19 septiembre 2012


(nínfula II)

Las nínfulas han perdido el hechizo. ¿Será cosa de su propagación? De un tiempo a esta parte es difícil caminar sin encontrar una en cada esquina. El hombro calculadamente descubierto. La falda minuciosamente ceñida. Los labios milimétricamente abiertos en una húmeda invitación. Me buscan. Quieren que sea su Humbert y las vigile tostarse en el jardín mientras sostengo la mano de sus madres. Quieren que sea su Carrol y las fotografíe y escriba perdidas en un ilusorio país de maravillas.
Me deprime pensar que no provocan en mí más que rechazo ante el erotismo del que hacen alarde. A pesar de que, probablemente, conocen sus artes mejor de lo que lo haría cualquier protagonista de cuento. Pero algo tienen de engañoso. Tal vez porque la verdadera nínfula no es consciente de su reclamo. No se da cuenta de que la tela blanca e impoluta que cubre su hombro ha resbalado delicadamente hasta exponer su piel marfílea al observador. Que su falda es demasiado estrecha. Que su boca llama a la consumación.
Vuelvo a Lolita, a Alicia y a aquellas chiquillas que desde los libros me excitaron más de lo que hacen estas musas de carne y hueso. Y la figuración de sus siluetas y el candor de sus rostros infantes me desvela la melancolía y cierto remordimiento: soy un depravado. O todo lo contrario. Puede que la masturbación sea el verdadero fin para el que fueron creadas las niñas ficticias.  

2 comentarios :

  1. Hoy no son nínfulas si no que "crecen" deprisa, sin pizca de encanto.

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    1. No sé qué es deprisa ni despacio. Lo que sí sé, seguro, es que ya apenas hay niñas.

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