22 septiembre 2012


Noche en el monte. Concierto de grillos. A la muchacha la hieren los insectos sin que se percaten sus piernas vencidas,  reveladas a la atmósfera de estío y de madreselva. Mañana túmulos encarnados arderán en la cara tierna de los muslos, avivados del suave veneno. Mañana se rascará la erupción cuando nadie la mire, y la piel entre sus uñas será relicario de esta noche que no ha existido.
Silencio. Silencio sobre los cabellos revueltos sobre la manta sobre el suelo pedregoso sobre el automóvil –detenido a su lado y en otro lugar. Las estrellas son el sarpullido del cielo, profundo y oscuro, foso de la identidad angustiosa que arrojaron antes –en la falda de la colina, detrás de algún arbusto idéntico a otro arbusto; quizá abandonaron sus casas dejando en ellas quienes son.
              
«Quedémonos siempre aquí. », dice ella.
No bien termina la súplica se consume entre dos brazos, flacos y velludos, que cercan su ruego tan dulce, tan débilmente a la vez. Escucha a los dioses bendecir las lágrimas que mueren al borde de sus pestañas, sin llegar a conocer nunca el rostro que las ha hecho nacer. Allí permanecerán presas mucho tiempo, hasta que las libere y derrame un dolor menos clandestino.

Si caminaran unos pasos al norte se encontrarían junto al barranco. Cavado en él, la ciudad que dormita, salvo por puntos insomnes que tiñen de color la espesa madrugada. Se acercan a observar la escena. ¿Quiénes hay detrás de las luces? ¿Sabrán que están siendo observados? ¿Se imaginará alguien que hay almas prófugas que se encuentran y se rehúyen en aquel lugar, elevado sobre sus cabezas y sus sueños tan profundos?
No tardan en volver, casi sobrecogidos.

Vuelven a cabalgar. Y la noche los confunde con una pantera despedazando a un antílope.

Verde la mirada del muchacho, cual hermosa muda de reptil. Brilla instigada por un pensamiento lejano y desconocido.
¿Una mujer? ¿O un sueño?
No es ella, lo saben bien.