21 septiembre 2012


La estancia olía a detergente, al jabón de pera con el que me obligaba a lavarme antes de sentarme a la mesa. No perdonaba una sola vez, aunque mi disimulo al esconder mis manos sucias en los bolsillos alcanzara la categoría del drama. Aspiré ligeramente y anegué mis pulmones de aquel perfume dulzón. Empezó a disolverse en él, lentamente, la angustia de encontrarme donde me encontraba, acordonado por los recuerdos que una vez habían tenido lugar en aquella misma cocina. Mi madre había estado aseando la casa. Probablemente había preparado aquel recibimiento durante días, colmando los rincones de amables detalles, sin descuidar un segundo su diálogo interminable con las plantas. Aquella pulcritud se me hizo, de pronto, desoladora. ¿Qué haría el resto del tiempo, sin invitados que atender? ¿Permitiría al polvo formar relieves en la superficie de la mesa? ¿Amarillearían los visillos al intuir la soledad en las corrientes? El orden de las mermeladas, dispuestas religiosamente por tonalidades; o el de los cubiertos, bien diferenciadas sus utilidades por el grosor y forma de sus filos… volvía a ver los rituales domésticos que quise desterrar de mí, y con ellos la reminiscencia incómoda de que aquel hogar, mi hogar, seguía siendo un desierto cavado en lo más profundo del glen.
Me acerqué a la ventana empañada y, a través del relente, contemplé la escena que afuera acaecía. Mandy escoltaba a mi madre por el jardín, sin soltar el ramillete de lilas, siguiendo sus palabras con suma atención. Era un gesto muy atento por su parte, pensé conmovido. Realmente lo era, Mandy no tenía por qué escuchar su cháchara, más aún habiendo sido advertida de las excentricidades de mamá. Permanecía allí, oyéndola cantar las virtudes del rododendro, o lamentar la fragilidad de las caléndulas. Temblando ligeramente, a pesar de que dentro la esperaba una cálida chimenea, y sin embargo no atisbé a distinguir en su rostro una mínima sombra de desgana, compasión, ausencia.
Se me ocurrió que Mandy podría amar las flores. Al fin y al cabo eran cosas que crecían, indicios de la evolución de la Tierra. Todo lo contrario a las estrellas, huellas de elementos extintos, destellos de un ayer decidido a desvanecerse.  

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