20 noviembre 2012

[observación en urgencias]



          Nos encontramos en la sala de espera de urgencias de algún hospital público de Madrid. Se trata de una sala al igual que las otras salas de espera de una ciudad del mundo desarrollado en la que cada vez hay menos clínicas. Una estancia fluorescente, blanquecina, de considerable superficie. La pared norte ha sido reemplazada por un cristal de gran tamaño, a través del cual contemplamos la noche, suavemente posada sobre un párking desierto y un barrendero rezagado. Su estridente traje amarillo impide cualquier mimetismo noctámbulo, y su figura se distingue limpiamente entre lo oscuro. Se mueve por instinto, lentamente. Manteniendo inmóvil la cabeza, como si acaso ésta se hubiera visto invadida por alguna incómoda tribulación, que dificultara cualquier actividad del cuerpo por encima del torso. Acompaña a esta pesadumbre la propia escoba que sostiene, que apenas acaricia el pavimento con la ligereza de una polilla. Incluso los brazos, codos y muñecas, ejecutores del oficio, se muestran curiosamente inertes, empujados por una perezosa desidia, en lugar de por el mismo músculo. Pero, por supuesto, esto —el rígido barrer, la fría siluega– sucede al otro lado del cristal. Ninguno se percata de la escena, inmersos como se hallan en divagaciones médicas, o concisos intercambios de susurros, o la contemplación de las puntas de sus zapatos y los carteles blancos, rojos, azules. No fumar. No gritar. No molesten. El barrendero se aleja de la pared de vidrio paulatinamente. Nadie ha llegado a saber nunca de su presencia.

               Interior de la sala. En una raza de reunión en mute, los individuos supuestamente aquejados por alguna dolencia o pesadilla se dispersan, acomodados en los asientos de plástico. Un patente vacío es lo único que conglomera los espacios que los separan, haciendo de aglutinante de sus miradas largas y perdidas en las paredes sin adornos. De todos, escogemos a dos chicas, desenfadadamente instaladas en una esquina. Presuponemos que son amigas. La mano de una de ellas, la más baja y corpulenta, se deja caer, en confortador gesto, sobre el antebrazo de la otra. Algo que no resulta útil, pues esta última se manifiesta ajena a su contacto, sin reacción ligada al sentido del tacto; inmersa en un hilo frenético de cavilaciones que, de forma automático, verbaliza a escaso volumen:
               –¿Sabes qué es lo que más me duele?, ¿lo sabes? Que yo esté aquí –y su barbilla apunta, desdeñosa, al entorno aséptico que las rodea­–, y él en su casa siendo feliz.
               La amiga actúa como se espera tras semejante alarde de resentimiento. Chasquea la lengua al mismo tiempo que su cabeza se agita, reprobadora, y sus dedos se estrechan solidariamente en torno al antebrazo sobre el cual reposan.
               –Te juro que, como sean malas noticias –prosigue la otra–, vamos a ir a beber cervezas hasta olvidarlo. No quiero pensar en toda esta mierda.
               De repente, se opera un cambio en las facciones de la chica más baja. Cambio que pasa inadvertido, probablemente, para su compañera la atribulada. Se tensan sus labios, se entornan sus párpados y su mano, amable un segundo antes, se retira en un único movimiento, casi brusco.
               –Oye, yo tengo cosas que hacer. No sabes la de trabajos que...
               La otra no contesta, tampoco realiza ninguna mueca. No se sonroja ante la molestia más que evidente de su amiga. Sigue en su postura impávida, y por su expresión ausente diríamos que en verdad, no se siente culpable por hacer perder el tiempo a su amiga. Poco le importa, poco le alivia, el vulgar y mecánico consuelo que ésta pueda ofrecerle. Empezamos a entender que sus protestas, sus confesiones, están siendo exclamadas como una involuntaria reacción a los nervios que la asaltan y la carcomen; que sus ristras de palabras no son más que sal para heridas jóvenes. Los siguientes minutos no dice nada. Transcurren en la misma inercia con la que vuelan las esperas, las largas esperas compartidas con muchos. Por ejemplo, más allá hay un hombre. La chaqueta femenina que descansa en el asiento contiguo indica que una mujer, pasillos más lejos, sentada en alguna camilla, las piernas abiertas, es la causa de que esté donde está en esta serena noche de noviembre. El hombre teclea en su teléfono móvil, extraño a cualquier tipo de preocupación. Su urgencia –lo dice la firmeza con la que sostiene el aparato, lo dice la calma en su frente– no lleva implícita ninguna culpa, ningún castigo divino en pago por un error cometido. Entre el traqueteo de sus uñas apreciamos, de cuando en cuando, la luz verdosa de los mensajes nuevos. Y así su espera se traduce en una animada charla.

               –Ahora entiendo –volvemos a la chica que ha acaparado nuestra atención desde el principio, chica que ahora parece ser consciente de una verdad desoladora–. Ahora entiendo por qué la gente se empareja.
               Y aunque no ha rescatado aún su mirar del abismo, su voz aparece impregnada de una lúcida firmeza.
               La otra asiente. Y su ademán, lejos de resultar otro artificio vano de cortesía, se nos revela convencido, provisto de una sinceridad turbadora. Es, quizás, lo único sincero que ha construido su lenguaje gestual desde que iniciamos nuestra observación. Sin duda ella cree que es cierto, que realmente ésa es la causa por la cual el ser humano busca mitades. Causa: huida de esa soledad cancerígena que se materializa en rituales concretos, como hacer la compra del mes o esperar los resultados de una prueba de embarazo. Ambas, tareas engorrosas; tal vez lo sean menos en compañía.
               O eso se cree.
               No es cuestión de compañía, parece pensar la acompañante de esta alma, sino de la compañía adecuada. Yo no soy quien debe estar aquí. Yo querría estar en otra parte. En mi dormitorio, caliente, o frente al televisor. Hoy daban mi serie favorita. Hoy posiblemente se besarían. Yo no soy quien debe estar aquí.
               Esto no lo ha dicho; de hecho, ignoramos si lo piensa. Sólo podemos intuirlo cazando sus miradas furtivas al reloj y el creciente hastío de sus talones inquietos. Este no es su lugar. No le corresponde. Se encuentra aquí porque un tratado social establece que acudir sin nadie a un hospital es el culmen del abandono. Ella, aquí, no es persona. Es presencia. Lo cierto es, y ambas lo saben, que no hay presencia capaz de mitigar determinados tipos de abandono.

               La llaman, por fin. En medio de la quietud reinante, la chica se levanta de un golpe, como si su ímpetu quisiera dejar constancia de una admirable valentía. Desaparece por la puerta que conduce a las consultas sin que se halla esfumado la vacuidad de sus ojos. La acompañante no la escolta. Sentada, tampoco se muerde los labios. Se limita a mirar al hombre que aguarda, solo, el regreso de su pareja, enfrascado en su teclear enérgico, sin levantar la vista un solo segundo. Ella sonríe sutilmente. Saca del bolsillo su propio teléfono y comienza a escribir algo –¿una historia?. En la sala, nada más se mueve.  
Ilustración: Ana Bagayan


06 noviembre 2012

[diario de interacciones salmantinas]


               Jueves.
               03.00. No he leído ni Lope de Vega ni escrito sobre la guerra del Peloponeso. No me he duchado. No he cerrado la maleta. Me duelen los párpados. Me duele el intestino. Llevo un día y medio bebiendo vino y no estoy borracha. Mi compañero sí. Le gusta volar. Le gusta huir de un mundo de traidores, dice. Vomita en el cuarto de baño y yo quisiera ayudarle, ponerle la mano en la frente, decirle “vete a la cama” como si supiera qué digo. Fingir que puedo salvarlo, salvarnos a todos. Ha puesto el pestillo. Yo estoy en mi habitación y todo podría ser perfecto. Oigo todo y veo todo, lo sé todo, pero no hago nada. No he leído ni escrito; mañana iré a clase sin saber. Me dormiré sobre la mesa porque voy a meterme en la ducha a las cinco de la mañana, cuando haga mucho frío. Mañana iré a clase sin saber nada, o quizá a la cantina a hablar sobre la inocencia de los nazis o muchachas que mueren en conciertos. Son las tres de la mañana y no queda vino.
              
               Viernes.
               Al final no hay clase ni cantina, hay horas de sueño acumulado, una ducha de última hora, un champú de estreno (orquídea, coco). Hay tres canciones de despedida junto a mi compañero guitarrista de planta, el mismo que anoche vomitaba entre alusiones a no se qué gurús de la psicología y el mismo que me obliga a aprenderme tonadillas de rock and roll; cantamos Far from home y pienso: realmente estoy lejos de casa. Lo curioso es que siempre pensé que no tenía casa, hasta que empecé a echarla de menos.
               Méndez Álvaro. Por primera vez en mi vida, no llego tarde. No llego corriendo, asfixiada, convencida de haber perdido el billete. El viaje se resume en dos postulados: 1. Los bocadillos nunca han de llevar sardina, alguien debería informar a mis cocineras. 2. Castilla es verde y toros devorándolo. Cuánto verde. Cuánto toro. Cuánto paisaje digno de Dara Scully.
               17.00, Salamanca. La estación de autobuses sólo tiene una planta. ¿Por qué será que me alivia? Keiko se acerca, me abraza como si me hubiera esperado una década, no me da tiempo a reconocerla. O mejor dicho a conocerla, porque es la primera vez que veo en persona su boca pequeña y roja, como un capullo semiabierto de una exótica flor japonesa. Conocí a Keiko por su fotografía. Me atrajo al instante su facilidad para crear mundos imaginarios a partir de una simple toma de contacto con el modelo, el entorno, la luz. Hoy y mañana dormiré en su cama, me sentaré a su mesa, brindaré a su salud. Y todo porque no hace mucho me atreví a confesarle que me estaba muriendo. Ella creyó que un viaje sería una buena cura.
               21:00, Molly Mallone. Cuatro horas en esta ciudad son más que suficientes para enamorarme. La cerveza es barata. Los libros son baratos. Me llevo a Hesse, a Cervantes, a Puig –Demian y casamientos engañosos y perros parlantes y besos de mujeres araña. En el huerto de Calisto y Melibea por las noches ya nadie se besa, me cuenta ella, son más los que se pinchan. Si mi profesora de bachillerato levantara la cabeza y viera en qué se ha convertido el arte. La universidad es antigua y hermosa. Estudiar aquí debe ser parecido a descorchar champagne en París o leer a Homero en las ruinas de Delfos. De todas partes parecen salir jóvenes: morenos, rubios, cenizos. Abrigados o no. No todos hablan nuestra lengua. Pero todos, todos sonríen.
               23.00. Ella hace la mejor tarta de queso que he probado nunco.
               04.00. Dormir con los ojos abiertos.

              
               Sábado.
               13.00. Despertar adormilada, y no hemos trasnochado. Keiko me deja dormir de más aunque ganas no le faltan de arrancarme las sábanas. Keiko, bonita, perdóname. Pero el sueño es. Y la vida, tan... creo que ya sabes a qué me refiero. ¿O no? Seguro que aunque no entendieras esta pena, lucirás esamisma sonrisa. Porque así eres, Keiko, de las que todo tratan de entender, de las que sonríen a quienes se sienten culpables para aliviarles la carga autoimpuesta. Me gustas, Keiko. Con tus cuidados parece imposible que alguien pueda sentirse desamparado.
               (por eso dejaré que me fotografíes hoy, las veces que quieras. aunque para ello tengas que embadurnarme media cara de pintalabios)
               16:00. Ella quiso fotos y yo hice lo que pude. Sólo sonreí, miré de reojo, caminé, bailé y hasta me tumbé en plena calle húmeda, a punto de ser atropellada. Y todo por amor al arte o a una anfitriona demasiado buena. Más tarde, café Bécquer. Las condiciones de luz eran pésimas, demasiado ISO, demasiadas pocas ganas de disparar. Mejor pidamos un café vienes, un batido de chocolate; mejor hablemos de Bukowski y de amores y de nuestros proyectos y de cómo Internet ha abierto una rendija en nuestra a veces asfixiante rutina. Pero mejor dejarla fuera, con todo lo demás. Al amparo de la lluvia.
               22.30. Fajitas, Tabasco y litronas, con esta troika la noche empieza. Almodóvar en la televisión y, en nuestras bocas, que no conocen silencio, un violinista germano y su amigo rapero problemático. Que viva Alemania y su talento para engendrar iconos sexuales. A Keiko le gusta cantar canciones de fiesta aldeana mientras cocina. Donde está la lentilla, la lentilla donde está. Curiosamente las mías no las he perdido. Se han adherido a mis globos oculares como guantes de goma, preparados para ver claro.
               La noche empieza, pero todo sabe a poco si no es con agua de Valencia y Fausto, el amigo canario que todo lo sabe y en todo es bueno, ya sea lenguas hispánicas, o piano, o jazz, o italiano, o novias zamoranas. Yo creo que nos tomó el pelo. No hubo tiempo de averiguarlo, empezó a sonar MGMT y eso fue señal de que habíamos de seguir la ruta. Y menos mal. En el Ciao descubrimos que Ciao es un nombre adecuado para un bar de holas y re-encuentros. Encuentros no sé, lo que aprendí es que bailar a veces sí significa bailar, con todo el cuerpo y pasos retro sesenteros. Aprendí que mirar a tu amiga y guiñarle el ojo aún tiene ese cariz de secreto y una dosis de complicidad que es de agradecer en tiempos de crisis. Aprendí que los rizos oscuros se inventaron para deshacerse, con un único objeto: conseguir algo. Algo puede ser un diploma de latín, una licenciatura en ciencias, un doctorado en persona.
               Rizos oscuros son los que acompañan a una canción de, ¿era Michael Jackson? En este bar apenas se escucha la música. Tal vez soy yo, que tengo otra melodía en la cabeza desde que salí de casa. Algo así como hace tiempo, que vive en un cuento, del que no puede salir. Sólo soy capaz de oír palabras que llegan desde lejos, palabras que se ordenan para formar una sola oración:
               –Me gusta tu sonrisa.
               ¿Oíste eso, Keiko? A alguien le gusta mi sonrisa, lo raro es que ese alguien, sea quien sea, haya tenido oportunidad de verla nacer. ¡Mi sonrisa no ha muerto, esto es nuevo! Otra ronda a la de 3, 2, 1...
               Keiko dice que alguien dice que le gusta su peinado. Su peinado es genial, todos lo sabemos. Es peinado de Amélie, de muchacha francesa y atractiva, fiel chófer de bicicleta. Acabamos riendo en algún baño mugriento y seguro plagado de venéreas, pero vaciar la vejiga siempre fue imperativo categórico. Fuera sigue lloviendo y puede que alguien esté esperando, o buscando el camino a casa.
               Mañana empezaré un cuaderno, es una de las cosas que se me pasan por la mente antes de desplomarme.


               Domingo.              
               Abro el cuaderno y es domingo. Todo comienza en domingo, incluido este diario de viaje.
               Todo comienza en domingo, no podría ser de otro modo. Abro el cuaderno y los ojos y la mente, pero sin drogas, sólo el vino, el vino que canturrea en la sartén, el mismo que bebí el jueves de madrugada, el mismo que se oxida en mis entrañas sin llegar a ser expulsado, y tal vez por por eso...
               ... por eso existen noches en las que todo está abierto, la botella y las posibilidades, y a esas noches suceden mañanas como esta.
               Keiko se maneja en el fogón como Ray Charles entre saxofones. No me deja ayudarla. Parece entender que mi sitio está, muy a pesar colectivo, en un rincón aislado, observando, anotando, ¿grabando? En realidad esa es mi labor, grabar: grabo los pendientes de anoche –en realidad era uno, uno y el aro de la nariz–, grabo las erres arrastradas, la peregrinación eterna entre el Peter’s y el Pipper’s –con p de perdona, si os molesto decídmelo. Vuelvo a rememorar el me gusta tu peinado y el me gusta tu sonrisa. El Me gusta no es un himno a Facebook, es el himno de todos los sábados noche de todos los bares de este país jodido. A todos nos gusta todo pero aún así seguimos parados.
               No bebemos para olvidar que no vamos a cobrar, si bebimos fue porque toda película de Almodóvar en la que el sexo termine en asesinato ha de ser regada con alcohol e ironía. Porque toda ciudad no-capital es más tranquila y más amable, y concede más oportunidades; tengámoslo en cuenta. Echaba de menos caminar por la superficie y no bajo tierra como las larvas. Echaba de menos vislumbrar el sol mortecino sin alzar demasiado la nuca.
               Para marcharme vestiré sudadera de chico, ha perdido ese olor que me enloquece pero sigue siendo cálida. Claro que en esta ciudad no hace frío, al menos no el que vaticinaron mamá y los telediarios. Este frío es suave, imperceptible; no eriza, no paraliza, tan sólo te posee sin que te des cuenta. Cuestión de minutos y ya eres frío, y no necesitas de abrigo, de nada que te cubra por fuera, porque el frío no se queda en la piel, el frío se cuela dentro y te hace de los suyos.
               Regreso al cuarto; tengo una maleta que cerrar. A casa me llevo un añico de Europa, el que he podido arañar a duras penas con la mirada.

               20.00. Cerré la maleta, lo que no cerré fue el corazón a pleno otoño, sometido a sus juegos climáticos, y ahora lo encuentro desangelado. ¿Qué te he hecho? Quién conociera a un doctor capaz de sanar milagrosamente.
               Cerré la maleta y ahora, a mi retorno, vuelta a abrirlas. Destriparla.
               Quisiera filtrar los besos y los recuerdos. Elegir tan sólo aquellos que son puros, significativos. Ejecutar los que pervivirán décadas y desechar los demás por inservibles, por planos, por puramente físicos. Pero no sé filtrar. No hago distinción; me limito a guiarme por el instinto de quien busca lo efímero.
               Y ahora, lejos, fuera de la burbuja
               apenas horas después de la entrada en la urbe por la puerta del oeste
               después del mismo trayecto en metro, de la misma cerradura que cede,
               extraño
               mis caminatas salmantinas.
               Ahora que ya no tengo ni mazmorras ni palacios ni ranas
               ni el astronauta, ni los tres franceses
               ni el río de fábula
               ahora que nada de eso es auténtico.
               Ahora tomo lo que ocurrió entonces. Lo tomo en mis manos, le doy forma. Lo transformo a mi completo gusto –un diario. Y a lo que
               nunca llegó a ocurrir
               ocurrió sólo en mis sueños
               debió haber ocurrido
               lo reemplazaré con palabra ficticia. Que por algo escogí este oficio.


           
               Gracias, Keiko. Gracias, Salamanca.