05 diciembre 2012

Ahora te puedo ver en paz, ya no te como.
Franz Kafka

               Nadia había dejado de comer animales. De un día para otro. Yo había vuelto a casa en vacaciones, de forma que no pude ser testigo de las escalas de su metamorfosis. La ausencia me había privado de asistir a su evolución, y cuando regresé al colegio mayor aquel enero, ahíto de asados navideños y melosos dulces, ella ya no comía animales. Así de simple. Había cambiado el hábito de toda una vida con la facilidad de quien decide, de pronto, escoger el blanco en lugar del negro para un vestido de fiesta.
               –Es complicado –alegó, cuando le exigí las causas de su renuncia–, no lo entenderías al momento.
       Con esto quería decir que no tenía ganas de enzarzarse en una discusión sin fin, en la que ella, inevitablemente, perdería, pues la dieta que había escogido, por minoritaria, estaba condenada al fracaso y a ser tildada de insensata. En política, Nadia lo sabía bien, los argumentos de las minorías son ignorados. Y nada hay más político en este mundo que el alimento.
             Nota: Al igual que el petróleo, hijo en discordia de las guerras modernas, el alimento puede ser igualmente esgrimido como espada o lanza en situaciones críticas. En astuta treta económica, las naciones utilizarán la agricultura en su propio provecho, lo que convierte al trigo o al arroz en moneda de cambio, susceptible de ser suministrada o retenida a merced de unos pocos.
               Continuemos.
               Nadia había dejado de comer animales. Sin embargo, comía personas. No literalmente, por suerte para nosotros. Había descubierto hacía relativamente poco el inagotable potencial del sexo como purga y venganza. Y no muy segura de qué hacer con aquella revelación, se dedicaba a exprimirla al máximo, relatando posteriormente ante sus oyentes los más tórridos detalles, detalles que, por supuesto, habíamos de olvidar, pues, como nos repetía encarecidamente, ella era normal después de todo.
               No quiero que penséis nada raro de mí, ¿vale? En realidad soy de lo más corriente, quiero decir que soy también puedo ser tímida, y me avergüenza hablar de la regla delante de los hombres, y cumplo con muchas de esas cosas que parecen santificar a las mujeres.
               Había follado en todas las posturas y escenarios, por teléfono y cámara web, en el coche y contra el armario. Con amores que se avistaban largos como rutas oceánicas, y con extraños de nombres ridículos y datos personales en entredicho. Ella follaba los sábados, o los viernes, o cualquier día, y cuando lo hacía todos nos enterábamos, pues antes de salir de casa asistíamos a su ritual preparatorio: extirpación de granos, eliminación de manchas, devastación de vello. El lavabo aparecía sembrado de diminutos pelos oscuros y la casa se impregnaba de aquella embriagadora vainilla con la que rociaba los aledaños de sus orejas, o sus blanquísimas muñecas. Y el maquillaje. Se emplazaba frente al espejo y su mano hacía maravillas sobre su rostro. La boca era su favorita. La entreabría dejando escapar una hierática exhalación, y sin mudar la pose pintaba sus labios con el mimo del impresionista ante el atardecer sobre una catedral gótica. Humedecía el resultado con la lengua, respiraba satisfecha, y lo salvaje asomaba a sus ojos momentáneamente, reluciendo como un cometa a punto de desintegrarse.
         Follaba en cualquier rincón de la ciudad, y terminaba intercambiando a desgana el Facebook con cualquier interesado en volver a retomar contacto. A desgana porque rechazaba a todos y cada uno, sin alegar motivos. Por ello se había ganado fama de zorra urban y también admiración manifiesta. Terceras personas comentaban que Nadia follaba como quienes conocen el secreto ancestral del amor, y bromeábamos a sus espaldas sobre la oscura e hipnótica magia que debía aplicar sobre sus pobres víctimas, que acababan llamándola a altas horas siendo colgados de inmediato. Y aunque era poco elegante estar al tanto de sus hazañas, las paredes y las fachadas oían sin que pudiéramos evitarlo, y lo que no sabíamos lo contaba ella de resaca, asida a un vaso de bebida de soja como bebé a la teta materna, fiel detractora de la ingesta de leche, rasgo de avaricia y exceso industrial
               Después de semanas conseguí que me explicara aquel cambio en su menú. Irónicamente fue en un McDonald's, a fin de mes no había muchas opciones.
               Miras la hamburguesa con fruición en su cartel brillante, deliciosa, piensas, y la pides, y la imaginas ansioso en tu cabeza, presa de la gula más feroz, todo el tiempo que tardan en prepararla, envasarla, exigir aquello que les corresponde. Buscas una mesa y te sientas. Y antes de que puedas apreciar todos sus colores, ya las has engullido casi por completo. ¿Comprendes el mecanismo? Antes siquiera de distinguir qué es lo que entra por tu boca. Porque en realidad no te subyuga la carne, sino esas fotos de la carne, esas fotos del menú que en realidad... ¿sabes que maquillan la comida? Una vez vi un vídeo del Youtube en el que una profesional, una americana, maquillaba las hamburguesas para los carteles publicitarios. No es la carne lo que abre tu apetito, sino su imagen. La imagen de la carne. La realidad es distinta. Detrás de la carne... detrás de la carne hay todo un mundo de maltrato, y una filosofía tan materialista... ¿comprendes? En realidad es como el mundo. Tragamos lo que tenemos delante antes de ser conscientes de su mierda.
            Me preguntaba si aquella voluntaria abstención era, como hacía ver, un signo político o una mera pose que la elevaba a un plano moral superior al nuestro, al plano de los que en vez de ver el pico o las alas oyen el canto y celebran el vuelo, de los que no ven órganos, sino organismos.
               Un día, cansado de sus gestos reprobatorios por encima de nuestros muy sacrílegos platos, le pregunté qué era de las personas. Si además de a las terneras compadecía a aquellos muchachos a los que nunca les devolvería la llamada, aquellos muchachos a los que les bastaba unas horas para enamorarse de aquella melena desaliñada y oscura, aquella sonrisa de náufraga. Le pregunté si aquellos trozos de carne provistos de ojos capaces de admirar y recordarla, si aquellas simias inteligencias capaces de dar significado a su desprecio, no eran dignos de piedad. Ella se enfureció ante mis alusiones y se levantó del asiento. En la mesa quedaron sus vegetales, enfriándose, sin cadáveres que dieran color a aquel mustio concierto de verde.


               Más tarde, vino a mi cuarto. Dijo que necesitaba un libro, un libro que yo tenía. Una vez lo tuvo en sus manos no se marchó. Permaneció junto a la puerta, como si aún no hubiera cumplido la misión que la había llevado a bajar la escalera vestida tan sólo con su camisón.
               Los hombres se lo merecen -dijo sin más.
               ¿Los hombres los varones? ¿O el género humano?
               Nunca lo supe.
               Se sentó en mi cama. Me habló de los animales, que no son más que bebés, los bebés de una naturaleza tan exhausta que ya no es capaz de defenderlos. Me habló de holocausto y sometimiento, de nuestros métodos, que no son más que torturas; de nuestro derecho a hacerlo, que no es más que una mentira. Habló de Ovidio, Voltaire, Tolstoi, Darwin y hasta de un Beatle. Y mientras hablaba parecía pedir perdón, ante una tercera e invisible presencia, por todos los crímenes perpetrados en favor de su especie.
               Su hermandad con aquellos seres, que nunca reconocerían su sacrificio, me conmovió sinceramente. Pero no dejé de sentir que su protesta encerraba a la vez una acusación; que su renuncia se contraponía a algo, algo que probablemente tenía que ver con la maldad del homo sapiens, con la capacidad que éste había adquirido, a lo largo de tantos milenios, para sistematizar y deliberar el dolor. Su rechazo estaba revestido de matices antropológicos: la inocencia frente a la destrucción planeada, lo primitivo frente a la involución. Aún así, aunque su decisión trascendiera los argumentos banales que yo le había atribuido al principio, seguía desdeñándola interiormente cuando despachaba a sus amigos nocturnos en la puerta del colegio. La desdeñaba por proteger con tanta vehemencia los sentimientos de criaturas ajenas y no ser capaz de atender a aquellos que ella misma suscitaba, con su melena desaliñada y oscura, con su sonrisa de náufraga. Desdeñaba su desdén hacia sus amantes, porque yo también era un hombre. Su desdén hipócrita a los niños asiáticos que habían seguramente cosido sus vaqueros o teñido sus deportivas de marca. Su desdén hacia los que no teníamos crines o pezuñas y que formábamos parte de ese malogrado orden que de alguna forma le había hecho daño y al que ella, a pesar de todo, también pertenecía. Y tumbado en mi edredón, boca arriba como si mirara estrellas, en lugar de un techo ennegrecido de soledad, me preguntaba cuál había sido nuestra ofensa. De qué manera habíamos herido a aquel pajarillo que dormía dos pisos arriba, arrancándola del nido, arrojándola al suelo, exponiéndola al titánico paso de la supervivencia. Cómo, cuándo, por qué, nos habíamos erigido como merecedores de aquel odio cerval que nos profesaba, y, sobre todo, si sería posible mitigarlo. Algún día. No demasiado lejano.


4 comentarios :

  1. Increíble. Sin palabras para decir lo bien que te expresas, que escribes y narras.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Es todo un placer que lo creas así, de verdad... muchas gracias, Irene.
      :)

      Eliminar