30 diciembre 2012

Escribo / para que el agua envenenada / pueda beberse.
Chantal Maillard

               A todos los que escriben, ¿también son seres insoportables?
               ¿También chillan a sus madres cuando abren la puerta y preguntan:
               ‘cariño, quieres cenar’, contestando: ‘¡déjame! ¡estoy ocupada!’?
               ¿También confunden el bolígrafo con la aguja de la brújula? Que apunta al flexo o apunta al pecho o a cualquier lugar menos al papel, ese papel más ofensivo cuanto más blanco. ¿Lo dejan girar indefinidamente, adivinando dónde va a detenerse?
               ¿También beben las canciones tétricas hasta ahogarse y adornan sus muslos con dorsos de cuchillo? ¿Se complacen en el martirio? ¿Envidian las muertes de los dioses? –el horno de Sylvia, las piedras de Virginia, la cuerda de David. Y en cambio nuestra muerte. Nosotros apéndices de gotero alimentado sólo del dolor de unos pocos. El amante ya se habrá ido o no podrá abrazarnos y la eternidad, la eternidad, la eternidad se quedará en los libros de donde intentábamos arrancarla. Vetada a nuestros dedos marchitos.
              

               A todos los que escriben, ¿qué fue antes?
               ¿El huevo o la gallina, el verso o el vacío?
               Yo vivo en una habitación de cuatro paredes y una es vidrio. Mi madre dice: apaga la luz al vestirte, y yo nunca lo hago, pues quién va a admirar mi cuerpo desde el edificio de enfrente, quién va a usar los prismáticos para buscar mi silueta informe en la penumbra cuando el atardecer en mi tejado es rojo como las perlas del cerezo.
               A todos los que escriben, ¿reniegan del cuerpo? ¿Se escudan bajo el poliéster o el grosor farsante de la lana? ¿Se visten como estrategas trazando un mapa de batalla –midiendo costillas o la anchura del jersey?
               Supongo que no, habrá poetas sin temor a quitarse la ropa. Dormirán desnudos. Matarán el frío.


              
               A todos los que escriben, ¿sus plumas son libres? ¿Se encadenan a las reglas del juego? ¿No luchan en su interior la longitud del término, la corrección del habla, la madurez del fondo? ¿No les desespera la duda entre los caminos infinitos? ¿Cuál me corresponde a mí si la prosa es tramposa y el realismo desborda y la poesía se me escapa? Y por encima de todo la trascendencia, por encima de todo la perfección, irguiéndose en la cima del zigurat, pues de qué sirve belleza si no guarda un secreto, para qué metáforas sin médula o personajes sin rostro, o historias que no sobrevivan al mañana.
               ¿No les frustra esta persecución? ¿No les agota su intransigencia?
               Y cómo cierran en banda sus oídos, cómo impiden que pasen las voces. Saben de qué voces hablo, confiesen que lo saben.
               ‘Mal.’
               ‘Destrúyelo, y a ti de paso.’
               ‘Demasiada estética, contenido escaso.’
               ‘Excesivo sentimiento, inexistente maestría.’
               ‘Qué pretenciosa.’
               ‘Qué niña.’
               ‘Qué modo cobarde de enmascarse en las formas para maquillar su insustancialidad.’

              
               A los que escriben, ¿no lo odian a veces? ¿No querrían tener la opción más sencilla? Tratar los libros como cosas y no como claves, sin tiznarlos de lápiz en busca de, sin reclinarse sobre ellos con la fiebre del intérprete de un texto sagrado. ¿No les aliviaría redirigir la tinta hacia aquello que todos saben y que no supone tortura alguna? –la lista de la compra, los contratos, los temas de un examen bajo el pupitre. Y en lugar del alivio tenemos angustia y malhumor cuando a la puerta tocan y narcisismo y altares a ídolos difuntos y voces que susurran demasiado y escaso y bien y mal y SILENCIO, dejadme a solas.
               ¿Hay forma de escribir sin perderse? ¿Sin leer nuestras palabras en boca de otros? ¿La hay? Digan que sí.
               Digan que son gajes del oficio y nada de esto es mi culpa.
               Si lo hacen seguiré escribiendo.


               Maldita sea la literatura.

              
              

15 diciembre 2012


But love, love will tear us apart again.
                                       Ian Curtis

Retén mi corazón; está huyendo.
Y sin motivos.
Créeme que nada me empuja
no hay heridas supurantes
ni rencores disfrazados
sólo algo: algo invisible
que me ordena
corre
corre.
Yo corro
aunque no quiera
aunque sepa que así estoy firmando
mi propia sentencia de muerte.
Pero tú
¿por qué no me escoltas?
Retén mi corazón; retenme.
Retenme sin una pregunta.
No busques el engaño
el aroma de otra mentira
su almizcle;
no busques la incógnita
la altura del salto,
la costra de la navaja,
la saliva seca,
la manzana de Eva y su dentellada
en alguna parte del cuerpo
(quizá en mi nuca,
siempre oculta).
No.

No busques más, abróchame el abrigo,
ajusta mi bufanda, quítame la boina,
bésame; que se pase el tiempo
bajo la farola que aún sigue encendida,
besándonos como si no importara.
Como si no. Cómo.
Hallaremos el modo ­–habíamos dicho–
de que las arenas del tiempo mastiquen
y deglutan
y digieran
nuestra cruz; hallaremos el modo.
Y modo juega al escondite
y hay demasiadas cuevas
en las que ya hemos mirado, y nada.
Demasiadas madrigueras y túneles
donde podría hallarse y que no tienen,
–y prometo que he mirado bien
por todos los recodos, y hasta con lupa–
seña alguna de su viaje.

05 diciembre 2012

Ahora te puedo ver en paz, ya no te como.
Franz Kafka

               Nadia había dejado de comer animales. De un día para otro. Yo había vuelto a casa en vacaciones, de forma que no pude ser testigo de las escalas de su metamorfosis. La ausencia me había privado de asistir a su evolución, y cuando regresé al colegio mayor aquel enero, ahíto de asados navideños y melosos dulces, ella ya no comía animales. Así de simple. Había cambiado el hábito de toda una vida con la facilidad de quien decide, de pronto, escoger el blanco en lugar del negro para un vestido de fiesta.
               –Es complicado –alegó, cuando le exigí las causas de su renuncia–, no lo entenderías al momento.
       Con esto quería decir que no tenía ganas de enzarzarse en una discusión sin fin, en la que ella, inevitablemente, perdería, pues la dieta que había escogido, por minoritaria, estaba condenada al fracaso y a ser tildada de insensata. En política, Nadia lo sabía bien, los argumentos de las minorías son ignorados. Y nada hay más político en este mundo que el alimento.
             Nota: Al igual que el petróleo, hijo en discordia de las guerras modernas, el alimento puede ser igualmente esgrimido como espada o lanza en situaciones críticas. En astuta treta económica, las naciones utilizarán la agricultura en su propio provecho, lo que convierte al trigo o al arroz en moneda de cambio, susceptible de ser suministrada o retenida a merced de unos pocos.
               Continuemos.
               Nadia había dejado de comer animales. Sin embargo, comía personas. No literalmente, por suerte para nosotros. Había descubierto hacía relativamente poco el inagotable potencial del sexo como purga y venganza. Y no muy segura de qué hacer con aquella revelación, se dedicaba a exprimirla al máximo, relatando posteriormente ante sus oyentes los más tórridos detalles, detalles que, por supuesto, habíamos de olvidar, pues, como nos repetía encarecidamente, ella era normal después de todo.
               No quiero que penséis nada raro de mí, ¿vale? En realidad soy de lo más corriente, quiero decir que soy también puedo ser tímida, y me avergüenza hablar de la regla delante de los hombres, y cumplo con muchas de esas cosas que parecen santificar a las mujeres.
               Había follado en todas las posturas y escenarios, por teléfono y cámara web, en el coche y contra el armario. Con amores que se avistaban largos como rutas oceánicas, y con extraños de nombres ridículos y datos personales en entredicho. Ella follaba los sábados, o los viernes, o cualquier día, y cuando lo hacía todos nos enterábamos, pues antes de salir de casa asistíamos a su ritual preparatorio: extirpación de granos, eliminación de manchas, devastación de vello. El lavabo aparecía sembrado de diminutos pelos oscuros y la casa se impregnaba de aquella embriagadora vainilla con la que rociaba los aledaños de sus orejas, o sus blanquísimas muñecas. Y el maquillaje. Se emplazaba frente al espejo y su mano hacía maravillas sobre su rostro. La boca era su favorita. La entreabría dejando escapar una hierática exhalación, y sin mudar la pose pintaba sus labios con el mimo del impresionista ante el atardecer sobre una catedral gótica. Humedecía el resultado con la lengua, respiraba satisfecha, y lo salvaje asomaba a sus ojos momentáneamente, reluciendo como un cometa a punto de desintegrarse.
         Follaba en cualquier rincón de la ciudad, y terminaba intercambiando a desgana el Facebook con cualquier interesado en volver a retomar contacto. A desgana porque rechazaba a todos y cada uno, sin alegar motivos. Por ello se había ganado fama de zorra urban y también admiración manifiesta. Terceras personas comentaban que Nadia follaba como quienes conocen el secreto ancestral del amor, y bromeábamos a sus espaldas sobre la oscura e hipnótica magia que debía aplicar sobre sus pobres víctimas, que acababan llamándola a altas horas siendo colgados de inmediato. Y aunque era poco elegante estar al tanto de sus hazañas, las paredes y las fachadas oían sin que pudiéramos evitarlo, y lo que no sabíamos lo contaba ella de resaca, asida a un vaso de bebida de soja como bebé a la teta materna, fiel detractora de la ingesta de leche, rasgo de avaricia y exceso industrial
               Después de semanas conseguí que me explicara aquel cambio en su menú. Irónicamente fue en un McDonald's, a fin de mes no había muchas opciones.
               Miras la hamburguesa con fruición en su cartel brillante, deliciosa, piensas, y la pides, y la imaginas ansioso en tu cabeza, presa de la gula más feroz, todo el tiempo que tardan en prepararla, envasarla, exigir aquello que les corresponde. Buscas una mesa y te sientas. Y antes de que puedas apreciar todos sus colores, ya las has engullido casi por completo. ¿Comprendes el mecanismo? Antes siquiera de distinguir qué es lo que entra por tu boca. Porque en realidad no te subyuga la carne, sino esas fotos de la carne, esas fotos del menú que en realidad... ¿sabes que maquillan la comida? Una vez vi un vídeo del Youtube en el que una profesional, una americana, maquillaba las hamburguesas para los carteles publicitarios. No es la carne lo que abre tu apetito, sino su imagen. La imagen de la carne. La realidad es distinta. Detrás de la carne... detrás de la carne hay todo un mundo de maltrato, y una filosofía tan materialista... ¿comprendes? En realidad es como el mundo. Tragamos lo que tenemos delante antes de ser conscientes de su mierda.
            Me preguntaba si aquella voluntaria abstención era, como hacía ver, un signo político o una mera pose que la elevaba a un plano moral superior al nuestro, al plano de los que en vez de ver el pico o las alas oyen el canto y celebran el vuelo, de los que no ven órganos, sino organismos.
               Un día, cansado de sus gestos reprobatorios por encima de nuestros muy sacrílegos platos, le pregunté qué era de las personas. Si además de a las terneras compadecía a aquellos muchachos a los que nunca les devolvería la llamada, aquellos muchachos a los que les bastaba unas horas para enamorarse de aquella melena desaliñada y oscura, aquella sonrisa de náufraga. Le pregunté si aquellos trozos de carne provistos de ojos capaces de admirar y recordarla, si aquellas simias inteligencias capaces de dar significado a su desprecio, no eran dignos de piedad. Ella se enfureció ante mis alusiones y se levantó del asiento. En la mesa quedaron sus vegetales, enfriándose, sin cadáveres que dieran color a aquel mustio concierto de verde.


               Más tarde, vino a mi cuarto. Dijo que necesitaba un libro, un libro que yo tenía. Una vez lo tuvo en sus manos no se marchó. Permaneció junto a la puerta, como si aún no hubiera cumplido la misión que la había llevado a bajar la escalera vestida tan sólo con su camisón.
               Los hombres se lo merecen -dijo sin más.
               ¿Los hombres los varones? ¿O el género humano?
               Nunca lo supe.
               Se sentó en mi cama. Me habló de los animales, que no son más que bebés, los bebés de una naturaleza tan exhausta que ya no es capaz de defenderlos. Me habló de holocausto y sometimiento, de nuestros métodos, que no son más que torturas; de nuestro derecho a hacerlo, que no es más que una mentira. Habló de Ovidio, Voltaire, Tolstoi, Darwin y hasta de un Beatle. Y mientras hablaba parecía pedir perdón, ante una tercera e invisible presencia, por todos los crímenes perpetrados en favor de su especie.
               Su hermandad con aquellos seres, que nunca reconocerían su sacrificio, me conmovió sinceramente. Pero no dejé de sentir que su protesta encerraba a la vez una acusación; que su renuncia se contraponía a algo, algo que probablemente tenía que ver con la maldad del homo sapiens, con la capacidad que éste había adquirido, a lo largo de tantos milenios, para sistematizar y deliberar el dolor. Su rechazo estaba revestido de matices antropológicos: la inocencia frente a la destrucción planeada, lo primitivo frente a la involución. Aún así, aunque su decisión trascendiera los argumentos banales que yo le había atribuido al principio, seguía desdeñándola interiormente cuando despachaba a sus amigos nocturnos en la puerta del colegio. La desdeñaba por proteger con tanta vehemencia los sentimientos de criaturas ajenas y no ser capaz de atender a aquellos que ella misma suscitaba, con su melena desaliñada y oscura, con su sonrisa de náufraga. Desdeñaba su desdén hacia sus amantes, porque yo también era un hombre. Su desdén hipócrita a los niños asiáticos que habían seguramente cosido sus vaqueros o teñido sus deportivas de marca. Su desdén hacia los que no teníamos crines o pezuñas y que formábamos parte de ese malogrado orden que de alguna forma le había hecho daño y al que ella, a pesar de todo, también pertenecía. Y tumbado en mi edredón, boca arriba como si mirara estrellas, en lugar de un techo ennegrecido de soledad, me preguntaba cuál había sido nuestra ofensa. De qué manera habíamos herido a aquel pajarillo que dormía dos pisos arriba, arrancándola del nido, arrojándola al suelo, exponiéndola al titánico paso de la supervivencia. Cómo, cuándo, por qué, nos habíamos erigido como merecedores de aquel odio cerval que nos profesaba, y, sobre todo, si sería posible mitigarlo. Algún día. No demasiado lejano.


20 noviembre 2012

[observación en urgencias]



          Nos encontramos en la sala de espera de urgencias de algún hospital público de Madrid. Se trata de una sala al igual que las otras salas de espera de una ciudad del mundo desarrollado en la que cada vez hay menos clínicas. Una estancia fluorescente, blanquecina, de considerable superficie. La pared norte ha sido reemplazada por un cristal de gran tamaño, a través del cual contemplamos la noche, suavemente posada sobre un párking desierto y un barrendero rezagado. Su estridente traje amarillo impide cualquier mimetismo noctámbulo, y su figura se distingue limpiamente entre lo oscuro. Se mueve por instinto, lentamente. Manteniendo inmóvil la cabeza, como si acaso ésta se hubiera visto invadida por alguna incómoda tribulación, que dificultara cualquier actividad del cuerpo por encima del torso. Acompaña a esta pesadumbre la propia escoba que sostiene, que apenas acaricia el pavimento con la ligereza de una polilla. Incluso los brazos, codos y muñecas, ejecutores del oficio, se muestran curiosamente inertes, empujados por una perezosa desidia, en lugar de por el mismo músculo. Pero, por supuesto, esto —el rígido barrer, la fría siluega– sucede al otro lado del cristal. Ninguno se percata de la escena, inmersos como se hallan en divagaciones médicas, o concisos intercambios de susurros, o la contemplación de las puntas de sus zapatos y los carteles blancos, rojos, azules. No fumar. No gritar. No molesten. El barrendero se aleja de la pared de vidrio paulatinamente. Nadie ha llegado a saber nunca de su presencia.

               Interior de la sala. En una raza de reunión en mute, los individuos supuestamente aquejados por alguna dolencia o pesadilla se dispersan, acomodados en los asientos de plástico. Un patente vacío es lo único que conglomera los espacios que los separan, haciendo de aglutinante de sus miradas largas y perdidas en las paredes sin adornos. De todos, escogemos a dos chicas, desenfadadamente instaladas en una esquina. Presuponemos que son amigas. La mano de una de ellas, la más baja y corpulenta, se deja caer, en confortador gesto, sobre el antebrazo de la otra. Algo que no resulta útil, pues esta última se manifiesta ajena a su contacto, sin reacción ligada al sentido del tacto; inmersa en un hilo frenético de cavilaciones que, de forma automático, verbaliza a escaso volumen:
               –¿Sabes qué es lo que más me duele?, ¿lo sabes? Que yo esté aquí –y su barbilla apunta, desdeñosa, al entorno aséptico que las rodea­–, y él en su casa siendo feliz.
               La amiga actúa como se espera tras semejante alarde de resentimiento. Chasquea la lengua al mismo tiempo que su cabeza se agita, reprobadora, y sus dedos se estrechan solidariamente en torno al antebrazo sobre el cual reposan.
               –Te juro que, como sean malas noticias –prosigue la otra–, vamos a ir a beber cervezas hasta olvidarlo. No quiero pensar en toda esta mierda.
               De repente, se opera un cambio en las facciones de la chica más baja. Cambio que pasa inadvertido, probablemente, para su compañera la atribulada. Se tensan sus labios, se entornan sus párpados y su mano, amable un segundo antes, se retira en un único movimiento, casi brusco.
               –Oye, yo tengo cosas que hacer. No sabes la de trabajos que...
               La otra no contesta, tampoco realiza ninguna mueca. No se sonroja ante la molestia más que evidente de su amiga. Sigue en su postura impávida, y por su expresión ausente diríamos que en verdad, no se siente culpable por hacer perder el tiempo a su amiga. Poco le importa, poco le alivia, el vulgar y mecánico consuelo que ésta pueda ofrecerle. Empezamos a entender que sus protestas, sus confesiones, están siendo exclamadas como una involuntaria reacción a los nervios que la asaltan y la carcomen; que sus ristras de palabras no son más que sal para heridas jóvenes. Los siguientes minutos no dice nada. Transcurren en la misma inercia con la que vuelan las esperas, las largas esperas compartidas con muchos. Por ejemplo, más allá hay un hombre. La chaqueta femenina que descansa en el asiento contiguo indica que una mujer, pasillos más lejos, sentada en alguna camilla, las piernas abiertas, es la causa de que esté donde está en esta serena noche de noviembre. El hombre teclea en su teléfono móvil, extraño a cualquier tipo de preocupación. Su urgencia –lo dice la firmeza con la que sostiene el aparato, lo dice la calma en su frente– no lleva implícita ninguna culpa, ningún castigo divino en pago por un error cometido. Entre el traqueteo de sus uñas apreciamos, de cuando en cuando, la luz verdosa de los mensajes nuevos. Y así su espera se traduce en una animada charla.

               –Ahora entiendo –volvemos a la chica que ha acaparado nuestra atención desde el principio, chica que ahora parece ser consciente de una verdad desoladora–. Ahora entiendo por qué la gente se empareja.
               Y aunque no ha rescatado aún su mirar del abismo, su voz aparece impregnada de una lúcida firmeza.
               La otra asiente. Y su ademán, lejos de resultar otro artificio vano de cortesía, se nos revela convencido, provisto de una sinceridad turbadora. Es, quizás, lo único sincero que ha construido su lenguaje gestual desde que iniciamos nuestra observación. Sin duda ella cree que es cierto, que realmente ésa es la causa por la cual el ser humano busca mitades. Causa: huida de esa soledad cancerígena que se materializa en rituales concretos, como hacer la compra del mes o esperar los resultados de una prueba de embarazo. Ambas, tareas engorrosas; tal vez lo sean menos en compañía.
               O eso se cree.
               No es cuestión de compañía, parece pensar la acompañante de esta alma, sino de la compañía adecuada. Yo no soy quien debe estar aquí. Yo querría estar en otra parte. En mi dormitorio, caliente, o frente al televisor. Hoy daban mi serie favorita. Hoy posiblemente se besarían. Yo no soy quien debe estar aquí.
               Esto no lo ha dicho; de hecho, ignoramos si lo piensa. Sólo podemos intuirlo cazando sus miradas furtivas al reloj y el creciente hastío de sus talones inquietos. Este no es su lugar. No le corresponde. Se encuentra aquí porque un tratado social establece que acudir sin nadie a un hospital es el culmen del abandono. Ella, aquí, no es persona. Es presencia. Lo cierto es, y ambas lo saben, que no hay presencia capaz de mitigar determinados tipos de abandono.

               La llaman, por fin. En medio de la quietud reinante, la chica se levanta de un golpe, como si su ímpetu quisiera dejar constancia de una admirable valentía. Desaparece por la puerta que conduce a las consultas sin que se halla esfumado la vacuidad de sus ojos. La acompañante no la escolta. Sentada, tampoco se muerde los labios. Se limita a mirar al hombre que aguarda, solo, el regreso de su pareja, enfrascado en su teclear enérgico, sin levantar la vista un solo segundo. Ella sonríe sutilmente. Saca del bolsillo su propio teléfono y comienza a escribir algo –¿una historia?. En la sala, nada más se mueve.  
Ilustración: Ana Bagayan


06 noviembre 2012

[diario de interacciones salmantinas]


               Jueves.
               03.00. No he leído ni Lope de Vega ni escrito sobre la guerra del Peloponeso. No me he duchado. No he cerrado la maleta. Me duelen los párpados. Me duele el intestino. Llevo un día y medio bebiendo vino y no estoy borracha. Mi compañero sí. Le gusta volar. Le gusta huir de un mundo de traidores, dice. Vomita en el cuarto de baño y yo quisiera ayudarle, ponerle la mano en la frente, decirle “vete a la cama” como si supiera qué digo. Fingir que puedo salvarlo, salvarnos a todos. Ha puesto el pestillo. Yo estoy en mi habitación y todo podría ser perfecto. Oigo todo y veo todo, lo sé todo, pero no hago nada. No he leído ni escrito; mañana iré a clase sin saber. Me dormiré sobre la mesa porque voy a meterme en la ducha a las cinco de la mañana, cuando haga mucho frío. Mañana iré a clase sin saber nada, o quizá a la cantina a hablar sobre la inocencia de los nazis o muchachas que mueren en conciertos. Son las tres de la mañana y no queda vino.
              
               Viernes.
               Al final no hay clase ni cantina, hay horas de sueño acumulado, una ducha de última hora, un champú de estreno (orquídea, coco). Hay tres canciones de despedida junto a mi compañero guitarrista de planta, el mismo que anoche vomitaba entre alusiones a no se qué gurús de la psicología y el mismo que me obliga a aprenderme tonadillas de rock and roll; cantamos Far from home y pienso: realmente estoy lejos de casa. Lo curioso es que siempre pensé que no tenía casa, hasta que empecé a echarla de menos.
               Méndez Álvaro. Por primera vez en mi vida, no llego tarde. No llego corriendo, asfixiada, convencida de haber perdido el billete. El viaje se resume en dos postulados: 1. Los bocadillos nunca han de llevar sardina, alguien debería informar a mis cocineras. 2. Castilla es verde y toros devorándolo. Cuánto verde. Cuánto toro. Cuánto paisaje digno de Dara Scully.
               17.00, Salamanca. La estación de autobuses sólo tiene una planta. ¿Por qué será que me alivia? Keiko se acerca, me abraza como si me hubiera esperado una década, no me da tiempo a reconocerla. O mejor dicho a conocerla, porque es la primera vez que veo en persona su boca pequeña y roja, como un capullo semiabierto de una exótica flor japonesa. Conocí a Keiko por su fotografía. Me atrajo al instante su facilidad para crear mundos imaginarios a partir de una simple toma de contacto con el modelo, el entorno, la luz. Hoy y mañana dormiré en su cama, me sentaré a su mesa, brindaré a su salud. Y todo porque no hace mucho me atreví a confesarle que me estaba muriendo. Ella creyó que un viaje sería una buena cura.
               21:00, Molly Mallone. Cuatro horas en esta ciudad son más que suficientes para enamorarme. La cerveza es barata. Los libros son baratos. Me llevo a Hesse, a Cervantes, a Puig –Demian y casamientos engañosos y perros parlantes y besos de mujeres araña. En el huerto de Calisto y Melibea por las noches ya nadie se besa, me cuenta ella, son más los que se pinchan. Si mi profesora de bachillerato levantara la cabeza y viera en qué se ha convertido el arte. La universidad es antigua y hermosa. Estudiar aquí debe ser parecido a descorchar champagne en París o leer a Homero en las ruinas de Delfos. De todas partes parecen salir jóvenes: morenos, rubios, cenizos. Abrigados o no. No todos hablan nuestra lengua. Pero todos, todos sonríen.
               23.00. Ella hace la mejor tarta de queso que he probado nunco.
               04.00. Dormir con los ojos abiertos.

              
               Sábado.
               13.00. Despertar adormilada, y no hemos trasnochado. Keiko me deja dormir de más aunque ganas no le faltan de arrancarme las sábanas. Keiko, bonita, perdóname. Pero el sueño es. Y la vida, tan... creo que ya sabes a qué me refiero. ¿O no? Seguro que aunque no entendieras esta pena, lucirás esamisma sonrisa. Porque así eres, Keiko, de las que todo tratan de entender, de las que sonríen a quienes se sienten culpables para aliviarles la carga autoimpuesta. Me gustas, Keiko. Con tus cuidados parece imposible que alguien pueda sentirse desamparado.
               (por eso dejaré que me fotografíes hoy, las veces que quieras. aunque para ello tengas que embadurnarme media cara de pintalabios)
               16:00. Ella quiso fotos y yo hice lo que pude. Sólo sonreí, miré de reojo, caminé, bailé y hasta me tumbé en plena calle húmeda, a punto de ser atropellada. Y todo por amor al arte o a una anfitriona demasiado buena. Más tarde, café Bécquer. Las condiciones de luz eran pésimas, demasiado ISO, demasiadas pocas ganas de disparar. Mejor pidamos un café vienes, un batido de chocolate; mejor hablemos de Bukowski y de amores y de nuestros proyectos y de cómo Internet ha abierto una rendija en nuestra a veces asfixiante rutina. Pero mejor dejarla fuera, con todo lo demás. Al amparo de la lluvia.
               22.30. Fajitas, Tabasco y litronas, con esta troika la noche empieza. Almodóvar en la televisión y, en nuestras bocas, que no conocen silencio, un violinista germano y su amigo rapero problemático. Que viva Alemania y su talento para engendrar iconos sexuales. A Keiko le gusta cantar canciones de fiesta aldeana mientras cocina. Donde está la lentilla, la lentilla donde está. Curiosamente las mías no las he perdido. Se han adherido a mis globos oculares como guantes de goma, preparados para ver claro.
               La noche empieza, pero todo sabe a poco si no es con agua de Valencia y Fausto, el amigo canario que todo lo sabe y en todo es bueno, ya sea lenguas hispánicas, o piano, o jazz, o italiano, o novias zamoranas. Yo creo que nos tomó el pelo. No hubo tiempo de averiguarlo, empezó a sonar MGMT y eso fue señal de que habíamos de seguir la ruta. Y menos mal. En el Ciao descubrimos que Ciao es un nombre adecuado para un bar de holas y re-encuentros. Encuentros no sé, lo que aprendí es que bailar a veces sí significa bailar, con todo el cuerpo y pasos retro sesenteros. Aprendí que mirar a tu amiga y guiñarle el ojo aún tiene ese cariz de secreto y una dosis de complicidad que es de agradecer en tiempos de crisis. Aprendí que los rizos oscuros se inventaron para deshacerse, con un único objeto: conseguir algo. Algo puede ser un diploma de latín, una licenciatura en ciencias, un doctorado en persona.
               Rizos oscuros son los que acompañan a una canción de, ¿era Michael Jackson? En este bar apenas se escucha la música. Tal vez soy yo, que tengo otra melodía en la cabeza desde que salí de casa. Algo así como hace tiempo, que vive en un cuento, del que no puede salir. Sólo soy capaz de oír palabras que llegan desde lejos, palabras que se ordenan para formar una sola oración:
               –Me gusta tu sonrisa.
               ¿Oíste eso, Keiko? A alguien le gusta mi sonrisa, lo raro es que ese alguien, sea quien sea, haya tenido oportunidad de verla nacer. ¡Mi sonrisa no ha muerto, esto es nuevo! Otra ronda a la de 3, 2, 1...
               Keiko dice que alguien dice que le gusta su peinado. Su peinado es genial, todos lo sabemos. Es peinado de Amélie, de muchacha francesa y atractiva, fiel chófer de bicicleta. Acabamos riendo en algún baño mugriento y seguro plagado de venéreas, pero vaciar la vejiga siempre fue imperativo categórico. Fuera sigue lloviendo y puede que alguien esté esperando, o buscando el camino a casa.
               Mañana empezaré un cuaderno, es una de las cosas que se me pasan por la mente antes de desplomarme.


               Domingo.              
               Abro el cuaderno y es domingo. Todo comienza en domingo, incluido este diario de viaje.
               Todo comienza en domingo, no podría ser de otro modo. Abro el cuaderno y los ojos y la mente, pero sin drogas, sólo el vino, el vino que canturrea en la sartén, el mismo que bebí el jueves de madrugada, el mismo que se oxida en mis entrañas sin llegar a ser expulsado, y tal vez por por eso...
               ... por eso existen noches en las que todo está abierto, la botella y las posibilidades, y a esas noches suceden mañanas como esta.
               Keiko se maneja en el fogón como Ray Charles entre saxofones. No me deja ayudarla. Parece entender que mi sitio está, muy a pesar colectivo, en un rincón aislado, observando, anotando, ¿grabando? En realidad esa es mi labor, grabar: grabo los pendientes de anoche –en realidad era uno, uno y el aro de la nariz–, grabo las erres arrastradas, la peregrinación eterna entre el Peter’s y el Pipper’s –con p de perdona, si os molesto decídmelo. Vuelvo a rememorar el me gusta tu peinado y el me gusta tu sonrisa. El Me gusta no es un himno a Facebook, es el himno de todos los sábados noche de todos los bares de este país jodido. A todos nos gusta todo pero aún así seguimos parados.
               No bebemos para olvidar que no vamos a cobrar, si bebimos fue porque toda película de Almodóvar en la que el sexo termine en asesinato ha de ser regada con alcohol e ironía. Porque toda ciudad no-capital es más tranquila y más amable, y concede más oportunidades; tengámoslo en cuenta. Echaba de menos caminar por la superficie y no bajo tierra como las larvas. Echaba de menos vislumbrar el sol mortecino sin alzar demasiado la nuca.
               Para marcharme vestiré sudadera de chico, ha perdido ese olor que me enloquece pero sigue siendo cálida. Claro que en esta ciudad no hace frío, al menos no el que vaticinaron mamá y los telediarios. Este frío es suave, imperceptible; no eriza, no paraliza, tan sólo te posee sin que te des cuenta. Cuestión de minutos y ya eres frío, y no necesitas de abrigo, de nada que te cubra por fuera, porque el frío no se queda en la piel, el frío se cuela dentro y te hace de los suyos.
               Regreso al cuarto; tengo una maleta que cerrar. A casa me llevo un añico de Europa, el que he podido arañar a duras penas con la mirada.

               20.00. Cerré la maleta, lo que no cerré fue el corazón a pleno otoño, sometido a sus juegos climáticos, y ahora lo encuentro desangelado. ¿Qué te he hecho? Quién conociera a un doctor capaz de sanar milagrosamente.
               Cerré la maleta y ahora, a mi retorno, vuelta a abrirlas. Destriparla.
               Quisiera filtrar los besos y los recuerdos. Elegir tan sólo aquellos que son puros, significativos. Ejecutar los que pervivirán décadas y desechar los demás por inservibles, por planos, por puramente físicos. Pero no sé filtrar. No hago distinción; me limito a guiarme por el instinto de quien busca lo efímero.
               Y ahora, lejos, fuera de la burbuja
               apenas horas después de la entrada en la urbe por la puerta del oeste
               después del mismo trayecto en metro, de la misma cerradura que cede,
               extraño
               mis caminatas salmantinas.
               Ahora que ya no tengo ni mazmorras ni palacios ni ranas
               ni el astronauta, ni los tres franceses
               ni el río de fábula
               ahora que nada de eso es auténtico.
               Ahora tomo lo que ocurrió entonces. Lo tomo en mis manos, le doy forma. Lo transformo a mi completo gusto –un diario. Y a lo que
               nunca llegó a ocurrir
               ocurrió sólo en mis sueños
               debió haber ocurrido
               lo reemplazaré con palabra ficticia. Que por algo escogí este oficio.


           
               Gracias, Keiko. Gracias, Salamanca.

14 octubre 2012

Pero estoy loca por vivir, y esa es una buena razón, ¿no?


                         
              –No me mires así.
             Apretaba el pitillo contra la taza, temiendo que una chispa saltara, liberando un fuego inextinguible en el salón del siglo XVIII. Como fumadora primeriza no distinguía el peligro de incendio de las cenizas moribundas. No descansó hasta que la última brasa quedó sepultada en el finísimo polvo grisáceo que descansaba en el fondo de loza. Una vez muerta toda seña de luz se apoyó en la pared, fijó su vista en el reloj de péndulo y carraspeó, algo molesta con el espeso sabor que arañaba sus dientes. No lograba identificarlo. Probablemente era el chile de los tacos que habían pedido en el almuerzo. Había frenado las náuseas al borde de la garganta y deglutido la quemazón como quien deglute con gran esfuerzo el ácido veneno de una avispa. Y la avispa revoloteaba ahora arriba y abajo de su esófago, chocando contra sus tejidos viscosos, haciendo eses ciegas en su interior. Se sintió desfallecer en medio de la nada, y calculó que, de caer, su cabeza se interpondría ineludiblemente en la esquina de algún mueble y quién sabe si... Pero recuperó el equilibro casi al instante. Continuó en pie.
               Él contemplaba quieto su turbación; “no te miro de ninguna forma”, parecía estar a punto de decir, pero en el reloj dieron las seis y se ahorró el formular aquel tópico, falso por añadidura. De todos modos ella no hubiera creído una sola letra. No omitía un solo embuste ni la más leve vacilación ocular. No puedes engañar a una mentirosa, repetía constantemente. Se levantó de la silla y caminó hacia ella, deteniéndose al recibir sobre sí mismo su mirada vacua, rota, una fría lluvia torrencial dejándose caer sobre un apacible verano. Decidió guardar silencio y volvió su atención a la escena que sorteaba las cortinas corridas. Había llegado el otoño hacía ya días, y las avenidas parecían bailar a su paso áureo y descocado. Un hombre cruzó a destiempo el paso de cebra, suscitando un par de bocinazos impacientes de un coche. En la acera, tres niños cogidas de la mano jugaban a saltar de línea a línea de las baldosas, colocando estratégicamente los piececillos, riendo en su pueril aventura; entre aquellos trazos en el suelo habitaban cocodrilos, o monstruos marinos, y ellos eran valientes por desafiar sus fauces.  No había ninguna madre cerca.
               Se olvidó de contar los minutos que trascurrieron mientras le daba la espalda, abstraído  en los sucesos a pie de calle. Tuvieron que ser bastantes, pues cuando se giró, ella había salido. La oyó revolver armarios y supo que buscaba los zapatos.


               Pedalearon varios kilómetros hasta terminar lejos del punto de partida. En el trayecto, algo más adelantada e inclinada hacia adelante, él sólo alcanzaba a verle una porción de cuello blanquísimo, la mejilla derecha, el perfil de la nariz descamada por el frío. La velocidad de las bicicletas superponía mágicamente aquello que avistaban en su derredor, en una rauda secuencia cinematográfica que no dejaba lugar a la apreciación ni al recuerdo. Llegados al final, hubieran pensado que se hallaban en otra ciudad, mucho más lejos, en la aún no hubiera hecho presencia la nueva estación. Él se mordió una uña tratando de arrancarla, mientras ella tomaba aire y empezaba a hablar sin mirarlo. No la oyó hasta pasados unos instantes, como si la boca de uno y los oídos del otro hubieran tardado en comprenderse, como si las palabras que cruzaron el aire para clavarse en ambos tuvieran efecto retardado, pero igualmente enfermo.
               –Sé que piensas que estoy loca, y aciertas. De hecho, me lo estoy mirando. Quiero decir que he buscado ayuda profesional. No me gusta utilizar eufemismos, si lo hago es por ti, porque sé que tú necesitas ver que mi realidad es otra bien distinta, porque tú buscas en mí algo que no sea tan difícil de expresar sin llorar. Y no sabes cuánto siento eso, porque no puedo dártelo de momento. Y por eso sucede lo que está sucediendo...
               “... porque sé lo que está sucediendo, continuó ella, pero esto ya no lo dijo sino con las pupilas hundidas y la garganta desierta. Sé quién es ella y sé que por ella vuelves a sentir las ganas de despertarte por las mañanas y adormecerte por las noches, las ganas de consultar a todas horas el teléfono. Sé que es ella, yo ya no, la que te hace escoger la camisa azul –la más bonita– antes que la camiseta gris de diario. También sé que si no fuera por su repentina entrada en tu rutina, tan finada, tan extinta por mi contacto demoledor, tan sometida al lastre de esta constante batalla, si no fuera por su entrada, triunfal, alegre, poderosa como una corriente de aire fresco en una habitación ciega... si no fuera por su entrada tu seguirías sufriendo las pesadillas, la marca de Caín en tu frente, seguirías sufriéndome a mí, en mi enajenación, en mi persecución, en mi cárcel. Y cielo, no lo mereces.”
               –... y lo que sucede es que estoy volviéndome loca –dijo sin embargo. Y una forzada sonrisa sobre sus labios trémulos e incapaces de secundar su mentira, pareció aliviar la verdad que se alzaba como un muro infranqueable entre ambos. Una sonrisa nacida de la desesperación que buscaba alimentar una esperanza. Remota, esquiva, por los dos sabida imposible–. Pero estoy loca por vivir, y esa es una buena razón, ¿no?
               Él le sonrió, cansadamente. Y algo en su cuerpo también se negó a mentir, pues en el abrazo ninguno de ellos sintió piel o calor o aliento. Tan sólo la fricción de la lana, el clic metálico de sus cinturones al encontrarse. 

28 septiembre 2012

Cronología de un domingo.

           11.00
               La muerte debe ser algo parecido a esto.
               (no la muerte como estado impredecible y ausente, sino el momento mismo de morir).
               Esta desesperación muda. Esta ansia de aferrarse algo antes de cerrar los ojos.


               15.21
               De vez en cuando me despierto y me seco las lágrimas.
               ¿Se puede llorar en sueños?


              18:42
               Se puede llorar en sueños. Llevo siete horas llorando.
          Desde mi cama se percibe inevitable el chirrido sordo de los automóviles contra el asfalto de la carretera. El canto de un par de pájaros rezagados en el patio y la lluvia que remite y se consolida como recuerdo en el débil viento que azota mis postigos. Me gusta vivir cerca de la autopista, te dije ayer, cuando nos estiramos sobre esta misma cama, sobre este mismo edredón de flores victorianas, después de besarnos sobre esta almohada que ahora se manifiesta húmeda contra mis mejillas. Siempre me gustó el sonido de los coches que van y vienen en sus rutas anónimas, aunque a veces lo cruce la sirena de alguna ambulancia.
            Me gusta ser tu copiloto. Y escuchar nuestras canciones una y otra vez, sin llegar a cansarme nunca. Aquella que rezaba no, no evitarás que quiera marcharme cuanto antes, si cada vez que me quiero ocultar tú me conviertes en gigante. Nuestras voces desentonaban contra el parabrisas y yo me sentía terriblemente sola por un segundo, terriblemente sola e inerte a tu lado, mas después volvía el olor a látex mezclado con los perfumes corporales, el resoplido final y las manos entrelazadas mirando la bóveda estrellada. Y la nostalgia se desvanecía a la par que las gotas transparentes de nuestras espaldas exhaustas.
               El teléfono vibra con insistencia. Es la tercera llamada.
          Al final descuelgo. Contesto con monosílabos ahogados a cada interrogante. No he comido, no, mamá. No tengo hambre. Para mis adentros añado: no tengo hambre no tengo estómago no tengo entrañas. Soy un monstruo, mamá. ¿No lo sabes?
               Coño.
               ¿Por qué te crees que estoy aquí?.
               Encogida en esta una maraña de sábanas.
        Soy una larva arrepentida dentro de un capullo resquebrajado por su propio aleteo, furioso e impaciente, pero ahora teme lo que hay fuera y por ello vuelve a encerrarse.
               No despego la atención del techo porque las paredes quieren derrumbarse.
             Alzo los ojos, casi en blanco, hasta la ventana tras de mí. Cerré los postigos pero aún queda un filo abierto, suficiente. Un filo de luz apresurada y blanca, cegando las lágrimas que aún no han brotado pero que esperan pacientes la señal para verterse sobre mis ojeras cóncavas y moradas. Cualquier recuerdo basta.
         Si aguzo la vista distingo más allá de esa luz. Un tono claro de azulgrís que me limpia y me destroza. Veo el cielo desde la cama. Mi cuerpo empieza a levitar con ternura, se eleva hacia las nubes que no veo pero sé que son, y cada vez me alejo más del suelo. Quisiera gritar ¡adiós! mientras vuelo a los tejados de las casitas de este barrio hermoso, tranquilo, desde el cual se escuchan las músicas de la autopista.
       No me levanto. Mi alma continúa asida a mi piel pegajosa y su unión irrompible me ata a una existencia que rechazo.
       Debería ducharme. Pero mis piernas no me sostendrían. Lo sé porque no lo merezco. Me abandonarían en el frío mármol del suelo, mojada, con los ojos escociendo de jabón, igualmente sucia, y yo sólo podría quedarme sentada durante horas mientras mis pulmones se convierten en dos pequeños charcos.
               Empieza a oscurecer.


               20.44
            Ha oscurecido. Hay una muchachita en mi cuarto que habla y habla sobre la necesidad de actuar con pasión hasta que nuestros actos cobren sentido. Intento explicarle que no sé pasar de las ya inventadas palabras. He obtenido lo que soy mediante palabras. Agotadores debates y enérgicos razonamientos. He sido Sócrates (desde una esquina, con voz chillona, desafiando la marabunta de gente) pero el poder del verbo se ha escurrido de mi bolsillo, tal vez racaneado por algún ladronzuelo y con él todo lo que conseguí mediante.
               Pidamos una pizza, dice la chica. Es un ángel de ojos chispeantes y ondas rubias en los cabellos, su boca parece curvarse ínfimamente en un manantial de sonrisa a pesar de que puede leer fácilmente la amargura en la peste y las cortinas echadas. Los ángeles son incapaces de comprender el vacío. Lo contemplan desde la distancia, condescendientes, y proponen soluciones dulces y factibles: regalos inesperados, declaraciones de amor, redoble de cariño.
               Hay culpas imposibles de expiar.
               Expiar.
               Piar.
               Piar de pájaros. Callad, jodidos pájaros, no trinéis, no cantéis, dejadme sola, dadme silencio.
               Pizza, ¿de acuerdo? Tienes un aspecto horrible, de no haber comido en una semana.
               Niego con la cabeza. Pizza fue lo último que compartimos, ni roce de dedos ni abrazo de despedida. Unas porciones de queso y rúcula sobre una masa fina y grasienta, mientras fingíamos casi deseábamos ser felices por una última y angustiosa noche. Anoche, cuando el engaño recién descubierto se izó por encima de la comida, sarcástico como un gigantesco globo de colores chillones. Tú masticabas lentamente, tus mandíbulas se detuvieron de cuando en cuando, comprendiendo, a la par que tu rostro se ensombrecía a la velada luz amarillenta del flexo.
               Yo dije: Saldremos de ésta.
               Siempre lo hacemos.
               Lo creía. Lo creo.
               ¿Por qué tú no?


               00.00
           No olvidaré. No es una decisión. No importa que no haya fotografías que te materialicen en cada esquina de mi conciencia, lo consigues solo, sin ayuda, no importa dónde mire, ni en qué piense forzadamente para no pensarte a propósito.
         El iPod está plagado de juegos que tú me enseñaste a domar, aunque no conseguí controlar los pajaritos y los puzzles me tendían trampas.
        Los semáforos trazan tu nombre en tricolor, tricolor como la bandera que tanto defendías con vehemencia. Ya no podré pronunciar la libertad, tampoco el fuego. Cada rincón me sugerirá anécdotas, tal vez no vividas ahí, pero siempre existirá una relación lógica que te vincule a ti a esa plaza, a ti ese escaparate, a ti a ese andén de metro; todo te invocará y será como si todos los lugares, las voces o las gamas de rojo estuvieran ligados por el mismo hilo irrompible y como si éste se ciñera en torno a nuestras gargantas estrangulándolas de dolor, rabia e impotencia.

             ¿Cómo dejar atrás mi vida y seguir viviendo?