28 septiembre 2012

Cronología de un domingo.

           11.00
               La muerte debe ser algo parecido a esto.
               (no la muerte como estado impredecible y ausente, sino el momento mismo de morir).
               Esta desesperación muda. Esta ansia de aferrarse algo antes de cerrar los ojos.


               15.21
               De vez en cuando me despierto y me seco las lágrimas.
               ¿Se puede llorar en sueños?


              18:42
               Se puede llorar en sueños. Llevo siete horas llorando.
          Desde mi cama se percibe inevitable el chirrido sordo de los automóviles contra el asfalto de la carretera. El canto de un par de pájaros rezagados en el patio y la lluvia que remite y se consolida como recuerdo en el débil viento que azota mis postigos. Me gusta vivir cerca de la autopista, te dije ayer, cuando nos estiramos sobre esta misma cama, sobre este mismo edredón de flores victorianas, después de besarnos sobre esta almohada que ahora se manifiesta húmeda contra mis mejillas. Siempre me gustó el sonido de los coches que van y vienen en sus rutas anónimas, aunque a veces lo cruce la sirena de alguna ambulancia.
            Me gusta ser tu copiloto. Y escuchar nuestras canciones una y otra vez, sin llegar a cansarme nunca. Aquella que rezaba no, no evitarás que quiera marcharme cuanto antes, si cada vez que me quiero ocultar tú me conviertes en gigante. Nuestras voces desentonaban contra el parabrisas y yo me sentía terriblemente sola por un segundo, terriblemente sola e inerte a tu lado, mas después volvía el olor a látex mezclado con los perfumes corporales, el resoplido final y las manos entrelazadas mirando la bóveda estrellada. Y la nostalgia se desvanecía a la par que las gotas transparentes de nuestras espaldas exhaustas.
               El teléfono vibra con insistencia. Es la tercera llamada.
          Al final descuelgo. Contesto con monosílabos ahogados a cada interrogante. No he comido, no, mamá. No tengo hambre. Para mis adentros añado: no tengo hambre no tengo estómago no tengo entrañas. Soy un monstruo, mamá. ¿No lo sabes?
               Coño.
               ¿Por qué te crees que estoy aquí?.
               Encogida en esta una maraña de sábanas.
        Soy una larva arrepentida dentro de un capullo resquebrajado por su propio aleteo, furioso e impaciente, pero ahora teme lo que hay fuera y por ello vuelve a encerrarse.
               No despego la atención del techo porque las paredes quieren derrumbarse.
             Alzo los ojos, casi en blanco, hasta la ventana tras de mí. Cerré los postigos pero aún queda un filo abierto, suficiente. Un filo de luz apresurada y blanca, cegando las lágrimas que aún no han brotado pero que esperan pacientes la señal para verterse sobre mis ojeras cóncavas y moradas. Cualquier recuerdo basta.
         Si aguzo la vista distingo más allá de esa luz. Un tono claro de azulgrís que me limpia y me destroza. Veo el cielo desde la cama. Mi cuerpo empieza a levitar con ternura, se eleva hacia las nubes que no veo pero sé que son, y cada vez me alejo más del suelo. Quisiera gritar ¡adiós! mientras vuelo a los tejados de las casitas de este barrio hermoso, tranquilo, desde el cual se escuchan las músicas de la autopista.
       No me levanto. Mi alma continúa asida a mi piel pegajosa y su unión irrompible me ata a una existencia que rechazo.
       Debería ducharme. Pero mis piernas no me sostendrían. Lo sé porque no lo merezco. Me abandonarían en el frío mármol del suelo, mojada, con los ojos escociendo de jabón, igualmente sucia, y yo sólo podría quedarme sentada durante horas mientras mis pulmones se convierten en dos pequeños charcos.
               Empieza a oscurecer.


               20.44
            Ha oscurecido. Hay una muchachita en mi cuarto que habla y habla sobre la necesidad de actuar con pasión hasta que nuestros actos cobren sentido. Intento explicarle que no sé pasar de las ya inventadas palabras. He obtenido lo que soy mediante palabras. Agotadores debates y enérgicos razonamientos. He sido Sócrates (desde una esquina, con voz chillona, desafiando la marabunta de gente) pero el poder del verbo se ha escurrido de mi bolsillo, tal vez racaneado por algún ladronzuelo y con él todo lo que conseguí mediante.
               Pidamos una pizza, dice la chica. Es un ángel de ojos chispeantes y ondas rubias en los cabellos, su boca parece curvarse ínfimamente en un manantial de sonrisa a pesar de que puede leer fácilmente la amargura en la peste y las cortinas echadas. Los ángeles son incapaces de comprender el vacío. Lo contemplan desde la distancia, condescendientes, y proponen soluciones dulces y factibles: regalos inesperados, declaraciones de amor, redoble de cariño.
               Hay culpas imposibles de expiar.
               Expiar.
               Piar.
               Piar de pájaros. Callad, jodidos pájaros, no trinéis, no cantéis, dejadme sola, dadme silencio.
               Pizza, ¿de acuerdo? Tienes un aspecto horrible, de no haber comido en una semana.
               Niego con la cabeza. Pizza fue lo último que compartimos, ni roce de dedos ni abrazo de despedida. Unas porciones de queso y rúcula sobre una masa fina y grasienta, mientras fingíamos casi deseábamos ser felices por una última y angustiosa noche. Anoche, cuando el engaño recién descubierto se izó por encima de la comida, sarcástico como un gigantesco globo de colores chillones. Tú masticabas lentamente, tus mandíbulas se detuvieron de cuando en cuando, comprendiendo, a la par que tu rostro se ensombrecía a la velada luz amarillenta del flexo.
               Yo dije: Saldremos de ésta.
               Siempre lo hacemos.
               Lo creía. Lo creo.
               ¿Por qué tú no?


               00.00
           No olvidaré. No es una decisión. No importa que no haya fotografías que te materialicen en cada esquina de mi conciencia, lo consigues solo, sin ayuda, no importa dónde mire, ni en qué piense forzadamente para no pensarte a propósito.
         El iPod está plagado de juegos que tú me enseñaste a domar, aunque no conseguí controlar los pajaritos y los puzzles me tendían trampas.
        Los semáforos trazan tu nombre en tricolor, tricolor como la bandera que tanto defendías con vehemencia. Ya no podré pronunciar la libertad, tampoco el fuego. Cada rincón me sugerirá anécdotas, tal vez no vividas ahí, pero siempre existirá una relación lógica que te vincule a ti a esa plaza, a ti ese escaparate, a ti a ese andén de metro; todo te invocará y será como si todos los lugares, las voces o las gamas de rojo estuvieran ligados por el mismo hilo irrompible y como si éste se ciñera en torno a nuestras gargantas estrangulándolas de dolor, rabia e impotencia.

             ¿Cómo dejar atrás mi vida y seguir viviendo? 

22 septiembre 2012


Sobre la piscina (investigación llevada a cabo el 5 de agosto, a las 14.23 horas):

1. El idioma de la piscina es el idioma de los niños, son los balbuceos onomatopéyicos, los aullidos rebosantes de vida que parecen ansiar decir tantas cosas y se ven refrenados en la limitación de los sonidos y el desconocimiento de las gramáticas.
2. La inocencia muere ahogada. Bajo la superficie y en borrosa secuencia he visto criaturas pateando, palpando, rabiando, peleando contra el envite del cloro. No hay oxígeno para el civismo y emerge el auténtico humano –el mismo que pateaba en el útero y sólo halla la paz en las bañeras.
Resta decir, ¿qué somos? ¿Pez, mamífero, tentáculo?
3. La lujuria se tiende al sol. Sus minúsculas gotas de agua y quizá transpiración se dispersan en abdómenes lisos y hombros de tonos bronce. Los adolescentes chillan reclamando atención sin darse cuenta, como bebés crecidos y sexuados; pero ellos no carecen de lenguaje e inundan de bromas e improperios los oídos de los presentes.
4. La infección acecha en las duchas. Dúchese antes de bañarse, bitte duschen, despréndase de la arena y la sal, la enfermedad y el pecado. Después ya podrá bajar la abarrotada escalerilla metálica y sumergirse en el remanso azulado y puro contenido entre las losas.
Todo falso.
              
Prefiero el mar, donde no gobierna el hombre.      

Noche en el monte. Concierto de grillos. A la muchacha la hieren los insectos sin que se percaten sus piernas vencidas,  reveladas a la atmósfera de estío y de madreselva. Mañana túmulos encarnados arderán en la cara tierna de los muslos, avivados del suave veneno. Mañana se rascará la erupción cuando nadie la mire, y la piel entre sus uñas será relicario de esta noche que no ha existido.
Silencio. Silencio sobre los cabellos revueltos sobre la manta sobre el suelo pedregoso sobre el automóvil –detenido a su lado y en otro lugar. Las estrellas son el sarpullido del cielo, profundo y oscuro, foso de la identidad angustiosa que arrojaron antes –en la falda de la colina, detrás de algún arbusto idéntico a otro arbusto; quizá abandonaron sus casas dejando en ellas quienes son.
              
«Quedémonos siempre aquí. », dice ella.
No bien termina la súplica se consume entre dos brazos, flacos y velludos, que cercan su ruego tan dulce, tan débilmente a la vez. Escucha a los dioses bendecir las lágrimas que mueren al borde de sus pestañas, sin llegar a conocer nunca el rostro que las ha hecho nacer. Allí permanecerán presas mucho tiempo, hasta que las libere y derrame un dolor menos clandestino.

Si caminaran unos pasos al norte se encontrarían junto al barranco. Cavado en él, la ciudad que dormita, salvo por puntos insomnes que tiñen de color la espesa madrugada. Se acercan a observar la escena. ¿Quiénes hay detrás de las luces? ¿Sabrán que están siendo observados? ¿Se imaginará alguien que hay almas prófugas que se encuentran y se rehúyen en aquel lugar, elevado sobre sus cabezas y sus sueños tan profundos?
No tardan en volver, casi sobrecogidos.

Vuelven a cabalgar. Y la noche los confunde con una pantera despedazando a un antílope.

Verde la mirada del muchacho, cual hermosa muda de reptil. Brilla instigada por un pensamiento lejano y desconocido.
¿Una mujer? ¿O un sueño?
No es ella, lo saben bien.




Dibujan autopistas las gaviotas en el cielo, acogidas en su seno por el esponjarse de las nubes. Las observa la niña encaramada a la ventana, cuando el delirio vespertino alcanza el clímax, y sus pasajes de luz dorada se vierten en las arrugas y surcos del rostro marino.
Más allá los mástiles valsean, al compás de la brisa, temblorosos los cascos como tobillos de un bailarín principiante. Más allá el perfil insular de un paraíso abandonado.
Y al final del todo, el sol que se adormece.
La niña tiene doce años y en las rodillas costras de jugar. Sus ojos húmedos, en cambio, son extrañamente ancianos, temprano desgastados en la contemplación de las cosas. Recuerdan a dos conchas grises semienterradas en la arena, cuyo resplandor se adivina a través de una cortina de agua salada. Balancea hacia delante y hacia atrás sus pies descalzos, hacia un lado y otro la cabeza, tratando de atrapar el color del horizonte desde todos sus ángulos.
«Ven a cenar.», llama la madre.
Su voz da la entrada al cuarto al ajo, al marisco frito. A la niña no le gusta el marisco, son bichos de mar, hasta tienen antenas como patas de araña revolviéndose después de muertas. La playa huele a comida. Las calles se desbordan de intensos aromas, especiados o cremosos, algunos son dulces, unos cuantos podridos emergen de las basuras y se alzan; todos ellos abrazándose en una sola esencia, una sola esencia que embriaga y desalienta, fundiéndose en el levante y el olor a hojas de palmera.
 Baja de la repisa y se pone las sandalias. «¿Te gustan las puestas de sol?.», pregunta.
«Me gustan, sí.»
«¿Te recuerdan a Dios?»
«Por supuesto. Son su obra, ¿entiendes? Las puestas y salidas de sol, el mar. Todo lo que vemos.»
«¿Por qué las iglesias, entonces?»
«Son miniaturas de Dios.»
«¿No es pecado intentar parecerse a Dios?», titubea la chiquilla.
«Sí, tienes razón… en verdad serían más bien su casa. La casa de Dios.»
«¿Pero no es Dios demasiado grande para contenerlo en un edificio?».
«En verdad no vive allí, no se contiene, nena, Él es todo y las iglesias son nuestro regalo, nuestro regalo para él… un símbolo, ¿entiendes? El símbolo de que lo admiramos.»
«¿Para qué quiere Dios un símbolo si existe el atardecer?»


En las paredes de una iglesia junto al mar, un hombre italiano pintó un crepúsculo. Del mismo anaranjado raso, con el mismo manto de nubes y el mismo pálido astro rey.
Más arriba, ángeles y querubes cantan en círculo. Más arriba los santos, la Madre, sus regias aureolas, sus capas ondulantes.
Y al final del todo, Jesús que llora.



«¡No miento! ¡A Lennon lo mató un fan! Hoy en día los sentimientos demasiado inflados son un síntoma claro de psicopatía. El minimalismo es la norma vigente: la clave del éxito. »
«Eres monstruosa. »
«No comprendéis que no estamos a salvo. Nuestros padres igual lo estaban, nosotros no. Nos atrincheramos tras ventanas blindadas, vallas electrificadas y porteros titánicos. Cualquiera es un peligro. Escatimad en osadías, invertid en autodefensa. Armaos hasta los dientes. »
Lili es muy inteligente, lee novelas malditas, y la prensa dominical. Por eso se hace escuchar. En el fondo lleva razón, corroboran todos, no hay que amarse sino armarse, ellos ya no deben confiar sino en el momento que aspiran, al que le sorben lo blanquecino que corona su birra dorada, el próximo instante quizá sea una trampa, puede ser el peldaño que cruje o la tostada que cae por el lado del pan, no hay nada fuera de aquí y ahora, del bar que fue oficina que fue empresa que fue palacio, solo la sirena de una ambulancia veloz que salva a un muerto de la vida eterna, y multitudes que pujan por unos derechos teóricamente legítimos y experimentalmente ficticios, y un ciclo en el que el dinero ni se crea ni destruye, sólo se transforma en un AK-74, un rescate, un Big Mac, el reverso rosáceo de la mano de un vendedor de CD’s piratas.
La pelirroja ya no canta y se adormila sobre la superficie pegajosa de la mesa.  «Ves, »dice Lili riendo, «a estas horas solo se puede dormir o morirse uno. El mundo está loco.»Don’t cry, don’t raise your eye, it’s only teenage wasteland. El del extremo hace rato que gimotea sobre la lista de espera del erasmus a Trieste. «El mundo no está loco, la locura es pecado de jóvenes», rebate alguno, «el mundo lo que está es viejo.» La espuma es un vestigio en los vasos, y juventud es bailar en el coche mientras se desploman los mercados. Lili empieza a revolverse. Tiene ganas de ir al baño.
                                                                   (fragmento de mi relato “Teenage wasteland”)                    

21 septiembre 2012

January/July, 2012






















how I miss my home.

Hay que aferrarse con uñas y dientes a las costumbres para no perder la cordura, decía mi tía, con el encubierto propósito de inculcarme lealtad a una existencia ordenada. Se le olvidó mencionar que existen muchas clases de costumbres, y no todas redimen de la locura de estar vivo. Darse a la botella, como darse a la pastilla, o al canuto, o al amor, es el mayor de los errores, pues es de común conocimiento que el vicio libera. Y cuanto más libres más sentimos esa necesidad imperante de negar la realidad que se nos ha dado, para después, tratar de reformarla.
Sé de lo que hablo. Yo me di a los libros.
No son la acidez bajo la lengua de un trago atropellado en el bar. El hormigueo entre los dedos que sucede al MDMA. La contracción profunda y quimérica de un interminable orgasmo.

Son mejores.


En el principio fue la fantasía. Los mundos nacidos de la imaginación de grandes cuentacuentos. Las hadas, los villanos. Las perdices despellejadas, despedazadas, listas para su deglución en el festín nupcial de dos desconocidos. Creo que empecé a comprender entonces que los finales felices exigen que las almas de ave abandonen el vuelo. O quizá era demasiado pequeña para dotar de sentido a esas metáforas, en cualquier caso el «y comieron perdices» siempre me pareció repulsivo.

Más tarde se enredaron las tramas y se humedecieron los desenlaces. Descubrí que yo era uno de esos personajes vacíos y deprimentes que vagan de un extremo a otro del argumento buscando su razón de ser. Intuía que nunca llegaría a encontrarla, pero aún así continuaba mi senda con un rumbo bien definido: alcanzar el nirvana de las sensaciones justificándome en el Carpe Diem. Y así una mañana me despertaba en medio de la tragedia griega, y me acostaba siendo comedia renacentista, y luego soñaba con una ficción distópica, trazas de drama shakesperiano y remates de folletín.
De tanto llorar, mucho perder y poco rendirme, empiezo a hacer caso a mi tía. Acepto la rutina como la más inteligente forma de supervivencia. Especialmente en días como hoy: echo un par de partidas de cartas, echo un par de polvos sin ganas, hablo con un par de personas que no me importan. Tras la ventana se dibuja el idéntico paisaje que despedí la noche anterior, quizá con alguna minúscula variación, el céfiro arrullando las hojas del fresno o el anaranjado cambiante del sol sobre las tejas. Entonces pienso «todo va bien, nada puede dañarme», y tengo la seguridad de que no temo, ni sufro; por supuesto, tampoco siento. Hasta que separo sus tapas, paso las hojas y vuelve el caos. Porque tal vez yo haya logrado el estoicismo pero los personajes de mis libros favoritos siguen empeñados en la aventura. Y me invitan a unirme a ella. Y no me quedan fuerzas para intentarlo.
Que lo que engendra la literatura, fuera de ella fracasa. Que sobre el papel y a letra Times New Roman, la pena y el miedo, el final y la escisión, cobran sentido. Podría ser George Eliot, o Salinger, o una de las hermanas Brönte. Podría tomar esta carga de mis espaldas, estos errores bien marcados con mi efigie como monedas sucias; podría tomarlos y reconvertirlos en obra de arte. Para que mi sufrimiento no resulte inútil. Para que podáis estremeceros con lo que una vez yo me estremecí, para que lloréis por mis muertos, os ruboricéis de mis vergüenzas, degustéis el sabor de mi primer beso, de mi primera polla, de mi primer desengaño. Pero no os haría pasar algo así si llegara a ser George Eliot, o Salinger, o una de las hermanas Brönte.

La solución quizá no implique leer menos, sino leer mejor. Leer sin olvidar que lo que florece en las páginas se marchitaría en vida. Leer controlando estrictamente la adicción que nos provoca. Que nos pide más. Más riesgo. Más belleza. Más emoción.


No puedo renunciar a los libros, aunque sean un hábito que me entristece. Aunque los culpe de todos mis males; tengo una buena razón para hacerlo. Yo también querría haber sido una historia que nunca muriera.

A veces creo que escribo. De hecho, lo acabo haciendo de madrugada, el momento en el que los cobardes damos rienda suelta a los pecados prohibidos. A veces creo que escribo instigada por la culpa. La culpa de no haber urdido jamás algo parecido a un verso. A veces creo que lo mío es una especie de prosa del perdón, que se disculpa ante aquellos que defrauda con sus pretenciosos propósitos de belleza.
A veces creo que escribo. Que escribo para confesarme. Porque fuera del papel parece que nunca se alineen los planetas necesarios para tener la oportunidad de explicarme. En cambio, en el cuaderno todo es sencillo y yo ni tiemblo ni transpiro, no sufro por encontrar el argumento adecuado, porque la tinta permite ser tachada, porque la celulosa es paciente y aguarda a qué estés listo para discernir quién eres.
A veces creo que escribo por miedo. Que escribo sobre tristezas ajenas para convencerme de que la mía no está tan sola. Escribo, me culpo, me confieso, me aterrorizo…
Gasto más bolígrafos que instantes inolvidables.

La estancia olía a detergente, al jabón de pera con el que me obligaba a lavarme antes de sentarme a la mesa. No perdonaba una sola vez, aunque mi disimulo al esconder mis manos sucias en los bolsillos alcanzara la categoría del drama. Aspiré ligeramente y anegué mis pulmones de aquel perfume dulzón. Empezó a disolverse en él, lentamente, la angustia de encontrarme donde me encontraba, acordonado por los recuerdos que una vez habían tenido lugar en aquella misma cocina. Mi madre había estado aseando la casa. Probablemente había preparado aquel recibimiento durante días, colmando los rincones de amables detalles, sin descuidar un segundo su diálogo interminable con las plantas. Aquella pulcritud se me hizo, de pronto, desoladora. ¿Qué haría el resto del tiempo, sin invitados que atender? ¿Permitiría al polvo formar relieves en la superficie de la mesa? ¿Amarillearían los visillos al intuir la soledad en las corrientes? El orden de las mermeladas, dispuestas religiosamente por tonalidades; o el de los cubiertos, bien diferenciadas sus utilidades por el grosor y forma de sus filos… volvía a ver los rituales domésticos que quise desterrar de mí, y con ellos la reminiscencia incómoda de que aquel hogar, mi hogar, seguía siendo un desierto cavado en lo más profundo del glen.
Me acerqué a la ventana empañada y, a través del relente, contemplé la escena que afuera acaecía. Mandy escoltaba a mi madre por el jardín, sin soltar el ramillete de lilas, siguiendo sus palabras con suma atención. Era un gesto muy atento por su parte, pensé conmovido. Realmente lo era, Mandy no tenía por qué escuchar su cháchara, más aún habiendo sido advertida de las excentricidades de mamá. Permanecía allí, oyéndola cantar las virtudes del rododendro, o lamentar la fragilidad de las caléndulas. Temblando ligeramente, a pesar de que dentro la esperaba una cálida chimenea, y sin embargo no atisbé a distinguir en su rostro una mínima sombra de desgana, compasión, ausencia.
Se me ocurrió que Mandy podría amar las flores. Al fin y al cabo eran cosas que crecían, indicios de la evolución de la Tierra. Todo lo contrario a las estrellas, huellas de elementos extintos, destellos de un ayer decidido a desvanecerse.  

Hago fotosíntesis con la sombra
no soy triste.
En realidad son la misma cosa.
Es hermoso cantarla así
hablar de penumbra en lugar de lágrima
de flores, en vez de pérdida
aunque se inmolen las plantas
y la oscuridad se agoste
en estas cuencas hendidas de cárdeno.
Las naturalezas muertas también nacen,
crecen
y se esconden.
Se encogen como fetos
parasitan placentas
tibias.
La pena es negra
la pena es noche
cerrada.
Y tan húmeda
(un mar)
y tan materna
(un vientre).
Me acoge.

20 septiembre 2012


Fumamos como dos vírgenes en los lavabos de una escuela. Demasiado deprisa, tragando furtivamente el humo para burlar las tentativas de una malacostumbrada tos. Al final, lo conseguimos. Doblegar nuestros pulmones y hacerlos regurgitar aquel aire enrarecido y a la vez cálido. Comenzamos a acariciarnos los costados, pausadamente, sin erotismo embozado, sin más intención que la distracción vana, sin más causa primera que el aburrimiento y la ausencia de un cuerpo de hombre. Ella me habla de Foster Wallace. Del chiste eterno de la vida. Yo veo su boca abrirse, cerrarse, inspirar, espirar, entre volutas de sombra cenicienta. Me cuenta que somos un fraude que se resiste a desvanecerse, que la noche es efímera en nuestras colillas. Yo digo: no. Somos más que invenciones. Más que fraudes. Ella no me escucha. Posa la yema de su índice entre dos de mis costillas y la incrusta. Comienza a doler. Acuño un quejido. Ella ríe, algo ásperamente.
—Eres tan necia a veces, Dani… deberías cuidar de ti misma.
No tardamos demasiado en bordear el filo del amanecer, y para entonces ya todo es ficticio y antojadizo, ya todo es mentira. Este azulado temprano que asoma por la claraboya es mentira, esta caricia que nos encadena a la cintura de la otra es mentira. Me duermo y sueño con títeres que bailan bajo el guiñol; las mismas cuerdas que los mueven acaban por rodear sus cuellos.
Vivir en cuartos de hotel. Imaginar que su anterior inquilino permanece allí y te mira dormir por las noches. Envolverte en una manta que no huele a ti ni a él ni a nadie, sino a la impersonal lejía encargada de eliminar tantos rastros anónimos. Escuchar el ronquido del padre y pensar quiero volver a casa sólo que ahora ésta es tu casa, niña nómada, esta ciudad impetuosa que tras la ventana aguarda las primeras luces.

—No tomaré más.
—¿Por qué?
—He perdido el apetito.
A menudo te detienes frente al cuenco de postre y sorprendes en su interior un desengaño. Un mordisco impaciente fuera de temporada, un cariz de amargor que no habías descubierto antes.
Por un momento te encuentras confusa y al siguiente, inmensamente molesta. Ya no puedes confiarte al dictamen de los sentidos. Tus papilas te ofrecerán algo dulce que trocarán por un disgusto. Te sentirás traicionada. Nuevamente, por lo común, lo rutinario, lo que debería serte fiel.
Porque lo trascendente hace tiempo que te abandona a tu suerte, y hoy no te alivian las cerezas. A pesar de lo mucho que las ansiaste en invierno, cuando aún no pendían de las ramas. Tal vez por eso, aunque no las pruebes, las retienes entre tus manos, sin arrojarlas al cubo de basura o devolverlas al plato. La presión de tus dedos a su alrededor derrama algo de zumo y luce el mismo rojo que te gusta en los labios; no lo llevas nunca porque eres tan pálida, dices. Replico yo: podrías hacerlo si quisieras. No se ha escrito ley que deniegue el carmín a los rostros puros como la nieve.
Pero te has acostumbrado a inclinarte ante la desdicha, en lugar de invitarla a marcharse. Reniegas de tu color favorito. Desistes de la fruta en cuanto pierde sabor. Renuncias a buscar la felicidad si de por medio nacen contratiempos, una lágrima fugitiva, una tristeza a destiempo.
No creas que no duele verte chocar contra muros invisibles. Dejar que seas presa de confines que tú misma construyes, que más allá de tu razón se esfuman. Soportar tus pequeños suicidios. Tratar de sanarte las heridas
                              aunque seas tú quién te las inflinges
                              a punta de navaja y tajo de tristeza.
No creas que no duele ser testigo de tu caída libre.

19 septiembre 2012


(nínfula II)

Las nínfulas han perdido el hechizo. ¿Será cosa de su propagación? De un tiempo a esta parte es difícil caminar sin encontrar una en cada esquina. El hombro calculadamente descubierto. La falda minuciosamente ceñida. Los labios milimétricamente abiertos en una húmeda invitación. Me buscan. Quieren que sea su Humbert y las vigile tostarse en el jardín mientras sostengo la mano de sus madres. Quieren que sea su Carrol y las fotografíe y escriba perdidas en un ilusorio país de maravillas.
Me deprime pensar que no provocan en mí más que rechazo ante el erotismo del que hacen alarde. A pesar de que, probablemente, conocen sus artes mejor de lo que lo haría cualquier protagonista de cuento. Pero algo tienen de engañoso. Tal vez porque la verdadera nínfula no es consciente de su reclamo. No se da cuenta de que la tela blanca e impoluta que cubre su hombro ha resbalado delicadamente hasta exponer su piel marfílea al observador. Que su falda es demasiado estrecha. Que su boca llama a la consumación.
Vuelvo a Lolita, a Alicia y a aquellas chiquillas que desde los libros me excitaron más de lo que hacen estas musas de carne y hueso. Y la figuración de sus siluetas y el candor de sus rostros infantes me desvela la melancolía y cierto remordimiento: soy un depravado. O todo lo contrario. Puede que la masturbación sea el verdadero fin para el que fueron creadas las niñas ficticias.  

Lunes
Dormir sin saber qué es el sueño. Dormir y que la lengua de gato que soy sepa al cansancio de una nueva vida. Dormir para acabar desayunando el trópico en la tarde: el cacao, y la piña, y el abrazo del sudor invisible.

Sábado
Entre el vapor. El algodón egipcio. La espuma y este pelo que enredas.
Alcanzo a distinguir un siempre.

18 septiembre 2012


(nínfula  I)

Se pavonea el placer en el jadeo de la nínfula. Con timidez, con recato. Con cautela ante lo desconocido de un ardor recién descubierto. Un ardor, una llama, ceniza. Ceniza que entre los pechos prende, quema, se acrecenta, se dirige abajo, fatua, al ombligo. Asoladora tormenta de arena que extiende su sed sobre un desierto de cuerpo. Que acaba por desparramarse ahí, entre las lomas afrodisias, ahogada en una espesura morena, hecha arcilla, sepultada bajo un pélvico seísmo.
A través del cristal roto de la ventana la miro y remiro. Y no puedo evitar hundir la mano en el pantalón porque sé que donde ella está no alcanza a verme. No alcanza a oírme. Se encuentra muy lejos de esta casa del jardín, de las palas, los sacos, la sucia pileta a la que se aferra. Se encuentra aquí pero perdida. En un Pafos imaginario donde las diosas púberes se aman en secreto con sus propios dedos.