06 noviembre 2012

[diario de interacciones salmantinas]


               Jueves.
               03.00. No he leído ni Lope de Vega ni escrito sobre la guerra del Peloponeso. No me he duchado. No he cerrado la maleta. Me duelen los párpados. Me duele el intestino. Llevo un día y medio bebiendo vino y no estoy borracha. Mi compañero sí. Le gusta volar. Le gusta huir de un mundo de traidores, dice. Vomita en el cuarto de baño y yo quisiera ayudarle, ponerle la mano en la frente, decirle “vete a la cama” como si supiera qué digo. Fingir que puedo salvarlo, salvarnos a todos. Ha puesto el pestillo. Yo estoy en mi habitación y todo podría ser perfecto. Oigo todo y veo todo, lo sé todo, pero no hago nada. No he leído ni escrito; mañana iré a clase sin saber. Me dormiré sobre la mesa porque voy a meterme en la ducha a las cinco de la mañana, cuando haga mucho frío. Mañana iré a clase sin saber nada, o quizá a la cantina a hablar sobre la inocencia de los nazis o muchachas que mueren en conciertos. Son las tres de la mañana y no queda vino.
              
               Viernes.
               Al final no hay clase ni cantina, hay horas de sueño acumulado, una ducha de última hora, un champú de estreno (orquídea, coco). Hay tres canciones de despedida junto a mi compañero guitarrista de planta, el mismo que anoche vomitaba entre alusiones a no se qué gurús de la psicología y el mismo que me obliga a aprenderme tonadillas de rock and roll; cantamos Far from home y pienso: realmente estoy lejos de casa. Lo curioso es que siempre pensé que no tenía casa, hasta que empecé a echarla de menos.
               Méndez Álvaro. Por primera vez en mi vida, no llego tarde. No llego corriendo, asfixiada, convencida de haber perdido el billete. El viaje se resume en dos postulados: 1. Los bocadillos nunca han de llevar sardina, alguien debería informar a mis cocineras. 2. Castilla es verde y toros devorándolo. Cuánto verde. Cuánto toro. Cuánto paisaje digno de Dara Scully.
               17.00, Salamanca. La estación de autobuses sólo tiene una planta. ¿Por qué será que me alivia? Keiko se acerca, me abraza como si me hubiera esperado una década, no me da tiempo a reconocerla. O mejor dicho a conocerla, porque es la primera vez que veo en persona su boca pequeña y roja, como un capullo semiabierto de una exótica flor japonesa. Conocí a Keiko por su fotografía. Me atrajo al instante su facilidad para crear mundos imaginarios a partir de una simple toma de contacto con el modelo, el entorno, la luz. Hoy y mañana dormiré en su cama, me sentaré a su mesa, brindaré a su salud. Y todo porque no hace mucho me atreví a confesarle que me estaba muriendo. Ella creyó que un viaje sería una buena cura.
               21:00, Molly Mallone. Cuatro horas en esta ciudad son más que suficientes para enamorarme. La cerveza es barata. Los libros son baratos. Me llevo a Hesse, a Cervantes, a Puig –Demian y casamientos engañosos y perros parlantes y besos de mujeres araña. En el huerto de Calisto y Melibea por las noches ya nadie se besa, me cuenta ella, son más los que se pinchan. Si mi profesora de bachillerato levantara la cabeza y viera en qué se ha convertido el arte. La universidad es antigua y hermosa. Estudiar aquí debe ser parecido a descorchar champagne en París o leer a Homero en las ruinas de Delfos. De todas partes parecen salir jóvenes: morenos, rubios, cenizos. Abrigados o no. No todos hablan nuestra lengua. Pero todos, todos sonríen.
               23.00. Ella hace la mejor tarta de queso que he probado nunco.
               04.00. Dormir con los ojos abiertos.

              
               Sábado.
               13.00. Despertar adormilada, y no hemos trasnochado. Keiko me deja dormir de más aunque ganas no le faltan de arrancarme las sábanas. Keiko, bonita, perdóname. Pero el sueño es. Y la vida, tan... creo que ya sabes a qué me refiero. ¿O no? Seguro que aunque no entendieras esta pena, lucirás esamisma sonrisa. Porque así eres, Keiko, de las que todo tratan de entender, de las que sonríen a quienes se sienten culpables para aliviarles la carga autoimpuesta. Me gustas, Keiko. Con tus cuidados parece imposible que alguien pueda sentirse desamparado.
               (por eso dejaré que me fotografíes hoy, las veces que quieras. aunque para ello tengas que embadurnarme media cara de pintalabios)
               16:00. Ella quiso fotos y yo hice lo que pude. Sólo sonreí, miré de reojo, caminé, bailé y hasta me tumbé en plena calle húmeda, a punto de ser atropellada. Y todo por amor al arte o a una anfitriona demasiado buena. Más tarde, café Bécquer. Las condiciones de luz eran pésimas, demasiado ISO, demasiadas pocas ganas de disparar. Mejor pidamos un café vienes, un batido de chocolate; mejor hablemos de Bukowski y de amores y de nuestros proyectos y de cómo Internet ha abierto una rendija en nuestra a veces asfixiante rutina. Pero mejor dejarla fuera, con todo lo demás. Al amparo de la lluvia.
               22.30. Fajitas, Tabasco y litronas, con esta troika la noche empieza. Almodóvar en la televisión y, en nuestras bocas, que no conocen silencio, un violinista germano y su amigo rapero problemático. Que viva Alemania y su talento para engendrar iconos sexuales. A Keiko le gusta cantar canciones de fiesta aldeana mientras cocina. Donde está la lentilla, la lentilla donde está. Curiosamente las mías no las he perdido. Se han adherido a mis globos oculares como guantes de goma, preparados para ver claro.
               La noche empieza, pero todo sabe a poco si no es con agua de Valencia y Fausto, el amigo canario que todo lo sabe y en todo es bueno, ya sea lenguas hispánicas, o piano, o jazz, o italiano, o novias zamoranas. Yo creo que nos tomó el pelo. No hubo tiempo de averiguarlo, empezó a sonar MGMT y eso fue señal de que habíamos de seguir la ruta. Y menos mal. En el Ciao descubrimos que Ciao es un nombre adecuado para un bar de holas y re-encuentros. Encuentros no sé, lo que aprendí es que bailar a veces sí significa bailar, con todo el cuerpo y pasos retro sesenteros. Aprendí que mirar a tu amiga y guiñarle el ojo aún tiene ese cariz de secreto y una dosis de complicidad que es de agradecer en tiempos de crisis. Aprendí que los rizos oscuros se inventaron para deshacerse, con un único objeto: conseguir algo. Algo puede ser un diploma de latín, una licenciatura en ciencias, un doctorado en persona.
               Rizos oscuros son los que acompañan a una canción de, ¿era Michael Jackson? En este bar apenas se escucha la música. Tal vez soy yo, que tengo otra melodía en la cabeza desde que salí de casa. Algo así como hace tiempo, que vive en un cuento, del que no puede salir. Sólo soy capaz de oír palabras que llegan desde lejos, palabras que se ordenan para formar una sola oración:
               –Me gusta tu sonrisa.
               ¿Oíste eso, Keiko? A alguien le gusta mi sonrisa, lo raro es que ese alguien, sea quien sea, haya tenido oportunidad de verla nacer. ¡Mi sonrisa no ha muerto, esto es nuevo! Otra ronda a la de 3, 2, 1...
               Keiko dice que alguien dice que le gusta su peinado. Su peinado es genial, todos lo sabemos. Es peinado de Amélie, de muchacha francesa y atractiva, fiel chófer de bicicleta. Acabamos riendo en algún baño mugriento y seguro plagado de venéreas, pero vaciar la vejiga siempre fue imperativo categórico. Fuera sigue lloviendo y puede que alguien esté esperando, o buscando el camino a casa.
               Mañana empezaré un cuaderno, es una de las cosas que se me pasan por la mente antes de desplomarme.


               Domingo.              
               Abro el cuaderno y es domingo. Todo comienza en domingo, incluido este diario de viaje.
               Todo comienza en domingo, no podría ser de otro modo. Abro el cuaderno y los ojos y la mente, pero sin drogas, sólo el vino, el vino que canturrea en la sartén, el mismo que bebí el jueves de madrugada, el mismo que se oxida en mis entrañas sin llegar a ser expulsado, y tal vez por por eso...
               ... por eso existen noches en las que todo está abierto, la botella y las posibilidades, y a esas noches suceden mañanas como esta.
               Keiko se maneja en el fogón como Ray Charles entre saxofones. No me deja ayudarla. Parece entender que mi sitio está, muy a pesar colectivo, en un rincón aislado, observando, anotando, ¿grabando? En realidad esa es mi labor, grabar: grabo los pendientes de anoche –en realidad era uno, uno y el aro de la nariz–, grabo las erres arrastradas, la peregrinación eterna entre el Peter’s y el Pipper’s –con p de perdona, si os molesto decídmelo. Vuelvo a rememorar el me gusta tu peinado y el me gusta tu sonrisa. El Me gusta no es un himno a Facebook, es el himno de todos los sábados noche de todos los bares de este país jodido. A todos nos gusta todo pero aún así seguimos parados.
               No bebemos para olvidar que no vamos a cobrar, si bebimos fue porque toda película de Almodóvar en la que el sexo termine en asesinato ha de ser regada con alcohol e ironía. Porque toda ciudad no-capital es más tranquila y más amable, y concede más oportunidades; tengámoslo en cuenta. Echaba de menos caminar por la superficie y no bajo tierra como las larvas. Echaba de menos vislumbrar el sol mortecino sin alzar demasiado la nuca.
               Para marcharme vestiré sudadera de chico, ha perdido ese olor que me enloquece pero sigue siendo cálida. Claro que en esta ciudad no hace frío, al menos no el que vaticinaron mamá y los telediarios. Este frío es suave, imperceptible; no eriza, no paraliza, tan sólo te posee sin que te des cuenta. Cuestión de minutos y ya eres frío, y no necesitas de abrigo, de nada que te cubra por fuera, porque el frío no se queda en la piel, el frío se cuela dentro y te hace de los suyos.
               Regreso al cuarto; tengo una maleta que cerrar. A casa me llevo un añico de Europa, el que he podido arañar a duras penas con la mirada.

               20.00. Cerré la maleta, lo que no cerré fue el corazón a pleno otoño, sometido a sus juegos climáticos, y ahora lo encuentro desangelado. ¿Qué te he hecho? Quién conociera a un doctor capaz de sanar milagrosamente.
               Cerré la maleta y ahora, a mi retorno, vuelta a abrirlas. Destriparla.
               Quisiera filtrar los besos y los recuerdos. Elegir tan sólo aquellos que son puros, significativos. Ejecutar los que pervivirán décadas y desechar los demás por inservibles, por planos, por puramente físicos. Pero no sé filtrar. No hago distinción; me limito a guiarme por el instinto de quien busca lo efímero.
               Y ahora, lejos, fuera de la burbuja
               apenas horas después de la entrada en la urbe por la puerta del oeste
               después del mismo trayecto en metro, de la misma cerradura que cede,
               extraño
               mis caminatas salmantinas.
               Ahora que ya no tengo ni mazmorras ni palacios ni ranas
               ni el astronauta, ni los tres franceses
               ni el río de fábula
               ahora que nada de eso es auténtico.
               Ahora tomo lo que ocurrió entonces. Lo tomo en mis manos, le doy forma. Lo transformo a mi completo gusto –un diario. Y a lo que
               nunca llegó a ocurrir
               ocurrió sólo en mis sueños
               debió haber ocurrido
               lo reemplazaré con palabra ficticia. Que por algo escogí este oficio.


           
               Gracias, Keiko. Gracias, Salamanca.

22 comentarios :

  1. No sé como te lo haces, chica, pero es que a mi me tienes enamora perdía con tus palabras.
    Pero si se tratan de diarios personales, ya me vuelvo loca.

    PD:¿habrá uno de nuestra escapada en la carretera?

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    1. Lo habrá, lo habrá. Será más largo, espero, y mucho menos melancólico my little muffin.

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  2. Un fin de semana inolvidable y una crónica preciosa :)

    ¡Besazos, Annie!

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  3. Me envolvés con gusto entre tus palabras Annie y no voy a cansarme de repetírtelo. Te mando un abrazo, y ruego porque aquello que te hacía sentir como un muerto más en vida te haya abandonado :)

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    1. Está en vías de marcharse, pero aún queda camino, Sash. Te devuelvo el abrazo con todas mis fuerzas y te agradezco que vengas aquí a dedicar un poco de tiempo a mi escritura. Que la disfrutes es todo un halago...
      Un beso enorme.

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  4. Adoro estas letras Annie, quizás por saber que habéis disfrutado juntas,
    que has visto cosas que se te han quedado en el alma.
    Inevitablemente es melancólico, faltaron días que disfrutar... Lo más seguro.

    Me encanta la foto,
    pero sobretodo me encantan tus palabras: que me atrapan y me hacen leerlo todo de carrerilla, siempre estoy por aquí.
    Ya lo sabes, artista.

    Te envío un abrazo enorme :)

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    1. Faltaron días, horas. Con minutos hubiese bastado.
      Nunca me acostumbraré a que a alguien le encanten tanto mis palabras, Adriana, a pesar de tus constantes halagos. Muchísimas gracias.

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  5. de tus letras incluso las crónicas de un viaje resultan geniales.

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    1. Son hilos mentales que escribí en un cuaderno de flores sobre la marcha. ¡Quién diría que algún día tendrían coherencia!

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  6. Destilas tanta melancolía, estoy enamorado de ti Annie, es algo increíble. Tienes algo, algo que te hace especial.

    Un abrazo fuerte

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    1. Resulta difícil sacudirse la melancolía últimamente, Carlos. Y que eso pueda gustar a alguien es, cuanto menos, bello e incomprensible a la vez.
      Otro abrazo para ti. Y muchísimas gracias.

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  7. Tienes algo en tus letras que te rompe por dentro y te hace que no pierdas el hilo nunca más. Te atrapa. Fuerte, muy fuerte. Y no te deja ir hasta la última palabra, hasta la última letra. (Y es algo muy grande, como tú).

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    1. No sé qué tendrán mis letras, sólo sé que salen de mí, y últimamente eso significa que están usadas, desgarradas y un poco cansadas.
      (grande es una palabra que se me queda grande. gracias)

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  8. Tan sólo por la narración del jueves ya me he enamorado.

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  9. Me acabo de enterar que has vuelto, qué tonta de mí. Mi ausencia en Blogger me ha privado de muchas cosas, como tu vuelta xDD
    Me ha encantado tu texto, Annie, aunque es innecesario que te lo diga, porque apuesto a que no soy la primera que te lo ha dicho por aquí ya y es obvio.

    Besitos.

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    1. No creo que lo que yo escriba suponga una gran privación, pero gracias por creerlo así, Esperanza. Para mí es un honor estar de vuelta :)

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  10. Todo tu blog es más que genial.

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    1. Muchas gracias por ese cumplido, fotógrafa. Es un placer:)

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  11. Genial, me ha sido muy sencillo meterme en el papel, sentirme identificada. Tu forma de narrar me parece tan cercana. El texto me ha encantado.
    Me parece identificar bastante melancolía en cada punto y cada coma, espero que pase pronto :)

    P.D: Me han dado unas ganas terribles de visitar Salamanca :)

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    1. La melancolía es algo que empieza a convertirse en usual y común en mi vida, me temo. No sé por cuánto tiempo. Pero me alegra que, pese a todo, te guste lo que pueda escribir.
      Te recomiendo visitar Salamanca, se ha convertido en una de mis ciudades favoritas, y he estado en bastantes. No te arrepentirás :)
      Muchísimas gracias, Eme.

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