14 octubre 2012

Pero estoy loca por vivir, y esa es una buena razón, ¿no?


                         
              –No me mires así.
             Apretaba el pitillo contra la taza, temiendo que una chispa saltara, liberando un fuego inextinguible en el salón del siglo XVIII. Como fumadora primeriza no distinguía el peligro de incendio de las cenizas moribundas. No descansó hasta que la última brasa quedó sepultada en el finísimo polvo grisáceo que descansaba en el fondo de loza. Una vez muerta toda seña de luz se apoyó en la pared, fijó su vista en el reloj de péndulo y carraspeó, algo molesta con el espeso sabor que arañaba sus dientes. No lograba identificarlo. Probablemente era el chile de los tacos que habían pedido en el almuerzo. Había frenado las náuseas al borde de la garganta y deglutido la quemazón como quien deglute con gran esfuerzo el ácido veneno de una avispa. Y la avispa revoloteaba ahora arriba y abajo de su esófago, chocando contra sus tejidos viscosos, haciendo eses ciegas en su interior. Se sintió desfallecer en medio de la nada, y calculó que, de caer, su cabeza se interpondría ineludiblemente en la esquina de algún mueble y quién sabe si... Pero recuperó el equilibro casi al instante. Continuó en pie.
               Él contemplaba quieto su turbación; “no te miro de ninguna forma”, parecía estar a punto de decir, pero en el reloj dieron las seis y se ahorró el formular aquel tópico, falso por añadidura. De todos modos ella no hubiera creído una sola letra. No omitía un solo embuste ni la más leve vacilación ocular. No puedes engañar a una mentirosa, repetía constantemente. Se levantó de la silla y caminó hacia ella, deteniéndose al recibir sobre sí mismo su mirada vacua, rota, una fría lluvia torrencial dejándose caer sobre un apacible verano. Decidió guardar silencio y volvió su atención a la escena que sorteaba las cortinas corridas. Había llegado el otoño hacía ya días, y las avenidas parecían bailar a su paso áureo y descocado. Un hombre cruzó a destiempo el paso de cebra, suscitando un par de bocinazos impacientes de un coche. En la acera, tres niños cogidas de la mano jugaban a saltar de línea a línea de las baldosas, colocando estratégicamente los piececillos, riendo en su pueril aventura; entre aquellos trazos en el suelo habitaban cocodrilos, o monstruos marinos, y ellos eran valientes por desafiar sus fauces.  No había ninguna madre cerca.
               Se olvidó de contar los minutos que trascurrieron mientras le daba la espalda, abstraído  en los sucesos a pie de calle. Tuvieron que ser bastantes, pues cuando se giró, ella había salido. La oyó revolver armarios y supo que buscaba los zapatos.


               Pedalearon varios kilómetros hasta terminar lejos del punto de partida. En el trayecto, algo más adelantada e inclinada hacia adelante, él sólo alcanzaba a verle una porción de cuello blanquísimo, la mejilla derecha, el perfil de la nariz descamada por el frío. La velocidad de las bicicletas superponía mágicamente aquello que avistaban en su derredor, en una rauda secuencia cinematográfica que no dejaba lugar a la apreciación ni al recuerdo. Llegados al final, hubieran pensado que se hallaban en otra ciudad, mucho más lejos, en la aún no hubiera hecho presencia la nueva estación. Él se mordió una uña tratando de arrancarla, mientras ella tomaba aire y empezaba a hablar sin mirarlo. No la oyó hasta pasados unos instantes, como si la boca de uno y los oídos del otro hubieran tardado en comprenderse, como si las palabras que cruzaron el aire para clavarse en ambos tuvieran efecto retardado, pero igualmente enfermo.
               –Sé que piensas que estoy loca, y aciertas. De hecho, me lo estoy mirando. Quiero decir que he buscado ayuda profesional. No me gusta utilizar eufemismos, si lo hago es por ti, porque sé que tú necesitas ver que mi realidad es otra bien distinta, porque tú buscas en mí algo que no sea tan difícil de expresar sin llorar. Y no sabes cuánto siento eso, porque no puedo dártelo de momento. Y por eso sucede lo que está sucediendo...
               “... porque sé lo que está sucediendo, continuó ella, pero esto ya no lo dijo sino con las pupilas hundidas y la garganta desierta. Sé quién es ella y sé que por ella vuelves a sentir las ganas de despertarte por las mañanas y adormecerte por las noches, las ganas de consultar a todas horas el teléfono. Sé que es ella, yo ya no, la que te hace escoger la camisa azul –la más bonita– antes que la camiseta gris de diario. También sé que si no fuera por su repentina entrada en tu rutina, tan finada, tan extinta por mi contacto demoledor, tan sometida al lastre de esta constante batalla, si no fuera por su entrada, triunfal, alegre, poderosa como una corriente de aire fresco en una habitación ciega... si no fuera por su entrada tu seguirías sufriendo las pesadillas, la marca de Caín en tu frente, seguirías sufriéndome a mí, en mi enajenación, en mi persecución, en mi cárcel. Y cielo, no lo mereces.”
               –... y lo que sucede es que estoy volviéndome loca –dijo sin embargo. Y una forzada sonrisa sobre sus labios trémulos e incapaces de secundar su mentira, pareció aliviar la verdad que se alzaba como un muro infranqueable entre ambos. Una sonrisa nacida de la desesperación que buscaba alimentar una esperanza. Remota, esquiva, por los dos sabida imposible–. Pero estoy loca por vivir, y esa es una buena razón, ¿no?
               Él le sonrió, cansadamente. Y algo en su cuerpo también se negó a mentir, pues en el abrazo ninguno de ellos sintió piel o calor o aliento. Tan sólo la fricción de la lana, el clic metálico de sus cinturones al encontrarse.