22 septiembre 2012



Dibujan autopistas las gaviotas en el cielo, acogidas en su seno por el esponjarse de las nubes. Las observa la niña encaramada a la ventana, cuando el delirio vespertino alcanza el clímax, y sus pasajes de luz dorada se vierten en las arrugas y surcos del rostro marino.
Más allá los mástiles valsean, al compás de la brisa, temblorosos los cascos como tobillos de un bailarín principiante. Más allá el perfil insular de un paraíso abandonado.
Y al final del todo, el sol que se adormece.
La niña tiene doce años y en las rodillas costras de jugar. Sus ojos húmedos, en cambio, son extrañamente ancianos, temprano desgastados en la contemplación de las cosas. Recuerdan a dos conchas grises semienterradas en la arena, cuyo resplandor se adivina a través de una cortina de agua salada. Balancea hacia delante y hacia atrás sus pies descalzos, hacia un lado y otro la cabeza, tratando de atrapar el color del horizonte desde todos sus ángulos.
«Ven a cenar.», llama la madre.
Su voz da la entrada al cuarto al ajo, al marisco frito. A la niña no le gusta el marisco, son bichos de mar, hasta tienen antenas como patas de araña revolviéndose después de muertas. La playa huele a comida. Las calles se desbordan de intensos aromas, especiados o cremosos, algunos son dulces, unos cuantos podridos emergen de las basuras y se alzan; todos ellos abrazándose en una sola esencia, una sola esencia que embriaga y desalienta, fundiéndose en el levante y el olor a hojas de palmera.
 Baja de la repisa y se pone las sandalias. «¿Te gustan las puestas de sol?.», pregunta.
«Me gustan, sí.»
«¿Te recuerdan a Dios?»
«Por supuesto. Son su obra, ¿entiendes? Las puestas y salidas de sol, el mar. Todo lo que vemos.»
«¿Por qué las iglesias, entonces?»
«Son miniaturas de Dios.»
«¿No es pecado intentar parecerse a Dios?», titubea la chiquilla.
«Sí, tienes razón… en verdad serían más bien su casa. La casa de Dios.»
«¿Pero no es Dios demasiado grande para contenerlo en un edificio?».
«En verdad no vive allí, no se contiene, nena, Él es todo y las iglesias son nuestro regalo, nuestro regalo para él… un símbolo, ¿entiendes? El símbolo de que lo admiramos.»
«¿Para qué quiere Dios un símbolo si existe el atardecer?»


En las paredes de una iglesia junto al mar, un hombre italiano pintó un crepúsculo. Del mismo anaranjado raso, con el mismo manto de nubes y el mismo pálido astro rey.
Más arriba, ángeles y querubes cantan en círculo. Más arriba los santos, la Madre, sus regias aureolas, sus capas ondulantes.
Y al final del todo, Jesús que llora.