21 septiembre 2012


Hay que aferrarse con uñas y dientes a las costumbres para no perder la cordura, decía mi tía, con el encubierto propósito de inculcarme lealtad a una existencia ordenada. Se le olvidó mencionar que existen muchas clases de costumbres, y no todas redimen de la locura de estar vivo. Darse a la botella, como darse a la pastilla, o al canuto, o al amor, es el mayor de los errores, pues es de común conocimiento que el vicio libera. Y cuanto más libres más sentimos esa necesidad imperante de negar la realidad que se nos ha dado, para después, tratar de reformarla.
Sé de lo que hablo. Yo me di a los libros.
No son la acidez bajo la lengua de un trago atropellado en el bar. El hormigueo entre los dedos que sucede al MDMA. La contracción profunda y quimérica de un interminable orgasmo.

Son mejores.


En el principio fue la fantasía. Los mundos nacidos de la imaginación de grandes cuentacuentos. Las hadas, los villanos. Las perdices despellejadas, despedazadas, listas para su deglución en el festín nupcial de dos desconocidos. Creo que empecé a comprender entonces que los finales felices exigen que las almas de ave abandonen el vuelo. O quizá era demasiado pequeña para dotar de sentido a esas metáforas, en cualquier caso el «y comieron perdices» siempre me pareció repulsivo.

Más tarde se enredaron las tramas y se humedecieron los desenlaces. Descubrí que yo era uno de esos personajes vacíos y deprimentes que vagan de un extremo a otro del argumento buscando su razón de ser. Intuía que nunca llegaría a encontrarla, pero aún así continuaba mi senda con un rumbo bien definido: alcanzar el nirvana de las sensaciones justificándome en el Carpe Diem. Y así una mañana me despertaba en medio de la tragedia griega, y me acostaba siendo comedia renacentista, y luego soñaba con una ficción distópica, trazas de drama shakesperiano y remates de folletín.
De tanto llorar, mucho perder y poco rendirme, empiezo a hacer caso a mi tía. Acepto la rutina como la más inteligente forma de supervivencia. Especialmente en días como hoy: echo un par de partidas de cartas, echo un par de polvos sin ganas, hablo con un par de personas que no me importan. Tras la ventana se dibuja el idéntico paisaje que despedí la noche anterior, quizá con alguna minúscula variación, el céfiro arrullando las hojas del fresno o el anaranjado cambiante del sol sobre las tejas. Entonces pienso «todo va bien, nada puede dañarme», y tengo la seguridad de que no temo, ni sufro; por supuesto, tampoco siento. Hasta que separo sus tapas, paso las hojas y vuelve el caos. Porque tal vez yo haya logrado el estoicismo pero los personajes de mis libros favoritos siguen empeñados en la aventura. Y me invitan a unirme a ella. Y no me quedan fuerzas para intentarlo.
Que lo que engendra la literatura, fuera de ella fracasa. Que sobre el papel y a letra Times New Roman, la pena y el miedo, el final y la escisión, cobran sentido. Podría ser George Eliot, o Salinger, o una de las hermanas Brönte. Podría tomar esta carga de mis espaldas, estos errores bien marcados con mi efigie como monedas sucias; podría tomarlos y reconvertirlos en obra de arte. Para que mi sufrimiento no resulte inútil. Para que podáis estremeceros con lo que una vez yo me estremecí, para que lloréis por mis muertos, os ruboricéis de mis vergüenzas, degustéis el sabor de mi primer beso, de mi primera polla, de mi primer desengaño. Pero no os haría pasar algo así si llegara a ser George Eliot, o Salinger, o una de las hermanas Brönte.

La solución quizá no implique leer menos, sino leer mejor. Leer sin olvidar que lo que florece en las páginas se marchitaría en vida. Leer controlando estrictamente la adicción que nos provoca. Que nos pide más. Más riesgo. Más belleza. Más emoción.


No puedo renunciar a los libros, aunque sean un hábito que me entristece. Aunque los culpe de todos mis males; tengo una buena razón para hacerlo. Yo también querría haber sido una historia que nunca muriera.

1 comentario :

  1. Hay cosas que nos hacen sentir libres y sólo consiguen engancharnos hasta un punto que se hace insoportable. Es como la droga, la de diseño, con un nombre curioso, una portada bonita y un mono de cojones. Los libros funcionan de la misma manera. Pasas de un género a otro, aprendes a diferenciar lo pasable de lo auténticamente interesante.
    Quizás no seamos totalmente sinceros con nosotros mismos cuando se trata de libros. Libros. Historias. Joder, qué puñetera locura.

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