20 septiembre 2012


—No tomaré más.
—¿Por qué?
—He perdido el apetito.
A menudo te detienes frente al cuenco de postre y sorprendes en su interior un desengaño. Un mordisco impaciente fuera de temporada, un cariz de amargor que no habías descubierto antes.
Por un momento te encuentras confusa y al siguiente, inmensamente molesta. Ya no puedes confiarte al dictamen de los sentidos. Tus papilas te ofrecerán algo dulce que trocarán por un disgusto. Te sentirás traicionada. Nuevamente, por lo común, lo rutinario, lo que debería serte fiel.
Porque lo trascendente hace tiempo que te abandona a tu suerte, y hoy no te alivian las cerezas. A pesar de lo mucho que las ansiaste en invierno, cuando aún no pendían de las ramas. Tal vez por eso, aunque no las pruebes, las retienes entre tus manos, sin arrojarlas al cubo de basura o devolverlas al plato. La presión de tus dedos a su alrededor derrama algo de zumo y luce el mismo rojo que te gusta en los labios; no lo llevas nunca porque eres tan pálida, dices. Replico yo: podrías hacerlo si quisieras. No se ha escrito ley que deniegue el carmín a los rostros puros como la nieve.
Pero te has acostumbrado a inclinarte ante la desdicha, en lugar de invitarla a marcharse. Reniegas de tu color favorito. Desistes de la fruta en cuanto pierde sabor. Renuncias a buscar la felicidad si de por medio nacen contratiempos, una lágrima fugitiva, una tristeza a destiempo.
No creas que no duele verte chocar contra muros invisibles. Dejar que seas presa de confines que tú misma construyes, que más allá de tu razón se esfuman. Soportar tus pequeños suicidios. Tratar de sanarte las heridas
                              aunque seas tú quién te las inflinges
                              a punta de navaja y tajo de tristeza.
No creas que no duele ser testigo de tu caída libre.

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