18 septiembre 2012


(nínfula  I)

Se pavonea el placer en el jadeo de la nínfula. Con timidez, con recato. Con cautela ante lo desconocido de un ardor recién descubierto. Un ardor, una llama, ceniza. Ceniza que entre los pechos prende, quema, se acrecenta, se dirige abajo, fatua, al ombligo. Asoladora tormenta de arena que extiende su sed sobre un desierto de cuerpo. Que acaba por desparramarse ahí, entre las lomas afrodisias, ahogada en una espesura morena, hecha arcilla, sepultada bajo un pélvico seísmo.
A través del cristal roto de la ventana la miro y remiro. Y no puedo evitar hundir la mano en el pantalón porque sé que donde ella está no alcanza a verme. No alcanza a oírme. Se encuentra muy lejos de esta casa del jardín, de las palas, los sacos, la sucia pileta a la que se aferra. Se encuentra aquí pero perdida. En un Pafos imaginario donde las diosas púberes se aman en secreto con sus propios dedos.

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