21 septiembre 2012


A veces creo que escribo. De hecho, lo acabo haciendo de madrugada, el momento en el que los cobardes damos rienda suelta a los pecados prohibidos. A veces creo que escribo instigada por la culpa. La culpa de no haber urdido jamás algo parecido a un verso. A veces creo que lo mío es una especie de prosa del perdón, que se disculpa ante aquellos que defrauda con sus pretenciosos propósitos de belleza.
A veces creo que escribo. Que escribo para confesarme. Porque fuera del papel parece que nunca se alineen los planetas necesarios para tener la oportunidad de explicarme. En cambio, en el cuaderno todo es sencillo y yo ni tiemblo ni transpiro, no sufro por encontrar el argumento adecuado, porque la tinta permite ser tachada, porque la celulosa es paciente y aguarda a qué estés listo para discernir quién eres.
A veces creo que escribo por miedo. Que escribo sobre tristezas ajenas para convencerme de que la mía no está tan sola. Escribo, me culpo, me confieso, me aterrorizo…
Gasto más bolígrafos que instantes inolvidables.

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