20 septiembre 2012


Fumamos como dos vírgenes en los lavabos de una escuela. Demasiado deprisa, tragando furtivamente el humo para burlar las tentativas de una malacostumbrada tos. Al final, lo conseguimos. Doblegar nuestros pulmones y hacerlos regurgitar aquel aire enrarecido y a la vez cálido. Comenzamos a acariciarnos los costados, pausadamente, sin erotismo embozado, sin más intención que la distracción vana, sin más causa primera que el aburrimiento y la ausencia de un cuerpo de hombre. Ella me habla de Foster Wallace. Del chiste eterno de la vida. Yo veo su boca abrirse, cerrarse, inspirar, espirar, entre volutas de sombra cenicienta. Me cuenta que somos un fraude que se resiste a desvanecerse, que la noche es efímera en nuestras colillas. Yo digo: no. Somos más que invenciones. Más que fraudes. Ella no me escucha. Posa la yema de su índice entre dos de mis costillas y la incrusta. Comienza a doler. Acuño un quejido. Ella ríe, algo ásperamente.
—Eres tan necia a veces, Dani… deberías cuidar de ti misma.
No tardamos demasiado en bordear el filo del amanecer, y para entonces ya todo es ficticio y antojadizo, ya todo es mentira. Este azulado temprano que asoma por la claraboya es mentira, esta caricia que nos encadena a la cintura de la otra es mentira. Me duermo y sueño con títeres que bailan bajo el guiñol; las mismas cuerdas que los mueven acaban por rodear sus cuellos.

No hay comentarios :