el curso de los años, era a la vez el obstáculo que los separaba, que trazaba entre ambos una frontera indisoluble. Había elegido seguir preso de su propio amor, obstinado y ciego, para mantenerse a salvo. No hubiera sido capaz de encarar su propia ignorancia, respecto a ella, respecto a todo. La placidez del día a día era un buen precio a pagar por no saber quién era ella, ni qué ansiaba, ni qué era aquello que tenía el poder de frenar en seco sus discursos, contrayendo su rostro del mismo modo en que lo haría un dolor lacerante, abortando el rumbo de todo lo que estuviera aconteciendo.
[...]

13 noviembre 2013

Aproximaciones a la trama nupcial

Nos encontramos en Estados Unidos, a principios de los ochenta. Madeleine Hanna estudia literatura inglesa en la Universidad de Brown. Se llama a sí misma victorianista y trabaja en una tesis sobre el matrimonio en la novela del S. XIX. Es su último año en la facultad y se asoma a un futuro prometedor, pero incierto. Una incertidumbre a la que se suma la presencia de dos hombres en su vida: por un lado su novio, Leonard Bankhead, carismático aspirante a biólogo y víctima de un desorden bipolar; por otro, su amigo y pretendiente, Mitchell Grammaticus, un estudiante de Ciencias de la Religión con vocación mística. A partir de este clásico triángulo amoroso construye Eugenides la que ha sido considerada por muchos la novela del año.
El autor de Las vírgenes suicidas Middlesex fue claro sobre su intención: quería escribir una historia de amor, pero no una historia cualquiera. Eugenides quería hablar del amor desde una perspectiva experimental, entre la escritura del sentimiento y la vanguardia literaria. Podemos decir que lo ha conseguido. Eugenides transporta una trama decimonónica a un contexto y unos personajes contemporáneos. Los tres protagonistas se debaten entre las utopías que persiguen y la desmitificación de estas; entre su propio e inevitable sentimentalismo y las teorías que lo desmontan. Estamos hablando, no olvidemos, de un tiempo en el que en las aulas imperaba el discurso de Barthes y Derrida; un tiempo en que conceptos como posmodernidad y deconstrucción eran el último grito en los círculos académicos: ‘La semiótica fue lo primero que olió a revolución en las aulas universitarias. Marcaba una frontera, creaba un ‘elegido’; era sofisticada y europea; trataba temas espinosos, como la tortura, el sadismo, el hermafroditismo… el sexo y el poder. (…) Podías abandonar a K. McCall Saunders y a la vieja Nueva Crítica. Podías desertar y unirte al nuevo imperio de Derrida y Eco. Podías matricularte en Semiótica 211 y averiguar qué era aquello de lo que hablaba todo el mundo.
La novela se encuadra dentro del género de Bildungsroman o novela de formación. Narra el paso tembloroso a la adultez de una generación crecida a caballo entre los valores tradicionales de sus padres y las nuevas corrientes intelectuales que irrumpían en la universidad. La protagonista, Madeleine, se empapará de esta tormenta de ideas con curiosidad y cierto rechazo. Después de todo, ella es una victorianista. Una soñadora. Tras sus clases de semiótica y análisis del lenguaje, no puede evitar sentir alivio al volver a sus libros favoritos; en ellos encuentra cobijo y esquiva un mundo real que no acaba de convencerla.
¡Qué maravilloso era que una frase siguiera lógicamente a la anterior! ¡Qué exquisita culpa sentía al disfrutar perversamente de la narrativa! Madeleine se sentía a salvo con una novela del siglo XIX. En ella habría gente. Y algo le iba a suceder a esa gente en un lugar parecido al mundo.
Madeleine sufre la contradicción de su época. Una contradicción que hoy está a la orden del día: la exaltación de la independencia sobre los vínculos personales. Solo que Madeleine, alentada por años de lecturas románticas, se decanta por la segunda opción. Escoge la entrega absoluta de las heroínas de sus libros. Desoyendo los consejos de su familia y acallando sus dudas, Madeleine se casa con Leonard. El trastorno maníaco-depresivo de su esposo se convertirá en el irrefutable estandarte de su amor. Un amor que tiene doble filo, y es que leyendo a Madeleine uno tiende a pensar que su sacrificio no nace tanto del deseo de salvarlo de la locura, sino del querer ser precisamente ella quien ejerza el rol de salvadora. ¿Y acaso este deseo no es otra manifestación más del propio ego?
-¿Y tú quién eres?-Alguien que sabe por propia experiencia lo atractivo que resulta pensar que uno puede salvar a alguien amándolo. […] La gente no salva a la gente. La gente se salva a sí misma.
Nuestros personajes actúan conforme a patrones culturales asumidos que les dicen cómo han de sentirse, y cómo actuar respecto a ese sentimiento. Conforme avanza el libro, empiezan a intuirlo y solo al final parecen haber caído en la cuenta de ello. Tal es el caso de Mitchell, el tercero en discordia. De los tres, es el más racional; paradójicamente, también el más religioso. Tras acabar los estudios, Mitchell emprende el consabido viaje mochilero para encontrarse a sí mismo -similar al que Eugenides emprendió en su juventud. Si Madeleine y Leonard hacen del matrimonio una vía hacia la redención mutua, Mitchell hará lo propio con el camino de la fe. En un periplo que lo llevará desde París hasta la India, asistirá a sus primeras revelaciones como adulto. De nuevo cómo la tentación de salvar a alguien, de salvar algo, encierra a menudo nuestra voluntad de trascender.
Incluso la gente que era política y que protestaba contra la guerra en El Salvador lo hacía en gran medida para nimbarse con una grata luz de cruzada. Y los artistas eran los peores, porque creían que vivían para el arte cuando en realidad no hacían sino alimentar su propio narcisismo.
O:
Las experiencias místicas importaban solo en la medida en que cambiaban la concepción de la realidad del sujeto en cuestión, y si tal concepción -modificada- llevaba a éste a un cambio de conducta y de acción, a una pérdida de ego.
Se diría que La trama nupcial trata, más allá del amor, de ese ideal que todos tenemos -en especial cuando somos jóvenes- y al que nos dedicamos por entero, hasta que nos defrauda y, progresivamente, se atenúa. La metamorfosis de Madeleine es un ejemplo. Su breve pero intenso matrimonio terminará poco después de haberse consumado. Pasará entonces a ser una mujer enteramente dueña de sí misma, en lo bueno y en lo malo. Comprende que la trama nupcial ha caducado. Quizá fuera de vital importancia en el Siglo XIX, en tanto que era el modo definitivo en que una mujer podía realizarse. Pero no ahora. ¿Qué importaba con quién se casaba Emma si luego podía presentar una demanda de divorcio? Ahora la solución pasa por superar esos viejos códigos y enfrentarse a la vida sin parachoques. De modo que Madeleine renuncia a Leonard, y Mitchell renuncia a Madeleine, y el desenlace parece un pacto mordazmente acordado; los tres vuelven a estar como al principio –solos-, aunque ya no son quienes eran. La realidad que han enfrentado ha sido dura y necesaria para su madurez. Y sin embargo, como lector, uno experimenta desencanto. Porque es algo así lo que se siente al ver apagarse un ideal.
Lo que queda por decir de este libro ya lo han dicho otros, con las palabras adecuadas, y yo me quedo con las de Michiko Kakutani. Porque sin duda resumen a la perfección que esta novela, por encima de todo…
«... nos recuerda con una lucidez fuera de lo común qué significa ser joven e idealista, perseguir el verdadero amor y enamorarse de los libros y de las ideas.»


(artículo publicado en Revista Détour)

28 octubre 2013

Estoy viva, y me siento viva, y tengo derecho a sentirme viva

Rebekah Campbell
Estoy viva
y me siento viva
y tengo derecho a sentirme viva.

He atrapado la luz
con dedos de araña,
brindado por ella
en copas de árboles
mucho más altos que mis renuncias:
castillos aéreos
columnas antiguas
países prohibidos
más allá
de los límites del buen juicio.
He sido vieja
sin sabiduría;
he sido pájaro
el primer día
de la creación
sin que el cielo existiera.

Desecado una flor que calló los síes,
bendecido y besado mis argollas,
hundido mis pies en el Estigia.
La muerte era mi deber.

Anudé una soga
cabello a cabello
quise estrangularme mientras dormía
si así me salvaba de un mal sueño
que escapaba a las noches,
amanecía girando
en el microondas,
primer trago
palabra y nudillos
mejilla y golpe
también los ojos
sobre todo los ojos
huellas violáceas
cejas coronas
dolor párpados
lilas pudriéndose,
si supiera ahora
si me viera ahora
desde lejos
sin tocarme.

Ha pasado tiempo.
El chasquido tiembla
todavía
al hacer memoria
recuento de silencios
y ofrendas
pero si hablo sé que mi voz es firme...

Estoy viva, 
y me siento viva
y tengo derecho a sentirme viva.
Y no existe ningún motivo
                              -ni amor ni lucha milenaria-
que justifique que esta vez
sea la primera.


  Entre tus brazos.

23 octubre 2013

Rayuela o qué no leer si estás escribiendo un libro


          Tengo un problema con Rayuela. En realidad no sería un problema si no estuviera escribiendo un libro. Pero escribir un libro es imposible durante o después de Rayuela. Esto parece, a todas luces, un despropósito, pero mis razones son fundadas.
            -La primera, de índole ‘técnica’: es una novela experimental. Supone un hito demasiado brusco como para que nuestro proceso creativo siga impasible tras su lectura. Rayuela es novela, antinovela y contranovela: se nutre del caos. Así que, escritor currante, tú que trabajas en tu libro como Miguel Ángel en la Capilla Sixtina, pincelada a pincelada, mantente alejado de Rayuela. Porque sus páginas te harán pensar que el arte nace del desorden y de la improvisación, y entonces querrás parecerte a Pollock, y harás trizas todas tus notas, y no querrás tirar todo tu trabajo por la borda, ¿verdad?
            -La segunda razón, y la de más peso: es una novela completa. Todos tenemos una novela así en nuestras vidas. Una que, a nuestros ojos, conjuga tanta perfección que escribir por un momento deja de tener sentido. ¿Para qué? Está todo dicho. Guardemos en el cajón nuestras vagas tentativas retóricas y dediquémonos a admirar las existentes. Porque las novelas completas son inimitables e inigualables, y –la prueba del algodón– trascienden el paso del tiempo.
            Basta pasear por Twitter para comprobar lo mucho que Rayuela ha influido en el imaginario de los jóvenes lectores actuales. En los dos años que llevo en esta red social, son docenas las chicas que he visto suspirar por el Pont des Arts, o los hombres que evocan a su transeúnte más inolvidable. Está claro que para encontrar a la Maga no hay que buscarla, hay que perderse, dice Diego Álvarez @jazzmeplease, y posiblemente esté en lo cierto: Rayuela incita a la aventura. ¿Será esto lo que ha hecho mella en una generación tan posterior a la suya? ¿Por qué la Maga y no cualquier otra heroína literaria actual? ¿Por qué ansiar París o Buenos Aires en un tiempo en que mis coetáneos acaban en Londres y Berlín?
            Puede que la causa sea la libertad. Si existe algo que aglutine a jóvenes de cualquier época, es esa sed suya que clama librarse de la imposición. Aunque con el tiempo cambie de forma, el espíritu es invariable. José María Guelbenzu, crítico literario, confirma este papel de Rayuela como un soplo de aire fresco.El hombre contemporáneo pisa el terreno de la inseguridad y Rayuela es la respuesta y la resistencia a esa inseguridad, el relato de una vida a través del desorden y la mitomanía, un viaje sentimental en busca de la lucidez. Por eso gusta tanto a los jóvenes, sigue siendo una obra maestra y hoy sigue siendo rompedora.’  

                 
            Una novela rompedora para una época de ruptura
Julio Cortázar
         
           ‘El boom responde al azar, a ese azar que hace tan bien las cosas. El azar hace muy bien las cosas en la Historia, lo hace mucho mejor que la lógica. Que un momento histórico importante para América Latina, en que está dominada por un imperialismo que la quiere convertir en una factoría, en una colonia, que el azar haga que aparezcan 5, 6, 8 excelentes escritores que lanzan un montón de libros y de golpe crean un estado de conciencia que abarca todo el continente.’

            Así se expresaba Julio Cortázar en la entrevista que Soler Serrano hizo para el programa A fondo en el año 1977. Con un deje francés que evocaba su vida en la capital gala, el artista hacía alusión al contexto en que sus obras se desarrollaron. Un contexto más bien agitado. Y es que los sesenta engendraron Rayuela pero también engendraron Woodstock, la marcha por la igualdad racial, el Mayo de París y las revoluciones latinoamericanas que vendrían acompañadas del llamado boom.
            Es difícil hablar de Rayuela sin hablar del boom. Esta eclosión de las letras hispanas fue a la literatura lo que el cubismo a la pintura varias décadas atrás: la vanguardia, el cuestionamiento de los criterios estéticos establecidos. Se acaba con la linealidad de la trama y el tiempo. Se introducen voces alternativas. Rayuela es la mejor muestra de esta subversión, pero hubo otras que también supusieron la inclusión de nuevos temas. El realismo mágico de García Márquez distorsionó la línea entre realidad y fantasía; Vargas Llosa, la diferencia entre historia y ficción. En un momento en que Latinoamérica luchaba por escapar de un pasado colonial, los autores del boom devolvieron al pueblo la conciencia de su lengua, su cultura y su legado. Sus obras alimentaron el debate y llamaron a la acción.
            ¿Quién fue Cortázar dentro este movimiento? Un rostro amable, un idealista. Un alquimista, lo han llegado a decir. Nacido en Bélgica, hijo de un diplomático, vivió a caballo entre Argentina y Europa. ‘Pasé mi infancia en una bruma de duendes, de elfos, con un sentido del espacio y del tiempo diferente al de los demás’. Maestro y literato, escribió hasta sus últimos días batallando contra la leucemia. Pero, sobre todo, soñaba. Soñaba y hacía soñar con su atípica visión de las cosas, visión que rozaba el absurdo. Fue él, de entre sus colegas, quien más caló en los lectores, hasta el punto en que ya no tuvo lectores sino ’seguidores, adeptos, creyentes. Ese carisma tiene una probable explicación  y es que Rayuela fue en su época una tremenda propuesta vital, un modo de vivir y entender las relaciones humanas’ (Santiago Gamboa). 


La revolución del lenguaje y la reivindicación de la magia
            Oí una vez que leemos para encontrar respuestas. Bueno, quien lea Rayuela esperando una respuesta se equivocó en su elección. Nos hallamos ante un libro compuesto de pequeñas ­–y grandes- preguntas. Este interrogante se hace patente desde el inicio, ‘¿Encontraría a la Maga?’. En realidad, sólo el hecho de leerlo implica una duda. Seremos invitados por el autor a hacerlo de dos formas: bien en orden tradicional, bien utilizando un croquis que nos llevará capítulo a capítulo aleatorio en un salto permanente. Rayuela, como la vida, es caprichosa, enrevesada y nos obliga a tomar parte en el juego.
            Trata de las peripecias de un emigrante argentino en París, Horacio Oliveira, y de las personas que lo acompañan. El Club de la Serpiente o su círculo de amigos intelectuales; más tarde, en Buenos Aires, el matrimonio de Traveler y Talita. Conforme avanza en su argumento, Rayuela cambia de muda: de disertación filosófica a tratado de jazz, carta de amor, nube de aforismos. Pero el eje de la historia es, sin duda, la Maga. La amada de Oliveira es una mujer extraña, madre de un bebé enfermo, habitual de los puentes y amiga de los clochards. Ella, al contrario que los pretenciosos miembros del Club, no entiende de ríos metafísicos; mas su sensibilidad especial la sitúa en un plano superior. ‘Yo describo y defino y deseo esos ríos, ella los nada’, admite Oliveira, quien se sentirá atrapado y enternecido por esta figura femenina. Y nosotros, probablemente, compartiremos su destino. Porque la Maga es ese fantasma que a menudo perseguimos a lo largo de nuestra vida, al igual que la persigue Oliveira a lo largo del libro. Aunque acabe perdiéndole la pista y no le quede más que su espejismo. La Maga, haciendo honor a su nombre, es quien dota a Rayuela de magia. Una magia nacida en los asuntos ordinarios, manifiesta en el ente cortazariano por excelencia: el azar. ‘Andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos’. Esta cita es la que mejor condensa la idea de casualidad y causa como motor del mundo que parece defender Cortázar. Dice Edith Aron, la mujer que inspiró a la Maga: ‘él (Julio) me decía que había que poner poesía en la vida de la gente. (...) Y cuando nos encontrábamos por casualidad, me explicaba que los surrealistas le daban mucha importancia a esos encuentros, al azar…’.         
            Poesía es precisamente lo que no falta aquí. Aunque se trate de una obra en prosa, tiene carácter de poema. El lirismo está presente aunque se camufle en el párrafo. Claro que es difícil asignar Rayuela a un género o estilo. Los puntos de vista cambian a voluntad y se omiten las convenciones. En el capítulo 34 el lector ha de leer las líneas de forma intercalada para seguir el hilo del texto. En el capítulo 69 encontramos faltas de ortografía abiertamente premeditadas. El 68 es el más popular. Cortázar va más allá y narra toda una escena erótica en un idioma inventado que bautiza ‘glíglico’. ‘Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes...’

Héctor Zampaglione
Pero incluso la devoción cortazariana tiene sus detractores. Algunos tachan Rayuela de experimento fallido; otros, de culterana y en exceso europeizante; otros, de novela que cae en el olvido con la madurez... su compatriota Damián Tabarovsky la tilda de adolescente: ‘nació cursi, llena de recursos demagógicos’. Pero quien no haya sido vergonzosamente cursi en su juventud, que tire la primera piedra.
Yo misma he comenzado este artículo arrojando piedras contra Rayuela; supongo que a estas alturas se intuye cuál es la razón. Mi verdadera razón es la envidia, porque estoy escribiendo un libro. Y es imposible escribir un libro durante o después de Rayuela. Yo era una chica cansada de las viejas historias de siempre, ya saben, presentación, nudo y desenlace, y apareció Cortázar con sus cronopios, sus vueltas de tuerca, su enredo dialéctico. Nada volvería a ser igual. Ya había existido alguien capaz de tomar la anarquía de los veinte años –de mis veinte años–, y confinarla en un volumen. Capaz de acertar a retratar una sensibilidad, qué diría Peri Rossi. Aquella que se mantiene a pesar de cualquier ruptura: el amor, la búsqueda del paraíso. Después de tal síndrome de Stendhal, crear no tenía sentido.
O quizá sí. Quizá merezca la pena crear a pesar de todo. A pesar de Rayuela, incluso. Aunque todo esté inventado. Quizá el motivo de que existan libros como Rayuela  es precisamente comprender a qué podemos aspirar. A rastrear lo inalcanzable, a perfilar un sueño y dejar que se esfume. En definitiva... a buscar a la Maga. Así que, escritor currante, tú que trabajas en tu libro como Miguel Ángel en la Capilla Sixtina, pincelada a pincelada... no dejes de leerlo.
No dejes de soñarlo.

(artículo escrito para el nº25 de Granite&Rainbow)

18 octubre 2013

Krokodil. Bestialismo.



(no tenéis idea de cuánto veo. los ojos se me escaman y mudo de piel cien veces, tan sucia estoy por dentro, ansiosa por sólo ser huesos, sin sangre que me domine. vi un documental sobre la última droga de moda, la llamaban krokodil, un sustituto de la heroína, pudría la carne, la devoraba; yo tengo la mía: es la belleza. «a veces siento como si la contemplase toda a la vez, y me abruma», y también me engulle y me devasta. pedazo a pedazo. son ellos. todo en ellos. de todas las formas y tamaños y todos bellos y desconocidos, al cruzar la calle o cediéndome el paso, siendo ajenos a mi existencia, sí; ellos, la inyección o la chispa del incendio. 

no tenéis idea de cuánto muerdo. porque muerdo de noche, cuando nadie intuye ni puede escucharme, cuando nadie acusa, muerdo. devengo animal, (ani)mal, Annie-mal... el lenguaje nunca es inocente como tampoco lo son tus manos, aparta las manos y el pensamiento, aparta el deseo y también los hombres, pero no puedes evitarlo: los has esperado tanto tiempo. pasaron tan deprisa cuando tu avidez apenas seguía siendo niña, cuando no sabías atraparlos, retenerlos; tampoco habrías podido, no hasta que aprendiste a jugar. traviesa ruleta, generoso azar. aparta la fiera de tus dientes. lo salvaje es sucio, lo sucio es pecado, y pecar no te librará de la muerte. recuérdalo cuando te desnudes con las ventanas bien abiertas.

no tenéis idea de cuánto miento. es involuntario, las palabras de calma vuelan solas desde el tórax hasta los oídos de quien quiere oírme enunciar la llegada, bendecir la paz, ensalzar la pureza. mentira. sigue vivo el viaje, la adrenalina, el sudor. este cuerpo que no está hecho para mantenerse o contenerse; esta mente concebida para deshojarse, este sexo creado para desbordarse... leí un artículo sobre la última literatura erótica de moda: paleozoofilia. porno con dinosaurios. la gamberrada de un par de estudiantes de Texas es mi sonrisa del día. sonrío mientras cae la tarde como un torrente bajo mi blusa. a solas todos somos bestias. demasiado calor para octubre.)


Peony Yip

12 octubre 2013

El lugar donde van a morir las crisálidas


It’s a long climb / up the rock face
at the wrong time / to the right place.
Nabokov

                  –Dime, Cora. ¿Por qué te niegas a crecer?
               Cora se mostró asombrada.
               –¿Por qué da por hecho que es así?
               –Tienes quince años y aún no te ha llegado el día. Tu cuerpo no se desarrolla al ritmo habitual, pero eso no es lo importante, al fin y al cabo. Muchas mujeres pasan sus años encerradas en cuerpos de niñas, pero alcanzan la vejez en sus corazones. Sin embargo, tú... –Pe se detiene y la mira con intensidad.
               «Tú no has sangrado ni por fuera ni por dentro. Eso no es, por supuesto, tu culpa. Después de todo no sabes de lo que estoy hablando, pero, como ya te he dicho, lo irás aprendiendo. Despacio. Eres tan ajena a lo que te ocurre. Puedes suponerlo, pero lo ignoras. En realidad todos lo ignoramos. Hay demasiados rincones de nosotros que no alcanzamos; rincones que albergan esencias, fuerzas que nos impulsan al movimiento o a la quietud. Algo en tu interior no tiene nombre y se resiste al paso del tiempo. Eso es obvio; de lo contrario no estarías aquí».
                –Y, ¿qué es ese algo? –musitó Cora–. ¿Algo mental? ¿Un alma?
               –¿Qué diferencia hay entre una cosa y la otra? Buscamos la localización del alma como si dispusiera de un cuarto propio; cómo si nuestra naturaleza estuviera compartimentada y a cada estante correspondiera una cosa. Un gen, una esencia. ¿Y si el alma se encuentra en cada una de nuestras microscópicas divisiones? No como algo mesurable, delimitable en un sitio fijo; sino como algo ubicuo, algo que empapa. Un perfume que se adhiere a cada partícula de nuestro ser. ¿Nunca se te ha ocurrido? Claro que no, eres demasiado joven. Pero pensarás sobre ello, verás.

[...]

            «He de crecer y convertirme. Es triste, pero inevitable. Por eso mamá, en mis cumpleaños, se toca la barriga sin darse cuenta, y por eso papá se enfada cuando me salto el toque de queda. No quieren que me haga adulta porque ser adulto es tan terrible como imposible de evadir.»

[...]

               Una vez en las lindes del bosque, se adentraron en él por el sendero. Los helechos formaban arbustos que entorpecían su paso, y los troncos, imponentes, nudosos, se alineaban regios como columnas. De pronto, Perséfone se paró y, con un ademán sigiloso, señaló hacia arriba.
               Eran mariposas. Pardas, anaranjadas, amarillentas, de todos los tonos que invocaban a la calidez del verano. Posadas en las ramas o aleteando en dirección a la copa del árbol, donde las hojas cada vez eran menos y dejaban traslucir la luna.
              –Son hermosas, ¿verdad? Un milagro. Al principio un simple huevo y al final... observadas, capturadas, perseguidas, retratadas. La mariposa es un animal frágil, pero digno de fascinación. Se hace a sí misma desde el principio, y eso le otorga otro tipo de fuerza.
               Algunas revolotearon en torno a ellas, pero sin llegar a tocarlas. Permanecieron sobre sus cabezas, trazando extrañas figuras con su vuelo.
               –Nuestra metamorfosis es más difícil –dijo Pe con amargura–. Nos negamos a aceptar que todo lo que comienza, termina. Completar el ciclo en el que nacemos sin remedio. Todo es un círculo y somos la única especie que se empeña en romperlo. Engañar a la edad, eludir la muerte. Para qué.
               El resentimiento en su voz habló por sí sólo. Le habló a Cora de algo que su dueña nunca iba a contarle. Que no era sólo sabiduría lo que atesoraban sus palabras, sino algo más profundo e hiriente que tenía que ver con ella, con su condición de humana, con su condición de mujer, con su condición de ser sometido a la naturaleza. Con respeto contempló a su mentora, diminuta en comparación con el árbol, ensimismada en la admiración y envidia de aquellas etéreas, diminutas, criaturas. Y, finalmente, comprendió.
               Permanecieron largo rato en pie, con la vista vuelta hacia el cielo. En una rama elevada que no alcanzaban a ver, una crisálida dormía. Escondida, retirada del mundo, solitaria en su hogar pasajero. Llegando a su fin.
(fragmentos de mi relato El lugar donde van a morir las crisálidas)

Yayoi Kusama   

04 octubre 2013

Apunte sobre bodas (primera parte)


               1. No hace mucho que conocí a McCullers. Fue a través de un fragmento de La balada del café triste, ése sobre el amante y el amado que tanto gusta a la gente. Después devoré el libro y no tardé en comprender que acababa de hacer uno de los hallazgos de l año. Carson es, y me quedo corta, una cuentacuentos de alto nivel. Escribe desde el sur y para el sur, y por eso sus textos son difíciles de llevar en este principio de otoño, el más tórrido que recuerdo. Pero sobre ella ya hablaré más adelante. Hoy he venido aquí por culpa del matrimonio. Porque de un tiempo a esta parte se ha colado en mi cabeza y también entre mis lecturas.
               Frankie y la boda lo encontré en Taifa, en mitad de un viaje a Barcelona muy hermoso y algo triste. Así es este libro, hermoso y triste. Frankie tiene doce años. Es una chica tosca y andrógina cuya vida trascurre presa en un pueblo que la aburre. Se parece un poco a mí a los doce años, cuando aún no tenía carnet de identidad, ni identidad, y me soñaba feliz en ciudades lejanas –aunque qué sabía yo de lejanía entonces–. Frankie se siente sola. Frankie busca escapar. Y encuentra el modo, o eso piensa. Su hermano está a punto de casarse y, cuando lo haga, la llevará con él. Debe llevarla con él, aunque ésto lo decide sin preguntarle. El hermano permanece ausente durante toda la historia pero eso no le impide soñar. La niña teje febrilmente, rozando la obsesión, la fantasía que pronto se convertirá en su nueva vida. O eso cree.
               2. Cuentan que Carson concibió este libro al pasar delante de un convento que tenía la puerta abierta; en su interior vio niños que jugaban y comían helados. Los helados, ese símbolo pueril y universal del deseo. Cuando era pequeña conocí a dos hermanos del este que habían sido adoptados. Desconocían qué era poder comer cuanto quisieran, y lo primero que pidieron fue helado. Después otro, y otro, y otro. Probablemente comieron helado hasta que se convencieron de que no les estaba prohibido. Un helado imposible, de eso trata Frankie y la boda. Del deseo negado. De la puerta abierta del paraíso que se entorna al sentirnos cerca. De qué significa no pertenecer a algo, pero tampoco a nada; vagar en las fronteras, vivir en tierra de nadie.
No tenía miedo de los alemanes ni de las bombas, ni de los japoneses. Tenía miedo porque no querían incluirla en la guerra y porque el mundo, en una forma u otra, parecía separarse de ella.
            3. Según la sinopsis, Frankie atraviesa una crisis adolescente; en mi opinión, simplemente ha llegado a la primera sospecha. Aquella en que descubrimos que «pertenecer» no existe y que todos somos un poco apátridas. Frankie se sabe en todo momento fuera. Fuera del club de chicas del pueblo: demasiado pequeña para bailar. Fuera de la guerra que todos mencionan: demasiado pequeña para luchar. Fuera de la boda: demasiado pequeña para ¿entender el amor? Se sabe fuera y por ello se pasea arriba y abajo, anunciando a sus vecinos que pronto se marcha, que pronto vuela.
 Es mucho más fácil, pensaba ella acordándose de Berenice, convencer a los desconocidos de que van a realizarse nuestros más entrañables deseos, que a las personas que tenemos en nuestra propia cocina.
               4. Negación: la primera reacción ante una verdad desagradable. En este caso, la soledad. La soledad ante una boda inminente que nos aparta. Es curioso como el matrimonio, una unión por definición, también es capar de trazar una línea divisoria entre los dos y el todo. Toda unión es exclusión. Mamá lo sabe y lo cuenta siempre. Cuando me casé con tu padre, tu tío lloraba y lloraba. Que no me fuera, decía. Que iba a perder a su hermana.
           5. A mamá le gustan las bodas porque está cansada de tumbas. Porque significan, parece creer, desterrar la idea de quedarse aparte. Aunque conlleve dejar atrás a hermanos pequeños que lloran. O que se engañan, como Frankie. Su final es decepcionante. Como ya esperábamos, la pareja de novios se casa y se va. No la invitan a subirse al coche. También ella se lo esperaba, en el fondo. Demasiado pequeña para bailar. Demasiado pequeña para luchar. Demasiado pequeña para entender el amor.
                6. Lo que no sabe es que quienes están dentro, también están solos.