23 septiembre 2017

Volver al poema, volver al bucle

Apollonia Saintclair
estoy volviendo a reunir poemas. a construir un mensaje a partir de fragmentos sencillos. no tengo más que ofrecer: susurros. la educación de una cortesana. mujer que sangra. que llora. mujer que calla, calla, calla. escribí un grito sobre la locura y ahora estoy escribiendo un silencio sobre el amor, el cuerpo, el rencor que nace de ambos y de ambos se alimenta
/
estoy volviendo a dejarme el pelo rizado. es una decisión más compleja de lo que parece: permitir que mi pelo crezca es también permitir que nazca la mujer que soy: mujer fiera mujer manglar mujer capaz de quemar ciudades. me sitúo frente al espejo y me acaricio la nuca, los bucles incipientes que asoman entre los cabellos lisos, abrasados por el tiempo y el deseo de perfección. calibro: tardará en ser, como todo lo natural, lo que requiere paciencia y siembra, el rizo, las magnolias, reconciliarme conmigo misma de un modo que ya he olvidado

12 septiembre 2017

Segundo encuentro con los hombres añil

... de igual manera la belleza pierde su existencia si se le suprimen los efectos de la sombra.
Tanizaki

Partimos para aprender el lenguaje de los árboles que no viajan.
Issa Majluf

I
Has elegido viajar en barco, entre otras razones, porque sientes que es el modo correcto de emprender este viaje: una travesía antigua que se remonta a tus ancestros. Esto antes era nuestro, dice un hombre a mi lado, con una mezcla de nostalgia y triunfalismo en la mirada, mientras el casco tiembla al avecinarse a la costa de Tánger. Yo querría decirle que no creo en un nosotros, querría explicarle, ni siquiera creo en la existencia de lugares inamovibles, pero de existir, sin duda esta tierra pertenecería a los imazighen, a sus turbantes dorados como tiaras, a sus ropas añil y sus pies sabios.

II
Como todos los segundos encuentros -con el lugar el amigo el esposo- empiezas a distinguir las fallas bajo la corteza. Ahora el humo del hash te disgusta. Las especias te hacen daño. El silencio te despierta las dudas que antes dormían. También despierta dentro, no obstante, un entendimiento sincero y total sobre ciertas cuestiones. La importancia de las hierbas para tu pueblo; la importancia del azul que une y separa -mar y cielo: lo demás es más sencillo de vencer. Mujer de océano, me han dicho los dedos que desenredan mi pelo en mitad de la fiebre; mujer de sal y de arena, has venido al sitio adecuado; y así siento Assilah, mi casa, mis muros blancos y desconchados, mi hierba de menta, mis pasajes ruidosos; pero esta ya no es la primera vez y por más que te pida volvamos a las dunas y a la luna, a la noche, sobre mí, sólo se levanta techumbre.

III
La noche anterior al Eid-Al-Adha escucho balar a los corderos sin descanso, quizá presagiando el final, y yo también lloro con ellos porque estoy durmiendo sola. Por la mañana te pregunto:

¿Cuál es la forma correcta de degollar un cordero?

Con tu respuesta escribo un poema; el primero que escribo en mucho tiempo. Han tenido que morir miles de corderos para que yo vuelva a sentarme escribir. No salimos hasta que las calles están limpias de sangre joven y el aire huele a cenizas.

IV
Creo que paso estos días haciéndote preguntas.
¿Cuál es la medida de la belleza en Tamazgha?
Las montañas del Rif, dices; tu risa.

V
Alguien utiliza la palabra frontera para describirnos ábranos usted compare la carne las venas las uñas e incluso los dientes y verá que somos hermanos él Mulhacén yo la reina Dihia y aunque estemos a un idioma de distancia he olvidado a qué madre pertenecen las palabras que aquí aprendo houbi amor wakha sí safi basta tanemmirt gracias bsslama adiós. Adiós. Adiós radiante que extiende un puente sobre el estrecho. Paloma que vuele en mi nombre cuando se agote el verano.

16 agosto 2017

(llevas los frutos como insignia o como amuleto)

Irá andando y llorando el que lleva la preciosa semilla;
Mas volverá a venir con regocijo, trayendo sus gavillas.
Salmos 126:6

Al nivel de la experiencia profana, la vida vegetal no revela más que una serie de «nacimientos» y de «muertes». Es la visión religiosa de la Vida lo que permite «descifrar» en el ritmo de la vegetación otras significaciones y, en primer lugar, ideas de regeneración, de eterna juventud, de salud, de inmortalidad (...)
Mircea Eliade

tu primer tatuaje -el que más dolió y el que más tiempo maduraste- sólo podía ser uno que naciera de la verdad: todo lo que muere nace, todo lo sembrado crece. lo sabes porque tus ancestros trabajaron la huerta, porque el abuelito aprendió a leer bajo las velas y cambiaba gatos muertos por pescados; porque has regresado rota de muchos sitios y permaneces. te tatuaste los frutos de Rut y de Deméter, poco antes de que alguien colgara un árbol plata de tu cuello, y algún día serán en tu piel el laurel, la palmera, el olivo; todo lo que te recuerde de dónde vienes y adónde vas -de la tierra a la tierra, del polvo al polvo-. todo lo que te recuerde que te protege la voluntad inquebrantable de un ciclo infinito. llevas los frutos como insignia o como amuleto; la desnudez lógica ante el calor ha revelado el secreto. a quien pregunte, di: te tatuaste primavera contra invierno

03 agosto 2017

(lo que escribí y no pude escribir sobre Tamazgha)

I: Medina y carne
Camina errante
y pregunta a las raíces
cómo el cuerpo del lugar
se viste con sus fieras.
Ali Ahmad Said 'Adonis'

Desde el momento en que pisas Marrakech sabes cuál va a ser el fantasma a combatir durante tu viaje. Un miedo nacido del prejuicio descarnado, que aflorará cada vez que te sientas perdida. No puedes evitarlo: a pesar de las lecturas y los misereres de Occidente, las habladurías y leyendas negras y las sospechas aprendidas te han convertido en el observador suspicaz que desprecias. Y sin embargo, asustada y todo, sola en la plaza Jemaa-al-Fna sin más compañía que tu maleta y tu tímido desconcierto, no puedes evitar enamorarte a primera vista. No hace falta una segunda mirada cuando ves lo que buscas: los ocres y los castaños, las palmeras, la modestia de los comercios y las ropas; cuando ves lo que amas, incluso aquello que escapa a tus coordenadas, el olor a mierda de burro, las serpientes, los monos disfrazados de los charlatanes. Amas tanto que apenas reparas en lo que todos auguraban que te espantaría –el asedio de los comerciantes y la atención de los hombres; estás demasiado excitada contemplando, cabeza moviéndose en todas las direcciones posibles, cada detalle del escenario que la suerte te ha ofrecido. Y cuando te rindes y reconoces que no te orientas por ti misma, pides ayuda y la encuentras apenas terminas de pedirla: un muchacho acude corriendo y un anciano lleva tu maleta a pesar de tus negativas; te llama madame y le das mucha propina porque no sabes –y ojalá no lo sepas nunca– cuantos dirhams vale la sonrisa de un extraño. Al abrazar de nuevo a Susi y a Marlene, todo lo vivido y pasado regresa; el callejón desconchado es Leeds, el prado raso y el gris de la piedra, aunque esto sea otro lugar, el relieve escarpado, el cobrizo de adobe. Este lugar no podría ser más diferente que aquel pero aún tiene la constante de sus risas cristalinas, sus ojos claros penetrando tu excitación, intuyendo el dolor secreto que te ha traído hasta aquí. Y más tarde, en el mercado nocturno, rodeada de aullidos y humaredas, vuelves a comer carne tras meses de estricta abstinencia un cordero enjuto como una mazorca sobre las brasas; y Marlene vuelve a fumar, y parecéis entender que Oriente, porque esto es Oriente aunque esté aún más al sur de tu sur, tiene una vara de medir distinta para el remordimiento. Me acuesto, estómago lleno y culpable, en una litera que tiembla con imprevisión sísmica. Buenas noches. Layla saida.



II: Cuerpo y Atlas

Hemos colocado constelaciones en el cielo y las hemos hecho hermosas para los que las miran (...).
Y hemos extendido la tierra poniendo en ella cordilleras.
Y hemos hecho que cada cosa creciera con una medida.
Corán, Sura de Al-Hiyr 

La mañana antes de ir al desierto vamos al hammam y bromeamos sobre lo absurdo de hacerlo esa misma mañana, cuando en cuestión de un día estaremos nadando en arena rojiza e invisible, de la que es imposible desprenderse. Más tarde se corroboraría: una vez sobre la piel y bajo la piel, el desierto se queda. Dos mujeres arrugadas como frutos expuestos al sol nos frotan concienzudamente mientras gorjean; su desnudez acentúa la nuestra, con todas sus persistentes fallas: los pliegues, los acervos de grasa, los vellos furtivos y obscenamente visibles de cuando en cuando. Me siento, no obstante, libre, partícipe de un espacio sagrado y clandestino donde la mujer se sorprende ante el cuerpo. Ante su fealdad –esa que el tiempo y el azar a todos depara–, y, a pesar de ello, ante su invencible belleza. Al salir nos dejamos llevar hacia el patio de los curtidores, sumergidos en las cubetas bajo un sol abrasador; y hundiendo las narices en ramos de menta para burlar el hedor, recuerdo aquel dicho de que ciertos lugares se construyen desde el olfato, y Marruecos es uno de ellos, estoy totalmente segura mientras esquivo pieles de cabra, de vaca, de camello, hay luz, demasiada luz para ser capaz de mirarla...
*
Hassan nos dice que son diez horas hasta el Sáhara, cruzando el Atlas, y al final se hacen catorce, catorce horas a través de pueblos que a la luna son pueblos de nácar, y son horas pasadas sin sueño, perdiendo progresivamente el miedo a las montañas; horas de hash, de café, de hendías; de paradas en Ouarzazate, en Erfoud, en el asfalto y en las espinas para mirar estrellas, para descansar, para hacer recuento de las horas que nos quedan. Y cantamos una canción bereber –pues este viaje ha sido un viaje no tanto a Marruecos como a Tamazgha, la tierra ancestral de los imazighen, esa raza de los hombres libres que para nosotras tuvo nombres, Hassan, Moha, Ahmed, Abdul. Llegamos a Merzouga, el borde del desierto, por la mañana, y nos sorprende comprobar que las dunas nacen sin apenas preámbulos. Brotan junto a la carretera con la espontaneidad de una flor silvestre, para componer su mudable ficción. Desayunamos tortilla y té de menta, dormimos, nos bañamos oliendo el polvo, la hierbabuena, el tabaco de esos amigos bereberes de piel tostada y turbantes claros que nos sonríen tras las volutas; nos ponemos en marcha con el primer rayo de poniente. 





III: Duna y luna
Tu olvidas
pero el viento aún recuerda.
Talib Abdelaziz

dice Cioran que el paisaje anterior a Dios fue el Caos. Lo dicen Cioran y el Génesis, pero yo que he estado en Erg Chebbi y visto atardecer sobre la Gran Duna lomo de animal dormido, reclamo que el único paisaje anterior a Dios fue el desierto. El desierto, la muerte de todo o todo lo que había antes de que algo muriera por primera vez
*
no voy a escribir qué significa estar aquí sería intentar abarcar el color por la pincelada o el tiempo por el reloj
*
sólo escribo que hay paisajes donde todo torna su tamaño, a su más que justa importancia: son los mismos paisajes en los que, al fin, soy quien soy




IV: El masaje salvaje
Cuando tus ojos se encuentran con mi soledad
el silencio se convierte en fruta
Joumana Haddad

Sí voy a escribir quién eres para que nunca mueras. Es lo que hago con aquellos que no deben morir

así que escribo todo lo que ocurre de tu estela y de tu guía desde que nos estrechamos la mano en un adarve de Marrakech; y de ahí al Atlas donde nos muestras el escorpión del viento; y a Ouarzazate donde ladras a los perros entre la maleza; y a Merzouga donde me explicas quiénes sois los imazighen y por qué es tan importante que tengáis voz; duermes en el cuarto de al lado y yo tiemblo de nerviosismo pues algo, presiento, se fragua
y de ahí a Erg Chebbi, a tu turbante blanco, al momento en que me dices que hay que dejar que Dios escoja por nosotros, al falso accidente de 4x4 en el que, al fin, rompo a reír totalmente libre; al momento en el que aprendo que uno tiende a escuchar lo que teme
y de ahí a Errachidia donde me enamoro sin quererlo de tu familia y donde observo que nuestras tierras se parecen en muchas cosas, como en las madres  y las acequias , y quizá si me encaramo a este arroyo y empiezo a nadar acabe en Murcia y te lleve conmigo y comprendas cuando la veas que somos tribu
y de ahí a Erfoud, pero de Erfoud y su noche no puedo escribir, pues escribir es volver y si vuelvo allí, cómo no quedarme
*
Sí escribo todas las palabras que me enseñas, el masaje salvaje, toda la sapiencia de tu edad híbrida y tus muchas horas de viaje; que con los amigos se muere, que la vida en sí es una buena escuela, que las puertas y no la violencia son lo que este lugar depara. Escribo también todo lo que no me enseñas pero veo, porque he pasado mucho tiempo esperando contemplarte. Una risa que escapa al cuerpo. Una emoción que trasciende el idioma. 
*
La última noche, en un riad del arrabal, mientras insistes en que coma algo y te enseño fotos de mis padres, algo me detiene. Es el frío: siento frío por primera vez desde que he llegado.
V: Insh'Allah
Es curioso
cómo la poesía
no quiere ya decir nada
dicho sea entre nosotros
así
debería ser la vida.
Inaya Jaber

Los días al llegar a casa los paso mirando aviones. Repasar calendarios, recibir alertas de vuelos a Marrakech o a Tánger, se convierte en mi pasatiempo diario. Todos mis planes de futuro, confeccionados con precisión sobre trabajo constante y juiciosas expectativas, palidecen ante la obsesión por Tamazgha. Por volver a pisar la arena, los mercados, las alfombras de sus casas siempre abiertas. Por volver, volver, volver; me repito a todas horas; nadie puede entenderlo así que dejo de hablarlo. Una amiga de mamá me dice que tranquila, que pasará; es la fiebre del romántico y el colono que vuelve a casa: el nuevo paraíso se hace parásito en tu cuerpo. Te torturará hasta que el olvido haga su trabajo, me alienta, y en esa fiebre deseo con fuerza que tal crimen nunca ocurra. Que quizá en mí sucede al revés, que llevo años, una vida enferma, y sólo en Tamazgha he empezado a curarme. 
*
Cada día recibo, además de alertas de vuelo, una mezcolanza de lenguas que me acompañan. Mafi mushkilaTwahachtek. Hemmleyk. Darija, amazigh, castellano, en todas ellas un mismo ritmo, la frase que escuché en las dunas cuando tuve miedo, en el riad tras aquella chocante ola de frío. Insh’Allah, si Dios quiere: una declaración de esperanza. Desde niña oí hablar del plan que Dios nos reserva en secreto pero, por si acaso, yo tiento a la posibilidad, como siempre. Y cada día hablo con Jone, quien también sintió la llamada, quien lleva ya el tifinagh en el brazo y quien no se cansa de oír en mi fiebre quiero volver, volver, volver, como si pronunciarlo fuera a hacer que algo viniera a por nosotras. Y esto es lo último, prometo y engaño, que escribiré sobre Tamazgha hasta que haga eso: volver.
Layla saida. Buenas noches.