28 septiembre 2012

Cronología de un domingo.

           11.00
               La muerte debe ser algo parecido a esto.
               (no la muerte como estado impredecible y ausente, sino el momento mismo de morir).
               Esta desesperación muda. Esta ansia de aferrarse algo antes de cerrar los ojos.


               15.21
               De vez en cuando me despierto y me seco las lágrimas.
               ¿Se puede llorar en sueños?


              18:42
               Se puede llorar en sueños. Llevo siete horas llorando.
          Desde mi cama se percibe inevitable el chirrido sordo de los automóviles contra el asfalto de la carretera. El canto de un par de pájaros rezagados en el patio y la lluvia que remite y se consolida como recuerdo en el débil viento que azota mis postigos. Me gusta vivir cerca de la autopista, te dije ayer, cuando nos estiramos sobre esta misma cama, sobre este mismo edredón de flores victorianas, después de besarnos sobre esta almohada que ahora se manifiesta húmeda contra mis mejillas. Siempre me gustó el sonido de los coches que van y vienen en sus rutas anónimas, aunque a veces lo cruce la sirena de alguna ambulancia.
            Me gusta ser tu copiloto. Y escuchar nuestras canciones una y otra vez, sin llegar a cansarme nunca. Aquella que rezaba no, no evitarás que quiera marcharme cuanto antes, si cada vez que me quiero ocultar tú me conviertes en gigante. Nuestras voces desentonaban contra el parabrisas y yo me sentía terriblemente sola por un segundo, terriblemente sola e inerte a tu lado, mas después volvía el olor a látex mezclado con los perfumes corporales, el resoplido final y las manos entrelazadas mirando la bóveda estrellada. Y la nostalgia se desvanecía a la par que las gotas transparentes de nuestras espaldas exhaustas.
               El teléfono vibra con insistencia. Es la tercera llamada.
          Al final descuelgo. Contesto con monosílabos ahogados a cada interrogante. No he comido, no, mamá. No tengo hambre. Para mis adentros añado: no tengo hambre no tengo estómago no tengo entrañas. Soy un monstruo, mamá. ¿No lo sabes?
               Coño.
               ¿Por qué te crees que estoy aquí?.
               Encogida en esta una maraña de sábanas.
        Soy una larva arrepentida dentro de un capullo resquebrajado por su propio aleteo, furioso e impaciente, pero ahora teme lo que hay fuera y por ello vuelve a encerrarse.
               No despego la atención del techo porque las paredes quieren derrumbarse.
             Alzo los ojos, casi en blanco, hasta la ventana tras de mí. Cerré los postigos pero aún queda un filo abierto, suficiente. Un filo de luz apresurada y blanca, cegando las lágrimas que aún no han brotado pero que esperan pacientes la señal para verterse sobre mis ojeras cóncavas y moradas. Cualquier recuerdo basta.
         Si aguzo la vista distingo más allá de esa luz. Un tono claro de azulgrís que me limpia y me destroza. Veo el cielo desde la cama. Mi cuerpo empieza a levitar con ternura, se eleva hacia las nubes que no veo pero sé que son, y cada vez me alejo más del suelo. Quisiera gritar ¡adiós! mientras vuelo a los tejados de las casitas de este barrio hermoso, tranquilo, desde el cual se escuchan las músicas de la autopista.
       No me levanto. Mi alma continúa asida a mi piel pegajosa y su unión irrompible me ata a una existencia que rechazo.
       Debería ducharme. Pero mis piernas no me sostendrían. Lo sé porque no lo merezco. Me abandonarían en el frío mármol del suelo, mojada, con los ojos escociendo de jabón, igualmente sucia, y yo sólo podría quedarme sentada durante horas mientras mis pulmones se convierten en dos pequeños charcos.
               Empieza a oscurecer.


               20.44
            Ha oscurecido. Hay una muchachita en mi cuarto que habla y habla sobre la necesidad de actuar con pasión hasta que nuestros actos cobren sentido. Intento explicarle que no sé pasar de las ya inventadas palabras. He obtenido lo que soy mediante palabras. Agotadores debates y enérgicos razonamientos. He sido Sócrates (desde una esquina, con voz chillona, desafiando la marabunta de gente) pero el poder del verbo se ha escurrido de mi bolsillo, tal vez racaneado por algún ladronzuelo y con él todo lo que conseguí mediante.
               Pidamos una pizza, dice la chica. Es un ángel de ojos chispeantes y ondas rubias en los cabellos, su boca parece curvarse ínfimamente en un manantial de sonrisa a pesar de que puede leer fácilmente la amargura en la peste y las cortinas echadas. Los ángeles son incapaces de comprender el vacío. Lo contemplan desde la distancia, condescendientes, y proponen soluciones dulces y factibles: regalos inesperados, declaraciones de amor, redoble de cariño.
               Hay culpas imposibles de expiar.
               Expiar.
               Piar.
               Piar de pájaros. Callad, jodidos pájaros, no trinéis, no cantéis, dejadme sola, dadme silencio.
               Pizza, ¿de acuerdo? Tienes un aspecto horrible, de no haber comido en una semana.
               Niego con la cabeza. Pizza fue lo último que compartimos, ni roce de dedos ni abrazo de despedida. Unas porciones de queso y rúcula sobre una masa fina y grasienta, mientras fingíamos casi deseábamos ser felices por una última y angustiosa noche. Anoche, cuando el engaño recién descubierto se izó por encima de la comida, sarcástico como un gigantesco globo de colores chillones. Tú masticabas lentamente, tus mandíbulas se detuvieron de cuando en cuando, comprendiendo, a la par que tu rostro se ensombrecía a la velada luz amarillenta del flexo.
               Yo dije: Saldremos de ésta.
               Siempre lo hacemos.
               Lo creía. Lo creo.
               ¿Por qué tú no?


               00.00
           No olvidaré. No es una decisión. No importa que no haya fotografías que te materialicen en cada esquina de mi conciencia, lo consigues solo, sin ayuda, no importa dónde mire, ni en qué piense forzadamente para no pensarte a propósito.
         El iPod está plagado de juegos que tú me enseñaste a domar, aunque no conseguí controlar los pajaritos y los puzzles me tendían trampas.
        Los semáforos trazan tu nombre en tricolor, tricolor como la bandera que tanto defendías con vehemencia. Ya no podré pronunciar la libertad, tampoco el fuego. Cada rincón me sugerirá anécdotas, tal vez no vividas ahí, pero siempre existirá una relación lógica que te vincule a ti a esa plaza, a ti ese escaparate, a ti a ese andén de metro; todo te invocará y será como si todos los lugares, las voces o las gamas de rojo estuvieran ligados por el mismo hilo irrompible y como si éste se ciñera en torno a nuestras gargantas estrangulándolas de dolor, rabia e impotencia.

             ¿Cómo dejar atrás mi vida y seguir viviendo?